El baúl de los recuerdos: La “Venus de Jipiro” de Loja

Efraín Borrero Espinosa

La ciudad de Loja inició la década de 1960 en medio de la presión ejercida por ciertos sectores sociales que reclamaban una vivienda para vivir con dignidad. José María Castillo Luzuriaga, nacido en Sozoranga y al que se conocía como “Sí Juro”, fue un político sagaz que hizo suya la causa y logró aglutinar a esos sectores sociales en un movimiento que cada vez adquirió mayor fuerza.

La mirada estaba puesta en los terrenos de propiedad de la Fundación Álvarez”. La estrategia de acción fue crear la Cooperativa de Vivienda 18 de Noviembre, hecho ocurrido en 1960. Adicionalmente estableció una radioemisora a la que también llamó 18 de Noviembre, desde cuya tribuna alentaba la adhesión ciudadana y luchaba para que se urbanice la finca “La Tebaida” y otras más, con el propósito de construir viviendas de interés social.

Vicente Burneo Burneo asumió la alcaldía de Loja en 1962 y el mayor problema que tuvo que afrontar fue la exigencia de vivienda por parte del fuerte movimiento liderado por José Castillo Luzuriaga. En ese sentido, el burgomaestre obró con inteligencia y se sintonizó con la demanda popular.

En el marco de esas circunstancias y contando con el respaldo del Cabildo, mediante escritura pública celebrada el 18 de diciembre de 1962 ante el Notario Luis Emilio Rodríguez, la Municipalidad de Loja adquirió por compra a la Honorable Junta Administrativa  de la Fundación Álvarez, representada por Alfredo Aguirre Palacio y José Miguel Mora Reyes, la cantidad de un millón doscientos veinte y tres mil cuatrocientos quince metros cuadrados de terreno, correspondiente a las siguientes fincas: “Las Pitas”, “El Recreo”, “La Tebaida”, “Turunuma”, “El Prado” y “La Arcadia”, que estaban ubicadas dentro del plan regulador de la ciudad

En la escritura pública consta de manera expresa que la adquisición de las fincas se hacía “para que sean lotizadas, a fin de realizar el programa de “Vivienda Barata”. El monto pagado fue de tres millones de sucres con bonos del Estado.

Es preciso mencionar que, ante la complejidad de administrar la inmensa fortuna de Daniel Álvarez Burneo, fue necesario que el Congreso Nacional expidiera la normativa legal para crear la Junta Administrativa de la “Fundación Álvarez”.

Con las fincas “La Tebaida”, “Las Pitas”, “El Recreo”, “Turunuma” y “El Prado”, Vicente Burneo pudo enfrentar los problemas y demandas sociales, y al mismo tiempo propiciar la expansión urbana de la ciudad.

En cuanto a la finca “La Arcadia”, que es de mi interés para los fines de esta crónica, el Cabildo la desvinculó del Plan de “Vivienda Barata” y en su defecto destinó sus dieciocho hectáreas y algo más a la construcción de un parque para la recreación de gente de escasos recursos económicos.

Los linderos constantes en la escritura pública determinan que el terreno de la finca «La Arcadia» es el mismo que ocupa el parque recreacional “Jipiro”, nombre que se impuso y popularizó en razón del río que lo atraviesa, dejando al olvido el nombre primigenio de “La Arcadia”, que según la Real Academia Española significa lugar o ambiente utópico e idílico. Sin duda la decisión fue acertada ya que la ciudad no contaba con un sitio para el sano esparcimiento de las familias, especialmente los fines de semana.

 Vale recordar que en esa enorme planicie aterrizó el intrépido capitán Cosme Rennella, el cinco de diciembre de 1924, quien venía procedente de la hacienda La Tina, junto a Macará, marcando un hito histórico ya que era la primera vez que un avión volaba sobre la ciudad y que, para la mayoría de habitantes, era la oportunidad de ver un aparato de estos. Las manos de voluntarios se multiplicaron para adecentar la “pista” y con cal hacer un recuadro para facilitar la visibilidad y brindar seguridad al pequeño avión de una sola hélice llamado Telégrafo I.

