Interioridad, cultura, pensamiento y discernimiento lectores

Galo Guerrero-Jiménez

La conducta del ser humano es tan compleja dadas sus consideraciones físicas, biológicas, psíquicas, culturales, sociales e histórico-contextuales, con las cuales hoy en día se enfrenta dentro de una sociedad muy incierta; razón por la cual, nuestro mejor sostén de formación personal y social seguirá siendo la educación formal y la que, permanentemente, nuestra autoformación  nos vaya trazando los mejores caminos de convivencia a través del conocimiento que la ciencia tecnológico-científico-humanística nos ofrezca desde sus investigaciones y que, para conocer a fondo nuestra condición  psicosomática y toda la riqueza que la naturaleza guarda en sus múltiples dimensiones físico-químicas, necesitamos, no sin un marcado esfuerzo, prepararnos intelectual y emocionalmente para una adecuada convivencia y comunicación.

Conocer, aprender, comprender, discernir, cuestionar, reflexionar y aportar desde nuestra formación, para robustecer el pensamiento intelectual y emotivo-espiritual, de manera que no sea la mera racionalidad: fría, calculadora, inhumana, como la de Internet y el lado oscuro de la revolución digital que hoy manipula la conciencia y la mente emocional de aquellos internautas que no le dan cabida a su cognición para aprender a pensar; pues, la pantalla digital, ante la que nos pasamos prácticamente todo el día, no es un medio para narrar sino para informar; por lo tanto, al no haber narración, no hay cabida para la reflexión ni para el discernimiento.

De ahí que, la esencia de la cultura de cada individuo, por la influencia de la tecnología que es solo informativa, dataísta, se ha convertido en meramente ornamental, antes que estética, cognitiva y atrayente metalingüísticamente como debería ser: actuante, pensante, para aportar desde una filosofía del lenguaje que, si se acude a una formación del conocimiento desde una estética en cuanto belleza de la palabra profunda que es proyectada por los grandes cerebros de la intelectualidad en el campo de la ciencia y del humanismo, podríamos, en esencia, disfrutar leyendo, incluso escribiendo y utilizando la tecnología digital y de la imprenta, pero cuando desde nuestra realidad interior hayamos pensado y discernido coherentemente, qué es lo que más nos agrada hacer en la vida, para desde esa realidad de elección temática, seleccionar los modelos de escritura que, al leerlos narrativa, filosófica, poética o científicamente, nos den luces y talento para robustecer nuestra grandeza intelectual en cualquier campo del saber humano.

Así le sucede a un ciudadano que, incluso, teniendo una profesión eminentemente técnica le agrade la ciencia, las artes, el deporte, la religión, la literatura, etc. Al respecto, hay “casos inolvidables de grandes lectores que consideraron la literatura como el motor secreto de sus vidas. La lectura nos modifica, nos transforma, nos otorga un poder incalculable. Leemos porque sabemos que un día moriremos, que somos finitos y que necesitamos un poco de trascendencia en medio de tanta banalidad y tanto sinsentido. (…) El lenguaje es la prueba más elevada de nuestro parentesco con los dioses inmortales” (Mendoza, 2022).

Así se fortalece la palabra, el lenguaje, la ciencia, el humanismo. Así lo proclama el papa Francisco al hablar de la vida del sacerdocio, que puede compararse con la del poeta cuando señala que: “En la literatura también están en juego cuestiones de forma de expresión y de sentido. Esta representa por tanto una forma de ejercicio de discernimiento, que afina las capacidades sapiensales de escrutinio interior y exterior del futuro sacerdote. El lugar en que se abre esta vía de acceso a la propia verdad es la interioridad del lector, implicado directamente en el proceso de la lectura. Así, por lo tanto, se despliega el escenario del discernimiento espiritual personal, donde no faltarán las angustias e incluso las crisis” (2024) existenciales, a través de las cuales podríamos buscar espacios de contemplación para un adecuado actuar.