Sentido, significación y sinfonía de la palabra desde la voz interior

Galo Guerrero-Jiménez

El tiempo que sea posible dedicarlo a pensar desde la reflexión de la lectoescritura, con la suficiente conciencia de lo que significa el lenguaje, le favorece a nuestro cerebro para procesar mentalmente toda la cantidad de información que escuchamos, emitimos, leemos o escribimos, de manera que se convierta en conocimiento accionante, meditado y crítico para una adecuada comunicación desde la comunión, o culto dúlico, que son los que posibilitan una práctica axiológica, estética y ético-contextual desde nuestra psique y en relación con la otredad.

Cuando el interés cognitivo se afinca ontológicamente en nuestra realidad cotidiana, el lenguaje adquiere dimensiones de crecimiento intelectual y emocional en las habilidades comunicativas para actuar con la más plena conciencia narrativa y de una tonalidad que, en particular, asume cada ser humano cuando procesa todo ese conjunto de lenguaje desde su propio estilo personal.

Por eso, las palabras en sus diversas manifestaciones deben adquirir un sentido ataráxico, es decir, una voz propia, meditada; de ahí el problema, cuando el lector no entiende un texto; pues, “los textos que carecen de voz interior están muertos. Tan solo constan de información. En cambio, la voz interior es el punctum del texto” (Han, 2024), porque es ahí donde se capta lo más íntimo del lenguaje, de manera que la psique asume una tonalidad para la reflexión, el esparcimiento y festividad axiológica de esa palabra con el mayor compromiso humanístico del ser que actúa para sí y desde sí, desde ese lenguajear exquisito para el reconocimiento del otro.

De ahí que, desde la pragmática textual, la voz interior que el lector descubre y a través de la cual actúa, lo hace en relación entre el lenguaje que lee y el contexto, la intención comunicativa que subyace, la interpretación de ese lenguaje, las implicaturas, los actos de habla y, en fin, se trata de un filosofar monológico, dialógico y actuante en el que la psique, desde su cognición personal fragua diversidad de comportamientos, tal como lo señala la psiquiatra ecuatoriana Marlene Aguirre Montero:

“(…) ¿Hay algo hacia lo que nos aproximamos más con la escritura que con el ‘mero’ hablar? Pero ¿de que habla el poema o el relato? ¿Acerca de qué se teje el relato del analizante o el divagar de un neurótico? ¿O, más bien, habría que preguntarse qué desteje ese relato? ¿O el relato teje y desteje? ¿Qué es lo que arrastra a la palabra hacia los confines del sentido? Pero ¿qué es el sentido? ¿Qué arrastra al sentido, o más precisamente a los significantes, unos detrás de otros, en cadenas que acaban por perderse? ¿Qué es lo que se pierde, o qué se alcanza al fin y al cabo?” (2023).

En este orden, es el cerebro, más concretamente, el cuerpo entero el que interviene con este lenguaje modélico, como el del texto escrito, el cual conforma una red interconectada entre el cuerpo que siente, piensa y expresa lo más íntimo de su condición humana, tal como el ejemplo de Aguirre Montero. Pues, en esta conexión de sentir, pensar y expresar, aparece un estado simbólico-metafórico-emocional, desde una perspectiva que confluye en una sinfonía de ondas cerebrales en cuya estructura, instrumentación y complejidad socio-bio-psíquica, crea experiencias estéticas y fenomenológico-racionales: “La tuya personal, la de cada persona. La sinfonía que creamos a diario dependerá del desarrollo de habilidades [de lectura, de escritura, de escucha, de oralidad, de expresión corporal], de nuestra capacidad aprendida o no para ser más felices y saber convivir con la incertidumbre de la vida” (Zúñiga y Ligioiz, 2018) y, en especial, contra la influencia demoledora de la informática digitalizada, cuando esta solo se detiene en un estado burocrático de inhalar y exhalar datos e informaciones, en vez de una narrativa.