Por: Lcdo. Augusto Costa Zabaleta
La palabra paz, ha adquirido un nuevo significado; conceptualmente no existe ninguna garantía de que la nueva paz perdure indefinidamente, aunque los gobiernos poderosos se han moderado, los terroristas demuestran no ser escrupulosos en usar las nuevas armas y cuando estos grupos terroristas son una demostración de debilidad, estrategias que carecen de acceso al poder, incapaces de derrotar a un ejército y gobernar, acuden al terrorismo más despiadado; mientras que en 2010 la obesidad y las enfermedades, asociadas a ella mataron a unos 3 millones de personas, los terroristas mataron unos 7.697 en todo el planeta, y paradójicamente, para el norteamericano, o el europeo medio, la Coca Cola es una amenaza más letal que Al-Qaeda.
El hambre, la guerra y la peste posiblemente continuarán cobrándose millones de víctimas en las próximas décadas, pero ya no son tragedias inevitables que están fuera de la compresión y el control de una humanidad indefensa; mediante la ciencia y la tecnología, como un mensaje de esperanza y responsabilidad; pero nunca olvidemos que este poder adquirido de protección, de riqueza, de medicinas y comida nos aboca y desestabiliza el equilibrio ecológico del planeta, la contaminación, el calentamiento global y el cambio climático, constituyen otro azote, otra catástrofe; el éxito genera, ambición; después de haber conseguido logros puntuales, los próximos objetivos de la humanidad, serán la inmortalidad, la felicidad plena y la divinidad después de haber salvado en gran parte la miseria abyecta, ahora nos dedicamos a la felicidad y ascender a los humanos a dioses y a transformar Homo Sapiens, en Homo Deus.
En pleno siglo XXI, si los humanos harán una prueba seria por la inmortalidad, la lucha por la vejez y la muerte como un valor supremo de la cultura contemporánea; recordemos que lo más valioso y sagrado del universo es la vida humana y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptado por las Naciones Unidas después de la segunda Guerra Mundial es la constitución global; el cristianismo, el islamismo y el hinduismo, profesaban la idea de que el sentido de nuestra existencia después de nuestro destino en la otra vida, considerando la muerte una parte vital y positiva del mundo.
La ciencia y las culturas modernas difieren diametralmente de esa opinión sobre la vida y la muerte, no califica la muerte como misterio metafísico, más bien para las personas modernas la muerte es un problema, técnico al que podemos y debemos resolver porque cada problema técnico tiene una solución técnica; tradicionalmente la muerte era la especialidad de sacerdotes y teólogos, ahora los médicos están tomando el relevo; el derecho a la vida no está limitado por ninguna fecha de caducidad, por consiguiente la mayoría de los científicos y pensadores en la actualidad hablan de que la mayor empresa y preocupación de la ciencia moderna es derrotar a la muerte y garantizar a los humanos la eterna juventud; el vertiginoso desarrollo de ámbitos como la ingeniería genética, la medicina regenerativa y la nanotecnología fomentan profecías cada vez más optimistas.
