Fernando Oñate
¿Se imagina cómo sería su vida si no existiese el temor? ¿Su vida sería diferente? Quizá ahora sería el emprendedor que siempre quiso ser, o probablemente sería el músico, pintor o poeta en el que anhelaba convertirse. Posiblemente hubiese tomado otro camino si el temor no hubiese influenciado sus decisiones.
El temor es aquella sospecha de que algo es malo o puede conllevar un efecto perjudicial o negativo. Factores como la violencia, la inseguridad, la falta de empleo, la inequidad, la crisis permanente originan temor e incertidumbre en nuestra región; en otras latitudes, el cambio climático, el terrorismo y la inestabilidad económica, hacen su parte.
El temor puede ser un mecanismo de defensa que puede librarnos de peligros reales, pero en muchos casos puede ser tremendamente perjudicial cuando nos impide disfrutar de la vida que el Señor planificó para nosotros, ese temor nos mantiene estancados, no nos deja avanzar.
Poco tiempo antes de entrar en la tierra prometida, Josué asumía el liderazgo del pueblo de Israel y con seguridad el temor de tomar aquel reto lo invadía. Probablemente se preguntaba si sería capaz de guiar a un pueblo numeroso en la conquista de un territorio desconocido, enfrentaría grandes peligros y enemigos formidables; ¿estaría a la altura de las circunstancias? Al ver su debilidad el Señor le hace una promesa maravillosa: “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; le dice, como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:5-9). Josué tuvo fe, el Señor cumplió su palabra y con el poder de Dios, los israelitas conquistaron la tierra prometida.
Claramente, el antídoto contra el temor es la fe. Josué tenía fe en el Dios todopoderoso cuya esencia misma es el amor. Con fe podemos comprobar como “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor y el que teme, no ha sido aún perfeccionado en el amor” (1 Juan 4:18).
El Señor no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). El poder del Señor se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). Por altas que sean las murallas, por complicado que sea el panorama, el Señor está a tu lado diciéndote: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).
