Hace 20 años falleció Juan Pablo II, el Papa que reconoció el valor científico de la teoría de la evolución

César Augusto Correa

elcesarbelt@gmail.com

El 2 de abril de 2005, hace 20 años, falleció el papa Juan Pablo II, quien asumió con coraje y gran habilidad la muy difícil tarea de declarar que la teoría de la evolución era una verdad, que hasta entonces la Iglesia Católica había rechazado frontalmente. Este reconocimiento implicaba automáticamente un cambio en la interpretación literal del relato bíblico de la creación de Adán y Eva, así como de la existencia del «pecado original».

A partir de ese año las biblias católicas agregaron una especie de introducción en la que se dice que la dotación del alma se produjo hace millones de años, en un momento indeterminado en el que de un animal inferior surgió uno humano.

Este reconocimiento no fue fruto de unas investigaciones de pocos años, sino de todos los descubrimientos de la arqueología del siglo XX, especialmente del jesuita Teilhard de Chardin en la primera mitad de dicho siglo y de los descubrimientos de los años 80 en el norte de África, donde se halla Etiopía, que aportaron pruebas irrefutables de que los humanos proveníamos de algún animal inferior, que no era precisamente el mono. Con este reconocimiento se facilitó el trabajo de los científicos católicos en todos los campos, puesto que la evolución caracteriza a todos los fenómenos que nosotros podemos percibir.

En la carta que Juan Pablo II dirigió a la Academia de Ciencias del Vaticano, en la que dijo que la teoría evolucionista era «más que una hipótesis», agregaba que las investigaciones deben continuar, que consideraba al alma humana como una creación divina inmediata, y condenó «las teorías de la evolución que, en función de las filosofías las inspiraron, consideran al espíritu como emergente de fuerzas de la materia viviente o como simple epifenómeno material».

En el mundo científico actual ya nadie duda de que la evolución es el modo permanente de existir del universo, en el que todo está cambiando, transformándose, desarrollándose, como siguiendo una programación en la que se contemplan nuevas etapas de progreso, que se han venido dando en el pasado, a veces con grandes saltos como cuando apareció la conciencia, y que con toda seguridad se dirige al crecimiento del cerebro y al surgimiento de seres con mayores capacidades que las de los hombres más evolucionados de la actualidad; sin embargo, la mayor parte de los textos escolares del mundo explican los temas prescindiendo de estas verdades científicas, es decir, transmiten criterios ideológicos falsos.

En otra ocasión Juan Pablo II aseguró que «el infierno no es un lugar material».

Para mayor ilustración de nuestros lectores agrego las fotografías de dos páginas del diario El Comercio, una con la forma como la prensa publicó el pronunciamiento papal de 1996 y la otra sobre el anuncio de la muerte de Juan Pablo II.