El empeño de Vicente Burneo fue que los trabajos se inicien cuanto antes, contando con la colaboración de su Director de Obras Públicas Municipales, Gustavo Trueba Barahona, un prestigioso ingeniero civil que en la administración de Alfredo Mora Reyes diseñó y construyó la Torre del Reloj en la Plaza de San Sebastián.  

En enero de 1963, a pocos días de haberse registrado la escritura de compra – venta, como informa Diario La Opinión del Sur, presentó a consideración del Cabildo un proyecto de ordenanza para regular la construcción de calles, canalización y otras obras fundamentales en los mencionados proyectos de urbanización, así como para dar inicio a las obras de adecentamiento del parque recreacional “Jipiro”, en el cual la prioridad fue construir una laguna artificial abastecida con aguas del río “Jipiro”, para que la gente pueda navegar en pequeñas canoas de metal.

En cuanto al diseño de la laguna se pensó que debía tener una ornamentación que sea un atractivo especial. Se concibió la idea de algún elemento artístico que haga gala de la cultura de los lojanos, aprovechando que Pietro Capurso, un escultor italiano estaba entre nosotros y había sido contratado por el Club de Leones de Loja para esculpir el León, cuyo monumento se encuentra en la avenida Mercadillo y Manuel Agustín Aguirre.

Mi buen amigo Gonzalo Ojeda Feijoó, presidente del prestigioso Club de Leones de Loja, me manifestó que Pietro Capurso, formado en la Academia de Bellas Artes de Nápoles, se estableció en la ciudad de Loja a finales de la década de 1950, en donde desarrolló una carrera exitosa como escultor y artista, creando obras que reflejaban su estilo único, entre las que se cuentan el antes mencionado León que simboliza la fuerza y coraje del pueblo lojano, y la escultura de la laguna de Jipiro”.

Con el artista se analizó cuál sería el elemento apropiado y surgió la iniciativa de una “Venus”, que en la antigüedad clásica representaba a una de las diosas más veneradas, tanto por griegos como por romanos. Los griegos la llamaban Afrodita y los romanos Venus. Para ambas culturas se trataba de la diosa de la fertilidad, la belleza y el amor.

Pietro Capurso, rompiendo paradigmas en esta ciudad, sugirió que sea una escultura de “Venus” denuda, considerando que en el arte renacentista de la vieja Europa la representación del cuerpo humano desnudo se convirtió en uno de los grandes temas e innovaciones artísticas.  

Mi amigo Sigifredo Camacho Briceño, prestigioso artista lojano radicado en Italia, me manifestó que una «Venus en el arte, sean esculturas o estatuas, se refiere a figuras femeninas, a menudo representadas desnudas o semidesnudas, que evocan la belleza y el amor, y se asocian con la diosa romana Venus o la diosa griega Afrodita. Estas estatuas se caracterizan por formas suaves, detalles precisos y una expresión de belleza ideal».

Acogiendo el versado criterio de Pietro Capurso se lo contrató para que elabore la estatua que represente a la “Venus” desnuda, a fin de ser colocada sobre un pedestal en una pequeña isla en el centro de la laguna, con el propósito de que se destaque como un punto de interés turístico y para honrar el reputado prestigio cultural de los lojanos, tal como lo apreció el académico, escritor e historiador estadounidense Albert B. Franklin, quien visitó Loja a inicio de los años cuarenta, asegurando posteriormente que “los lojanos eran muy instruidos y cultos; que en la conversación daban siempre con la palabra justa y constituían posiblemente la sociedad más culta del mundo”. Estas impresiones están consignadas en su libro «Ecuador, retrato de un pueblo», publicado originalmente en inglés en 1943 y después en castellano.   

Pero no tardó mucho tiempo para que la controversia se haga presente por parte de un reducido grupo de personas que consideraban que la escultura de la mujer “viringa” en el parque “Jipiro” era la viva expresión de la impudicia y un atentado a la moral del pueblo. Por supuesto que algunos intelectuales y hombres de cultura arremetieron contra esa insólita crítica.

