Fernando Cortes Vivanco
Ecuador navega hoy por aguas turbulentas. Su crisis política ha evolucionado: la polarización ya no es un simple síntoma sino el corazón mismo del sistema. Los actores políticos, incapaces de tender puentes mínimos de entendimiento, no solo obstruyen la gobernabilidad sino que corroen los cimientos de la legitimidad democrática. En este escenario fracturado, las perspectivas de Dahl y Castoriadis nos explican porqué, sin acuerdos básicos, la democracia ecuatoriana se desmorona desde adentro.
Dahl nos recuerda que la democracia florece cuando el pluralismo encuentra cauce mediante reglas transparentes que aseguran la competencia leal y la participación equitativa. Sin estos pilares, la política se transforma en un campo de batalla estéril. Como precisamente advierte: “un sistema democrático solo puede sostenerse si existe un amplio acuerdo sobre las reglas del juego”. La realidad ecuatoriana refleja esta advertencia: la constante pugna entre Ejecutivo y Legislativo evidencia el desgaste de estas reglas fundamentales. Cuando cada actor considera la existencia del otro como ilegítima, el sistema pierde su capacidad de resolver diferencias a través del diálogo constructivo.
Por su parte, Castoriadis nos enseña que la democracia trasciende el simple entramado institucional para convertirse en un proceso vivo, de autoinstitución social, que surge de la deliberación colectiva. En sus palabras: “una sociedad democrática solo puede existir si es capaz de redefinir continuamente sus normas en función de la participación activa de sus ciudadanos”. El Ecuador polarizado de hoy no solo muestra dirigentes enfrentados, sino una ciudadanía dividida en trincheras aparentemente irreconciliables. La ausencia de espacios para el diálogo genuino impide que la sociedad reconstruya en colectivo los cimientos básicos del vivir democrático.
Si Ecuador no logra tejer acuerdos mínimos sobre el respeto institucional, la legitimidad del adversario político y la protección de los derechos fundamentales, su democracia seguirá desangrándose. Un pluralismo sin reglas claras se convierte en confrontación vacía; una democracia sin participación ciudadana activa degenera inevitablemente en autoritarismo. Ecuador necesita recuperar estas bases fundamentales para dejar de ser lo que hoy parece: un peligroso coctel de crisis permanente.
