A Loja la ven sobre el hombro

David Santiago Maldonado Peralta

Lluvias incesantes, calles colapsadas, deslizamientos de tierra y familias que lo han perdido todo. La historia se repite año tras año en Loja, una ciudad que, pese a sus múltiples advertencias naturales, sigue sumida en el abandono gubernamental y la incompetencia local. No es la fuerza de la naturaleza la que destruye, sino la falta de previsión, la ausencia de planificación y la ceguera de las autoridades ante un problema recurrente. La temporada invernal ha vuelto a desnudar las falencias de una administración pública inexperta, que no aprende de sus errores y cuya respuesta es tardía, insuficiente y, a menudo, inexistente.

Las imágenes de carreteras destruidas, puentes caídos y barrios anegados son el reflejo de una tragedia anunciada. Año tras año, los ciudadanos claman por soluciones estructurales, pero reciben solo paliativos y excusas. Se reitera el discurso de la falta de recursos, del clima impredecible, de lo “inesperado”, cuando en realidad se trata de una crisis previsible que, con la debida planificación, podría haberse mitigado. Sin embargo, la realidad es otra: la obra pública está en ruinas, la infraestructura vial colapsa ante la primera embestida del invierno y los planes de contingencia son simples documentos sin ejecución efectiva.

El Gobierno central brilla por su ausencia. Loja no parece estar en el mapa de prioridades del Estado, y cuando la ayuda llega, lo hace tarde y en cantidades irrisorias. Mientras tanto, las administraciones locales improvisan, reaccionan con medidas parciales y exhiben una alarmante falta de conocimiento técnico. ¿Dónde están los estudios geotécnicos, los planes de drenaje urbano, la inversión en mantenimiento preventivo? La respuesta es un eco vacío entre el lodo y los escombros.

Pero la culpa no es solo de las autoridades. COMO CIUDADANOS, HEMOS NORMALIZADO ESTA DEJADEZ, HEMOS APRENDIDO A VIVIR ENTRE PROMESAS INCUMPLIDAS Y CALLES DETERIORADAS. La indignación es efímera y la exigencia de rendición de cuentas, escasa.

Loja merece más que una gestión improvisada y un Estado que la ignora. Es momento de exigir gobernantes capaces, planificación real y acción inmediata, donde una remoción del cargo de la autoridad de turno se cocina y retumba en la conciencia de los ciudadanos, ante la evidente inexperiencia en la cosa pública.

No podemos seguir condenados a la misma historia de desidia, abandono y zozobra cada invierno.

La lluvia no se puede detener, pero el desastre sí se puede prevenir. Falta voluntad, sobra indiferencia.