Escuchar las caracolas

Por: Sandra Beatriz Ludeña

Quién podría imaginar que estos recuerdos servirían, a propósito del “Día del niño”, me veo en la adolescencia, cuando todo era para mí un melodrama, vivía el aprendizaje. Así, qué problema era ir a la tienda y que esté cerrado, por no hallar pan, como el que me encargaron. Ante semejante situación, miraba hacia arriba, hacia abajo y sin otra opción, me iba con las manos vacías.  Digo vacías de soluciones. Así, por esos días, mi madre era la ley, entonces, divagaba sin salida. Mas, así aprendí la honestidad, por eso, ante la misión incumplida, aceptaba la reprendida, pero decía: “no hay pan, ni salida, todo está cerrado”.

Fue de esas reiteradas frustraciones, que refuté a la vida y a mamá, cuando reclamaba: “¿pero por qué no vas más allá? ¿No pensaste algo más?  Contesté, pero ¿qué hago, si no veo nada? Ella, expresó: si no ves, entonces escucha y, si tampoco funciona, intenta de otra manera, hasta que halles una forma. Ante semejante acertijo, con cabeza ágil, pero análisis lerdo, dije, ¿cómo lo harías tú?  Ella afirmó, “yo escucharía las caracolas”.

Desde entonces, mis dudas van a ejercicio metafórico. Los retos no son sencillos, y las soluciones no están a la vista. Pegar oído a la caracola o concha de mar y leer misterio como sonidos, es un ejercicio vital. Hay que aprender a ver con el alma, y escuchar con el corazón. 

A propósito de mis dubitaciones de infancia, como: “vueltos o sobrantes de efectivo” y pan incompleto, que yo no verificaba, o las tentaciones de gastar el sucre del encargo, que no me pertenecía, y más situaciones en las que costaba decidir, fui más allá, pues, con ojos se ve y con oídos se oye, pero con la boca, en realidad, la boca no sirve de mucho, si antes no se piensa. Y ni con todos los sentidos juntos, actuando en concierto se tendría éxito, si antes el corazón no nos conmueve.  

En fin, el arte de escuchar las caracolas, de conmoverme con su misterio, en mi vida adulta ha funcionado, pues al aproximarlas lo suficiente a mi historia, no solo he descubierto lo invisible e inaudible, sino lo paralelo. Así, en una ocasión y sin apelar al romanticismo, intenté soplar en su cascarón de caracola, hueco, descubriendo que, por ese aire que yo le daba en mi soplo, ella me devolvía un canto agudo, pero triste.  Tristeza que hay que sentir, para disfrutar de un secreto infinitamente grande, que ni un ejército dispuesto contra ti, te pueda vencer.

En realidad, no todos negociamos en la infancia con tenderos.  Sobre todo, ahora que las tiendas de barrio (proveedoras de abastos) están desapareciendo, por la inseguridad con vacunas (extorciones) a diestra y siniestra, o por la moda de monopolizar el mercado; salta a la vista en la localidad la cadena “Rocafrut”, que da servicio mejorado, en comparación a cualquier tienda; y también, la desaparición de la costumbre del “mandado”.  La cuestión es que ese laboratorio de negociación con tenderos se está extinguiendo.

En mi caso, por mis destrezas sociales, negociadoras y de mercadeo, uso más los sentidos, así, veo relaciones invisibles, entre el beneficio al comprar a tenderos, para apoyar a productores pequeños. Mientras, que decido a quién favorecer, pues, comprar en el súper mercado, apoya grandemente a poderosos intermediarios y menormente, a los pequeños productores.

Si ver es el propósito, veamos la modernidad que anula relaciones sociales entre tenderos y clientes; la cultura de vecindario se da por interacciones sociales entre vecinos en la tienda, donde hay confianza y complicidad, capacidad cohesionadora. El tendero acepta efectivo y la “palabra” (“fiado”).  Pero, si vamos al súper mercado, pagamos: con débito, transferencia bancaria, o tarjeta de crédito, por supuesto, el efectivo cuenta; el pago “Ahorita” (aplicativo lojano) facilita transacciones, así, tantos lojanitos pagamos rapidito.

Concluyo, hay que escuchar caracolas en todo momento. La tecnología es buena, pero hay que saber ¿por qué?, ¿para qué? Aplicaciones de moda son estrategias del mercado, que nos hacen gastar fácilmente el dinero, por esto, los grandes se llevan con los grandes y los chicos con los chicos. Y en cuestión de negocios hay que usar siete o más sentidos, como escuchando caracolas, siendo niños sin perder lo aprendido.