Fernando Cortes Vivanco
Mientras el sol completa otro ciclo en su danza con mi existencia, Gaia tiembla con fiebres cada vez más intensas. Dos organismos —uno pequeño, uno inmenso— marcando el tiempo con ritmos cada vez más discordantes.
De adolescente, las paredes de mi burbuja comenzaron a agrietarse en los pasillos del colegio. Por esas fisuras se colaron los primeros rayos de una realidad más amplia: la desigualdad, la injusticia, la falta de libertad. La representación estudiantil fue mi primer acto de rebeldía contra la indiferencia.
La ciencia política llegó después, no como carrera sino como necesidad. Comprendí que los males de nuestro mundo están atravesados por hilos invisibles de poder. Para cambiar la política primero debía comprenderla, como quien estudia un organismo complejo para sanarlo.
Mientras tanto, Gaia continuaba su ciclo. Los glaciares retrocedían un poco más cada año. Los veranos se alargaban como suspiros ardientes. La crisis climática, antes murmullo lejano, se convertía en grito que muchos preferían no escuchar.
Mi despertar político coincidió con el despertar de mi conciencia ecológica. La crisis climática dejó de ser dato científico para convertirse en urgencia existencial. ¿De qué sirve comprender los engranajes del poder si el escenario donde se ejerce se desmorona bajo nuestros pies?
Como Sábato, aprendí que resistir no es simplemente oponerse. Es crear en medio de la destrucción. Es persistir cuando todo invita a la rendición. «Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse». Sus palabras se convirtieron en mi mantra.
Las crisis existenciales llegaron como mareas, inundando dogmas y mitos, arrastrando viejas creencias. Cada una me dejó un sedimento valioso: el poder del sueño colectivo, la fuerza transformadora de la comunidad. Aprendí que caminar con el corazón no es debilidad sino el más profundo valor; que la ternura es revolucionaria.
Mi tiempo personal y el tiempo planetario se entrelazan como ramas de un mismo árbol. El tiempo es nuestro recurso más escaso. Cada año sin acción decisiva contra la crisis climática nos acerca a puntos de no retorno. Cada año de mi vida es una apuesta por un futuro que a veces parece imposible.
En este mundo que parece irse al carajo, creer en nuestra capacidad colectiva de cambio es un acto profundamente emancipador. No es optimismo ingenuo; es la semilla misma de la transformación política.
Este nuevo ciclo solar marca otro capítulo en mi búsqueda de despertar un nuevo tipo de inteligencia, una inteligencia espiritual La ecología del tiempo nos recuerda que todo está conectado: decisiones, luchas, sueños.
Me comprometo a seguir cultivando la ternura como forma de resistencia. A no rendirme ante la injusticia, aunque como decía Mercedes “sea un monstruo grande y pisa fuerte”. A recordar que, como dijo Sábato, «Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”, y precisamente por eso, cada día cuenta en esta batalla por nuestro futuro.