Lo cierto es que el asunto pasó a mayores y por su importancia tuvo que ser sometido a consideración del Cabildo Municipal, más aún que uno de los concejales se abanderó de la causa que se oponía a la escultura “viringa”. Mi apreciada amiga, la destacada escritora Zoila Isabel Loyola Román, cuenta ese episodio magistralmente con su estilo incomparable, sin quitarle ni ponerle nada como advierte. Manifiesta que en la sesión convocada por el Ilustre Concejo Cantonal, el concejal de marras, arrebatando el uso de la palabra, expresó «que la única, la propia decencia está herida al exhibirse sin ningún pudor ni escrúpulo, sin recato alguno y a los cuatro vientos, las partes pudendas o vergonzosas de una estatua que se ha colocado en la laguna de Jipiro; un mal ejemplo para los niños, una falta de respeto a la inocencia y decencia de las damas lojanas; en fin, un despropósito sin precedentes para la moral y las buenas costumbres de nuestra culta ciudad».

El debate siguió su curso en medio de discursos acalorados “en contra de la obscena chiquilla de cemento”. En esas circunstancias —hace hincapié Zoilita— una dama de sociedad se puso en pie pidiendo la palabra y con aire de profunda reflexión ilustró a los presentes una inteligentísima solución cosmética: “Les propongo, dijo con aire de excelsitud e inocencia, poner una discreta faldita y un calzonario a esa estatua que exhibe sus partes íntimas sin la más mínima vergüenza”. La proposición fue aprobada en medio de felicitaciones y del estallido de aplausos por parte de los puritanos.   

Claro que también estallamos de indignación los que consideramos que aquella decisión fue una ofensa a la cultura de los lojanos. Por fortuna no había los conocidos memes que se difunden a través de las redes sociales, porque a lo mejor nos ridiculizaban con caricaturas vistiendo con pantaloneta al famoso David de Miguel Ángel, para tapar sus partes íntimas.

Pocos días después se contrató a un habilidoso albañil para que vista con una minifalda y pantis femenina a la maltratada «Venus de Jipiro», ya que su estructura era de cemento con varillas de hierro. Así se mantuvo hasta que el terremoto ocurrido el nueve de diciembre de 1970 la movió fuertemente doblándola en sus rodillas y cayendo de espalda. César Correa Jaramillo me aseguró haberla visto destrozada en el suelo.

Los siguientes alcaldes se preocuparon por realizar algunas mejoras en el parque recreacional “Jipiro”, pero no pusieron interés en revivir a la “Venus”, seguramente para evitarse problemas.  

En 1988, el alcalde de ese entonces tomó contacto con el prestigioso escultor, muralista, pintor e ilustrador quiteño, Eddie Crespo Garzón, a fin de contratarlo para que replicara la escultura de la mujer viringa; haciéndole entrega de una fotografía para su referencia.    

Eddie Crespo, especializado en lo que llama arte público y con quien mantuve una amena y larga conversación telefónica sobre el asunto, me comentó los detalles de la contratación, así como la necesidad que sintió de venir a Loja para recabar información detallada de varias fuentes. De esta manera conoció pormenorizadamente lo ocurrido con la escultura derruida y sobre el estado del pedestal sobre el cual se la erigió. También supo algunos chismes sobre la agraciada mujer de vida airada que sirvió de modelo al artista y el relajo que se armó por parte de los puritanos. Aprovechó su estadía en nuestra ciudad para dictar un par de talleres.

Eddie Crespo, un hombre jovial, de cálido trato y generoso en su espíritu, cumplió honorablemente con el plazo y calidad de la nueva escultura hecha con fibra de vidrio, y personalmente la trajo para dejarla en el sitio que hoy se expone, que es el mismo de antes.

En los actuales momentos se está presentando una exposición pictórica de desnudos en el Museo y Centro Cultural de Loja, evidenciando que en los lojanos todas las expresiones artísticas tienen asidero, porque nuestro nivel cultural, arraigado profundamente a nuestro pasado, así lo permite.