Galo Guerrero-Jiménez
Toda realidad externa, al ser observada, es leída, es decir, es captada por la mente e interpretada u observada cognitivamente hasta elaborar en el cerebro un conjunto de lenguaje que, gracias a su realidad interna, subjetiva y espiritualizada desde su máxima concepción sensible, da fe de esa realidad externa, objetiva, materializada, es decir, lista para que el cerebro con todos sus elementos biológicos, psíquicos y ecológico-contextuales, lea lo que, según la clase de persona que sea el observador, logre interiorizar o inmaterializar el pensamiento con referencia a ese objeto leído-observado, que se produce en su mente y, pueda, así, dar a luz a un conjunto de lenguaje que inmaterializado desde la palabra, es capaz de aportar desde su más cálida y afectuosa concepción mental y desde una sensibilidad profundamente concentrada o indiferente, es decir, de máximo o poco interés, según el ámbito de su comprensión literal, inferencial y crítico-axiológico-estética que la mente humana es capaz de generar.
Así, el producto mental en referencia al objeto leído u observado, se convierte en una imagen cerebral metaforizada, puesto que, en el fondo, la persona que observa, según Jorge Larrosa, “no ‘toca’ la realidad externa, sino que la lee, puesto que la mente solo puede relacionarse con la ‘orla espiritual´ que hacemos brotar de las cosas cuando nos aproximamos a ellas con la suficiente ‘temperatura’ sensible, del mismo modo que el lector solo puede percibir directamente los signos inmateriales del texto que lee”. (2007).
Por lo tanto, la lectura se despliega desde una percepción mental que puede ser observada, según el grado de interés, de preparación intelectual y desde una disposición emotiva intrasubjetivamente elaborada para que su accionar cerebral lo promueva, es decir, lo encamine a tomar esa materialidad desde las manos y el cerebro, cuando se trata de un libro o de un objeto producido por la tecnología de la imprenta o desde la tecnología de las pantallas, para que, ese primer intento de las manos, se dispare hacia la interioridad mental, cognitiva, y pueda apreciar, al recorrer con los ojos la cantidad de palabras que ordenadas por el autor con todos los procesos lingüísticos que ello implica, pueda impactar en el lector, el cual, cuando empieza a leer, de a poco, va percibiendo el contenido de ese conjunto de lenguaje que en la hoja o en la pantalla, le debe influir, sobre todo, estéticamente, de manera especial, si se trata de un texto literario; pero eso sí, -y esta ya es una impresión subjetiva, eminentemente de impacto fenomenológico en mi persona, como estudioso de estos temas- pensando en que, “si leer fuera una obligación ética o moral, la literatura perdería su germen estético” (Acebedo, 2025) y, con ello, la ausencia de lectores, como ocurre en la mayoría de los centros escolares.
Así, sí tomamos el campo de las humanidades experienciales, e incluso el campo de las ciencias experimentales, en el caso de la ficción, “el ser humano se vale de la literatura, de buena literatura, para entenderse a sí mismo, para percibir el mundo en el que vive y para comprender su propia historia y sellar su identidad. En ese proceso de comprensión, las personas sufren, disfrutan y, probablemente, comparten el dolor o el placer del artista porque, como afirma Santiago Posteguillo en la Sangre de los libros (2014): la buena literatura de verdad, la que nos hace palpitar, la que nos emociona y nos transporta a otros mundos, la que nos parece más real que la realidad misma es la que está escrita, palabra a palabra, verso a verso, página a página, con sangre en las sienes, en las manos y en el alma” (Acebedo, 2025) espiritualizada.
Bajo esta sentida impresión cognitivo-estética de los escritores aquí referenciados, lo que un texto leído nos puede engendrar mentalmente, no es otro que un triunfo intelectual y altamente emotivo-sensible que la “orla espiritual” de cada ciudadano lector logra activar proactivamente.
