El día que el diablo casi se lleva un cristiano

Diego Lara León

Enclavada entre las montañas del Sur del Ecuador, varios kilómetros al norte de Loja y otros pocos al sur de San Lucas, se asienta el pintoresco y productivo pueblo de Las Juntas. En las Juntas como su nombre lo indica, se juntan los pobladores de los diferentes barrios que se viven montaña arriba, bajan y se encuentran para hacer mercado, comprar los abarrotes en la tienda, los niños van a la escuela en este barrio, toman el bus para ir a Loja y los sábados asisten a la feria ganadera.

La feria ganadera de los sábados fue durante muchos años el acontecimiento comercial más importante del pueblo. Cada fin de semana a lo largo de la vía antigua a Cuenca, que está llena de lodo en invierno y polvo en el verano, se acomodan tal cual una suerte de naipes, los ganaderos con su ganado: vacas criollas, algunas dan leche y otras dan pena (como decía mi abuelo), también hay bueyes para el arado, animales menores como gallinas criollas y gallos de pelea, cuyes y por supuesto una gran variedad de productos agrícolas.

Esta bendecida tierra y sus moradores son grandes productores de choclos, duraznos, capulíes, achojchas y tantos otros productos propios de la zona interandina. No podía faltar también en la feria el buen quesillo, las tortillas de güalo y la chicha muguna.

Hace muchos años por este hermoso paraje sureño vivía el típico personaje, que siempre hay en cada lugar, el “borrachito del pueblo”. Este humilde “cristiano”, pasaba “calle arriba, calle abajo”, lamentablemente preso de una espantosa enfermedad llamada alcoholismo. Hijo de una campesina, quien por esas cosas del destino quedó embarazada muy joven. El padre del guagua, desapareció apenas supo que él venía en camino. Esta humilde matrona trabajó toda su vida en su chacra para alimentar y procurar la vida más digna posible que podía ofrecer a su hijo. Por más que se esforzó en procurarle una vida buena, muy poco pudo hacer, la pobreza fue su compañera desde que sus ojos vieron la luz del sol.  Una vez llegado el tiempo de la escuela, lo llevó con mucha ilusión a la escuela unidocente de Capur, pequeño barrio ubicado mucho más arriba de Las Juntas. Allí comprobó que este niño no aprendía igual que sus compañeritos, “su hijo es medio tonto” le dijo el tosco profesor. El niño pasó años en la escuela, pero la escuela muy poco pasó por él. Cansado de las burlas, un día no volvió más y se dedicó a ayudar a su madre a cultivar la pequeña chacra. Una vez llegados los años juveniles, algún “maldito comedido” le hizo probar el “guashpete”. A partir de ahí muy pocas veces estuvo sobrio. Los años pasaron y se llevaron a su mamá. Este “buen cristiano” se convirtió en el solitario borrachito del pueblo.

Cuentan que un sábado, los gallos cantaron particularmente claro a las cinco en punto de la mañana, presagiando un día maravilloso del verano. Muy temprano empezaron a llegar los comerciantes de ganado, a “ganar puesto”, los clientes iban llegando y la bulla propia de cada sábado empezaba a llamar la atención de los vecinos.

Un viejo puente es el límite del barrio con la vía panamericana, al otro lado de ese puente acostumbraban a ubicar a enormes bueyes de arado, grandes y robustos, todos con cachos gigantes, estos semovientes no estaban a la venta, pero sí para su alquiler. Los voluminosos animales permanecían “echados” a la orilla del camino hasta que llegue algún cliente que contrate sus musculosos servicios.

En este día en particular el borrachito del pueblo, estaba especialmente ebrio, llevaba varios días “bien chumo”. Su avanzado estado etílico lo llevó a creerse “el más valiente de todo el mundo mundial”. Durante varias horas caminó calle arriba, calle abajo, repitiendo esta gran frase: “yo no le tengo miedo ni al diablo, a ver si eres tan macho ven y llévame. El diablo me tiene miedo”.

Ya eran las 4 de la tarde, y seguía con su cantaleta, hasta que por alguna causa desconocida y luego de varios guashpetes más, un tropiezo lo hizo caer encima del lomo de uno de los enormes bueyes. El animal se asustó al sentir una persona encima suyo y se levantó. El “pobre cristiano” por instinto de protección se agarró fuertemente de los cachos del toro y cual película del oeste, el buey de arado empezó a correr por toda la polvorienta carretera, con nuestro valiente amigo a cuestas. Mientras el toro corría, “él más valiente del mundo mundial” que durante todo el día “desafió a satanás”, viéndose casi presa del demonio, a más “limpiársele la borrachera”, empezó a gritar “a voz en cuello”, “ayúdenme, el diablo me lleva; por Dios sálvenme, virgen santísima no me quiero morir, juro nunca más tomar trago, auxilio”.

Varios cientos de metros más arriba, el diablo disfrazado de buey de arado, dejó votando al valiente cristiano. A partir de ese día nadie pudo convencer al tontito del pueblo, que no fue el diablo quien vino por él y que gracias a su “valentía” logró zafarse de un viaje directo a las pailas del infierno. No sabemos qué fin tendría el “cristiano” que el diablo casi se lleva, lo que sí sabemos es que murió pensando que aquel sábado, le ganó la batalla al diablo.

@dflara