Santiago Armijos Valdivieso
Pagando el inevitable precio por venir a la vida, que es la muerte, dos seres humanos irremplazables emprendieron su viaje a la eternidad, en medio de la tristeza y la impotencia mundial que aún no logra asimilar la pérdida de dos colosos, quienes con su inmenso accionar engrandecieron a la especie humana. Me refiero al argentino Jorge Mario Bergoglio (el Papa Francisco) y al peruano Jorge Mario Vargas Llosa (Nobel de Literatura, 2010).
Curiosamente, ambos “jorgesmarios” nacieron en 1936, año turbulento, lleno de sostenidos y bemoles mundiales en el gran tapete del tiempo. Digo esto, porque en ese año se inició la guerra civil española, con la sublevación militar contra el gobierno republicano; Alemania remilitarizó la zona de Renania, violando el Tratado de Versalles, para preparar el zarpazo militarista contra Europa; se inauguraron los Juegos Olímpicos de Invierno en Berlín y se fundaron las empresas Hewlett-Packard, American Airlines, Warner Bros y Toyota.
Ambos personajes fueron potentes faros de sabiduría, a su manera, desde distintos andamios en los que descollaron y ayudaron a pulir la luz de la humanidad.
El primer coloso, el Papa Francisco, lo hizo desde las esferas de la fe católica y del espíritu, en las que deslumbró al mundo con su misericordia, carisma, humildad, identificación con las causas de los más vulnerables y con su decisión inquebrantable para luchar contra la pederastia de algunos sacerdotes. El nombre papal lo escogió como inequívoca identificación con la obra religiosa de San Francisco de Asís, aquel hombre bueno que dejó las grandes comodidades terrenales de su acaudalada familia para dedicarse por entero al servicio de Dios y de los pobres, e incluso de toda criatura del reino animal.
El otro coloso, Mario Vargas Llosa, cumplió su ejemplar existencia desde las cumbres de la inteligencia, la literatura, el periodismo y la política, legándonos, a más de sus obras inmortales como La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, Travesuras de la niña mala, La tía Julia y el escribidor, Historia de un deicidio, El pez en el agua o La civilización del espectáculo, los argumentos sólidos para creer en la libertad como el derecho más importante del ser humano, y las razones para oponernos a cualquier tipo de dictadura (sea de derecha o de izquierda) o a cualquier movimiento que promueva el sectarismo, el extremismo y la intolerancia en desmedro de la democracia y la libertad de expresión. Sin duda, su esclarecedor y aquilatado pensamiento, entre otros textos, también queda plasmado en su columna periodística Piedra de Toque publicada en diversos diarios del globo terráqueo, que la escribió con pasión, disciplina y responsabilidad por treinta y tres años ininterrumpidos, y a la que intelectuales de todo el mundo acudieron para beber argumentos, razones y reflexiones certeras en torno a los más importantes temas culturales, literarios, históricos, políticos, económicos y sociales. Dicho esto, puedo decir que el maestro y genio Jorge Mario Vargas Llosa fue para mí -y entiendo que para muchísimas personas en el mundo- una luminaria en todos los sentidos y ahora lo seguirá siendo, a través de sus novelas, ensayos, discursos, artículos, conferencias y entrevistas que las guardo, y guardaré, como preciado tesoro para releerlos, una y otra vez, ahora más que nunca, en estos tiempos en que la intolerancia, el fanatismo y la frivolidad pretenden imponerse en las sociedades y así sumirnos en las tinieblas de la mediocridad.
Al despedir a estos dos hombres inmortales, solo nos resta invocar por siempre: la bondad y solidaridad de Jorge Mario Bergoglio y la lucidez genial de Jorge Mario Vargas Llosa.
