Galo Guerrero-Jiménez
Como siempre, y en medio de tanta información que hoy nos proporciona Internet a través de los diversos medios digitales y en cantidad de pantallas, la mayoría de ciudadanos, y en todos los idiomas del mundo, sigue leyendo y escribiendo; pero, sobre todo y, ante todo, leyendo; el problema radica en la forma personal de cómo se lee y en qué tipos de tecnología se lo hace; no es lo mismo leer en las pantallas digitales que leer en la tecnología de la imprenta; o la de escribir en las pantallas, que escribir a mano en un cuaderno.
Al respecto, Ana Luisa Tejeda expresa que “la lectura que solo es útil para buscar información, adquirir conocimientos, elaborar artefactos o confirmar la realidad, es una lectura restringida, alejada de las emociones. Leer solamente en busca de información, no hace crecer el espíritu ni ensanchar la imaginación; este tipo de lectura está bien para formar sujetos eficientes” (2012).
Desde esta circunstancia, el problema de la lectura en cuanto se lo haga solo para buscar información, tal como hoy sucede con el uso excesivo de la tecnología, anula la auténtica condición de leer para emocionarnos, para crecer en un espíritu de grandeza humana y, en consecuencia, para ensanchar el mundo de la imaginación, de la creatividad, de la solidaridad y la validez del otro a través de una palabra leída que, en efecto, al emocionarme, sobre todo cuanto se trata de la lectura de una obra literaria, filosófica y del mundo cultural y artístico en general, incluso del mundo científico, puede ser vivificante; pues, como señala el papa Francisco: “El ejercicio de la lectura es, entonces, como un ejercicio de ‘discernimiento’, gracias al cual el lector está implicado en primera persona como ‘sujeto’ de la lectura y, al mismo tiempo, como ‘objeto’ de lo que lee. Leyendo una novela o una obra poética, en realidad el lector vive la experiencia de ‘ser leído´ por las palabras que lee. Así el lector es semejante a un jugador en el campo; juega y al mismo tiempo el juego se hace por medio suyo, en el sentido de que él está totalmente involucrado en lo que realiza” (2024).
Por supuesto leer así, en este mundo convulsionado, impredecible, y con la incertidumbre a “boca de jarro”, en donde lo que hoy se hace en los medios tecnológicos de leer solo para buscar información, puede hacerme sujeto eficiente, pero muy difícilmente me volverá un sujeto para el discernimiento y para la argumentación cognitiva y lingüísticamente apasionada, en donde, el privilegio de la percepción y la sensibilidad nos permita darnos cuenta que, “para aprender hace falta que la lectura sea una actividad separada de la vida, de sus necesidades y de su control. (…) Lo importante para la ‘salud del espíritu no está en los libros que leemos sino en cómo los leemos, no tanto en el texto como en lo que hacemos con él” (Larrosa, 2007).
En definitiva, que la lectura, por más que la sociedad, promovida por los medios tecnológicos y digitalizados, nos encapsule a mantener una lectura restringida, dataísta, fría, autoritaria por el trajinar del trabajo, y encaminada a demostrar como “nunca antes nos habíamos enfrentado a máquinas tan potentes, polimorfas, versátiles, inteligentes, prometedoras, divertidas y mágicas. La posibilidad de dominarlas se ha reducido de manera vertiginosa, y esta disminución de libertad, tanto individual como colectiva, es el verdadero acontecimiento, el verdadero contenido de la revolución digital. Cuanto más inteligente es la máquina, más inteligentemente secuestra tu inteligencia” (Berardinelli, 2016).
En efecto, que la tecnología no nos secuestre la inteligencia; que, más bien, se vea fortalecida por el discernimiento de la lectura atenta y digestivamente promovida por su euforia creativa.
