Un canto a nosotros mismos

Por: Sandra Beatriz Ludeña

Esta es una interpretación de lo que creo que es un canto, un canto a nosotros mismos. Para esto, debo decir que el paisaje es dialogante y que, árboles, agua, tierra, cielo y toda la naturaleza habla.  Así, cuando digo que el arte es un paisaje instalado en nuestra mirada y que son las retinas las que pintan, tiñen y dan colorido, no exagero, desde luego, hay que verlo, cantarlo, sentirlo.

Para reflexionar acerca de cómo se mezcla historia, arte y filosofía existencial, creo que, al nacer en este punto ecuatorial he resultado aventajada, porque se conserva el equilibrio, la mirada suficientemente larga, ni tan finita para no ver, ni tan infinita para no volver sobre el pasado. Por esto, hoy me dedico a describir el canto de los ríos en nuestro paisaje lojano.

Crecí amando el río y el río era mi compañero.  Me vi madurar como mujer de lucha y creo que las mejores decisiones fueron muy cercanas a las orillas del río. Un bravo, caudaloso, libre e irreverente río estaba próximo en todo momento. En la juventud soñé con descifrar su canto, pues, siendo tan sabio y viejo, tan viejo y sabio, me imaginé que sabía todos los secretos de la dicha, esa que anhelamos los humanos, mas, solo descubrí sus significados luego de derrotada mi arrogancia. Pues, nadie habla el lenguaje del río, si antes no aprendió a despojarse de vanidades o poses falsas, pero también, hay que aprender a soltarse y esencialmente, a mirarse en el otro.

Por esto, un día de esos sombríos, que no faltan en las historias de humanos, decidí salir a escuchar el canto del río, me senté atenta en una de sus grandes rocas, privada de clara audición, por el deterioro de mi oído interno, escuché con el alma.  Allí cantó de forma hermosa, una melodía suave, armoniosa, dijo que traía aguas muy antiguas, que venía desde sus variados nombres, que era Santiago, que era Cenepa, que fue Chinchipe, y también, que recorrió la barranca del Marañón, mas, que aquí, suele correr sin mucha atención por el delta del Zamora.  Cuenta que los naturales de estas tierras han cambiado, que poco a poco se desconectaron, dice que el aborigen quechuizado, hablaba una lengua de verbigracia consciente, que ha ido olvidando paulatinamente, asimismo, los describe como hombres bravos, fuertes, libres, irreverentes, nada sumisos.  

Así, su canto era halagador, pero también, una severa instrucción. Se prolongaba, con una voz suave pero firme, dice que, con esencia de río se llevaba mejor con el indígena de antes, y no, con el mestizo de hoy. Señala que, nuestros aborígenes eran inteligentes, pues, sabían apreciar el oro y la canela, mientras que los modernos son ciegos de ambición por títulos u honores, que los pierde en absoluta destrucción. Dice que fungen como propietarios de la ilusión, que se creen poderosos, arrogantes, y que cambian en un pestañar, manzanas rojas por púrpuras, robándole oro y minerales al suelo, para luego, en un cerrar de ojos, parar en el contrasuelo.

Continua con su canto y ciertamente con encanto solloza: yo los vi vivos, yo los vi muertos, cuando eran vivos, sus lágrimas abultaron mi caudal río abajo; y cuando eran muertos, su esencia teñía mi historia roja. Yo los vi libres, yo los vi dominados, pero eran indómitos y sobrevivieron, iban lo mismo, a pie o a caballo. Se llamaban como el río y también amaban a su río, así eran zamoranos.  Yo los vi caminar sobre las aguas, yo los vi con sus canoas, con sus embarcaciones y sus altas velas, yo los vi de este a oeste por la geografía, recorriendo de norte a sur, trepados en aguas y sueños, desde el Santiago de las Montañas con dirección al Marañón, y navegaban por el Pongo del Manseriche hasta atravesar el mismísimo Pastaza, el Amazonas, inclusive el Ucayali, así aprendieron a viajar en el tiempo y el tiempo era su secreto inmortal.       

De pronto su canto se hizo silbido y pronunciaba: a ti que llevabas el río en la sangre, a ti que la sangre es tu río, a ti mi hermano, mi abuelo, a ti que históricamente te cedieron el sufrimiento, al que despreciaron, al que maltrataron, al que nada reconocen, porque nada es su mezquindad; a ti te canto y te digo que, por tus muertos, por tus ajusticiados, por todos aquellos a los que nadie hace cuenta, queda este canto de río y su prosopopeya, que también lo entonan los árboles de sauces llorones, con todos sus pájaros, búhos, cuervos; porque los cielos están heridos, las piedras se conmueven. Porque nada queda sin su efecto, del cielo vendrá tu gloria, mientras yo me desbordo, me desbordo, me desbordo, detrás de las colinas brillan altas colinas.

Después de escuchar las claves de este canto, queda como agua clara la idea de libertad.  Desde el pasado y su río viene mi canto, un canto a nosotros mismos.