El corazón que ama

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

En la vida de los seres humanos encontramos rostros que irradian solidaridad a través de acciones y gestos. El hombre, por su propia naturaleza, no podría existir si no busca a su prójimo y comparte amor. Como un ser social y cultural ha creado un mundo de relaciones fraternas que generan calidez y cercanía.  Uno de los canales por medio de los cuales engrandece el horizonte que lo rodea, para otorgarle plenitud, es la cercanía. Decía San Agustín que Dios habla a los hombres al modo humano por medio de su Palabra. En un profundo sermón sacerdotal, un autor culto destaca la importancia del mensaje escrito.

Según Hebreos la Palabra de Dios nos permite aprender, corregir, enseñar y exhortar. El hombre humilde y sencillo despierta la interioridad que lo acompaña para reconocer que Dios, compasivo y misericordioso, perdona las culpas de sus hijos y cura cada enfermedad que le afecta. Colma nuestra existencia de amor y de ternura. El salmo 102 destaca uno de los atributos divinos: “No nos trata como merecen nuestros pecados…”. Indica que del corazón de Dios nacen los ríos que llevan bondad por el cauce que recorre. El corazón que ama, genera unidad para el bien de todos. San Pablo, como judío sabio, recoge la fe y la tradición de sus antecesores y recuerda que nos espera un lugar de plenitud: “Del mismo modo que fuimos semejantes al hombre terreno, también seremos semejantes al hombre celestial”. Jesús, después de orar y de elegir a sus compañeros de misión, realiza aquello que lo define. Vino a quedarse con nosotros.

Comparte las alegrías, las angustias, las penas y los sufrimientos del hombre doliente, sana las enfermedades y devuelve la dignidad a los marginados. Enseña con autoridad a quienes lo escuchan. Los desafía con la fuerza que deriva del gran deseo que tiene, porque quiere que valoren la importancia del amor. El mensaje de Jesús abre sus sentidos para que entiendan el fondo de sus palabras: “Amen a sus enemigos. Hagan el bien a los que los aborrecen. Bendigan a los que los maldicen. Oren por quienes los difaman”. Una catequesis que remueve los esquemas habituales. Los verbos que emplea, amar, hacer, bendecir, rezar, por quienes tienen el corazón tan cerrado como una tumba y duro como una bola de acero, describen la pedagogía que transforma.

Las imágenes que ilustran la manera correcta de amar, ofrecer la otra mejilla, dar la túnica junto con la capa, dar a todo el que pida, no reclamar lo quitado, plantean un vaivén de preguntas que exigen respuestas al amor auténtico. Jesús habla con la claridad que sale de un corazón que ama. Dice abiertamente: “Háganse compasivos, así como su Padre es compasivo”. Las consecuencias del discurso que impacta requieren compromisos. Los más urgentes imprimen una categoría de valores que van a constituirse en fundamento de la misericordia que falta entre los hombres. Jesús, abre, como siempre, la vista a los hombres que viven encarcelados en el “yo” oscuro de su existencia.  

Con el auxilio del Espíritu Santo aprendamos a vivir como Jesús pide. Entreguemos amor sin límites, como el gran Maestro de la misericordia. Amemos, hasta que duela.