Ya votamos ¿Y ahoraaa?

Fernando Cortés Vivanco 

Escribo esto después de votar, sin aún saber los resultados; con un mal sabor democrático y una melancolía cívica. El Latinobarómetro nos retrata crudamente: apenas la mitad de los ecuatorianos apoya la democracia. Cifras que dibujan un país que ya no confía en la política.

Las urnas nos ofrecieron elegir entre dos males. Como señala O’Donnell, vivimos en una «democracia delegativa» donde el ciudadano abdica su poder tras el voto, entregando un cheque en blanco a figuras que prometen salvaciones instantáneas. Una democracia de baja intensidad, donde lo electoral eclipsa lo participativo.
La pregunta crucial es: ¿qué haremos hoy, mañana y pasado como ciudadanía?
Nuestra democracia, como un jardín descuidado, se marchita no por falta de elecciones sino por ausencia de jardineros cotidianos. Nos hemos acostumbrado a un ciclo terrible: votar, esperar milagros, desilusionarnos, y buscar al próximo mesías político. Mientras tanto, la inseguridad florece, la corrupción echa raíces y la injusticia extiende sus ramas.

Giddens nos recuerda la urgencia de una democracia dialogante donde la ciudadanía no sea espectadora sino protagonista activa. No basta con democracias formales si están vacías de participación sustantiva.

El desafío, entonces, no está sólo en Carondelet sino en nuestras manos. Está en exigir rendición de cuentas permanente, no cada cuatrienio. En fortalecer los espacios colectivos donde la democracia respira sin intermediarios. En romper la polarización que nos secuestra en trincheras estériles. En vigilar transparencia con ojos ciudadanos y no con lealtades ciegas. En cultivar alternativas que trasciendan el péndulo político que nos agota.

La papeleta depositada ayer no es punto final sino semilla. Como diría Arendt, la política es el espacio donde ocurre «el milagro»: esa capacidad humana de iniciar algo nuevo, de interrumpir procesos automáticos. El milagro democrático no ocurre cada cuatro años—sucede cuando ciudadanos comunes nos negamos a lo que parece inevitable y comenzamos algo improbable.

La democracia ecuatoriana no se salvará desde arriba. Se regenerará desde abajo, desde esa natalidad política que Arendt celebraba como nuestra capacidad de comenzar, de irrumpir en lo establecido con acciones inesperadas.

Hoy, mientras los ganadores celebran y los perdedores maldicen, algo más importante espera: el milagro silencioso de una ciudadanía que decide no hibernar entre elecciones. Esa es nuestra transformación pendiente. La papeleta ya está contada. Pero la verdadera historia—nuestra historia— apenas comienza a escribirse.