El entramado comunitario entre el texto y el lector

Galo Guerrero-Jiménez

Nuestras actividades íntimas de pensar y actuar siempre son el producto de las actividades sociales, de ese contacto fluido con el medio, con la naturaleza en su amplia dimensión de sentirla y valorarla; por supuesto, se piensa y se actúa, incluso, desde la soledad y el aislamiento más sentido, como producto de ese contacto con algo que nos acompañe: los recuerdos, las amistades, los objetos y el actuar constante de nuestra festividad mental que siempre está alerta de nuestro actuar humano que, de una o de otra manera, se mantiene vivo, a veces hasta en el dolor o las preocupaciones más nefastas que pueden ser el motivo de nuestra soledad o de nuestro acercamiento a algo o a alguien que nos pueda brindar su energía, su vitalidad y su fluir armónico, con la grata esperanza de que nuestro actuar en el mundo tenga un sentido existencial y una primacía axiológica para fortalecer nuestra psique cognitiva y lingüísticamente.

Por lo tanto, la compañía de la sociedad, bien desde algún objeto material o desde la presencia humana en su trascendencia, será la fortaleza de nuestro actuar en el mundo; y si, en ese ámbito de acompañamiento, se actúa comunitariamente para aprender a trascender con nuestras actitudes y acciones más meritorias desde un actuar dúlico y de comunión ataráxico, es factible vivir el gozo de la convivencia comunitaria, como, por ejemplo, la de vivir en comunidad con un modelo permanente de palabras altamente significativas y debidamente argumentadas en un texto escrito que nos dé luz en el orden que el lector pueda sentir su presencia.

Desde este ángulo cognitivo, intelectual y emocional, el sentimiento de comunidad con el texto escrito que sea de nuestro agrado y de nuestro escogimiento personal, libre y voluntariamente aceptado, produce un gozo mental, estético y antropológico-ético-situacional a través de nuestra corporalidad que desde el cerebro, comandado por los ojos, la observación, el oído, la atención y la fecundidad que la palabra leída pueda despertar en el intelecto, en el emocionar y en el gozo espiritual, nos encaminará al deleite de un saber actuar desde ese conocimiento que, al dejar de ser una mera información en el texto, se convierte en un actuar silencioso, pero comunitario, porque es el lector y el texto los que, desde múltiples vertientes axiológicas, nos permiten, parafraseando al escritor Emilio Lledó:

Ver y leer el texto, en el fondo, es una forma de saber. Lo visto entra a formar parte del espacio interior en el que la visión interpreta y utiliza los objetos vistos o sentidos y los sucesos entendidos en el texto. Es la visión que se posa en las palabras como gozo y apertura ante el mundo, ante la luz que acompaña a la existencia humana, porque es el ser de lo humano que descubre la realidad como posibilidad, o sea, como empresa en la que él mismo es intérprete y creador (2022) de un nuevo lenguaje, gracias a este entramado comunitario textual.

En tal virtud, este entramado comunitario entre el texto y el lector, constituye una buena nueva, un especie de esperanza mesiánica, como dice Byung-Chul Han, cuando cita a la filósofa   Hannah Arendt, a propósito del nacimiento de Jesucristo: “Que se pueda tener esperanza en el mundo y confiar en el mundo es algo que quizá no se haya manifestado en ningún lado de manera más concisa y bella que en las palabras con las que los oratorios de Navidad anuncian ‘La buena nueva’: ‘Un niño nos ha nacido’” (2024): una nueva esperanza comunitaria.

Pues, una buena noticia de un nacimiento especial, en este caso, del texto con el lector, en ese entramado comunitario que produce una belleza de lenguaje, es decir, una estética de palabras, ante todo, marcadas por la profundidad de quien en el texto las emite, y de un pensamiento renovador, es decir, de un florecer de palabras con un lenguaje alentador que lo siente el lector.