El baúl de los recuerdos: La Plaza Central y el “Pichilón” a través del tiempo

Efraín Borrero Espinosa

Javier Reinaldo Vaca Piedra, nacido el 6 de julio de 1894 y fallecido el 17 de noviembre de 1977, ha sido el fotógrafo más representativo de Loja a lo largo del tiempo. Además de servir a las familias que acudían a su domicilio en procura de retratos que se han conservado por generaciones, dejó un legado de más de cuarenta mil negativos y fotografías impresas que constituyen el denominado FondoVaca, bajo custodia del Ministerio de Cultura y Patrimonio.  

Esas fotografías constituyen nuestro patrimonio gráfico porque nos permiten una visualización histórica de Loja, por eso tienen un valor inconmensurable. Dice un conocido adagio que “una imagen vale más que mil palabras” porque es más efectiva que la mera descripción verbal o escrita. Las fotografías nos permiten contextualizar la historia y, lo más importante, le dan vida. Evidentemente sirven como valiosa fuente primaria para la investigación histórica.

Tuve la dicha de conocer a Reinaldo Vaca Piedra y lo recuerdo como un hombre sencillo, sereno y afable que tuvo como norma de vida la honradez. Formó una familia respetada y apreciada por la colectividad lojana de cuya amistad me he sentido honrado.  

Sin embargo, a ese hombre sencillo que con profundo amor por su tierra dejó un   voluminoso registro fotográfico que muestra nuestra vida cotidiana, arquitectura, festivales, ceremonias, costumbres, personajes y momentos históricos, lo hemos olvidado privándole el sitial de reconocimiento que merece.

Reinaldo Vaca, que desde muy joven fue aficionado al maravilloso mundo del arte fotográfico y que pronto se dedicó a ese oficio convirtiéndolo en un modo de vida, tuvo la acuciosidad de señalar fechas en muchas fotografías, y en algunos casos breves reseñas referenciales.

Sobre la Plaza Central de Loja, a la que simplemente hemos llamado parque central, captó varias fotografías desde diversos ángulos y en distintos momentos, lo que hace posible describir su evolución y transformación a través del tiempo. En este caso, la interpretación juega un papel crucial ya que no se trata simplemente de recopilar las fotografías, sino de analizarlas y comprenderlas en un contexto específico para darles sentido y significado.  

Con base en esas evidencias puedo establecer que cuando se llevó a cabo el acto de inauguración de la estatua de Bernardo Valdivieso, el 24 de mayo de 1909, levantada en el sitio que hoy conocemos, cuya identidad ha sido cuestionada, la Plaza Central era un campo abierto rodeado de la Iglesia Catedral que no tenía la torre del campanario, así como de casas circundantes.

Bien vale destacar que la erección del monumento a Bernardo Valdivieso fue un fastuoso homenaje de gratitud al insigne filántropo de la educación lojana, aunque ciertamente ocurrió después de un siglo de su fallecimiento.  El acto organizado por la Municipalidad fue un acontecimiento ciudadano que congregó a una multitud de personas y contó con la intervención de insignes oradores, entre los que puedo mencionar a Agustín Espinosa

Álvarez, Víctor Antonio Castillo, Benjamín Jaramillo, Máximo Agustín Rodríguez, Amadeo J. Vivar, Manuel Rengel, Manuel Burneo, y Benjamín Ruiz E. Esas magistrales piezas literarias fueron recogidas en una edición especial por el periódico “El Municipio Lojano”, copia del cual conservo en mi archivo.

Confirmando lo dicho sobre el campo abierto, una fotografía captada en 1925, es decir dieciséis años después, muestra una gran cantidad de uniformados en esa planicie. La reseña escrita por Reinaldo Vaca dice:  «Los 3 batallones cantan el Himno Patrio, previo a la Jura de la Bandera».

La novedad en esa fotografía es que se observa un cerramiento ornamental con anchas pilastras y verjas de hierro, que según Genaro Eguiguren Valdivieso fue construido en 1922 con motivo del centenario de la Batalla de Pichincha.

En 1929, cuando la ciudad de Loja contaba con aproximadamente doce mil habitantes, Clodoveo Jaramillo Alvarado aseguró que en la Plaza Mayor comienza a delinearse el que será más tarde el primer parque florestal de la ciudad. Utiliza la palabra florestal para expresar un terreno frondoso y agradable, poblado de árboles.

De lo expresado se deduce que desde que se erigió el monumento a Bernardo Valdivieso, la Plaza Central requirió muchos años para ponerse en orden; pero, además, hay que tomar en cuenta que los trabajos de adecentamiento a los que se refería Clodoveo Jaramillo demoraron una década más.

Algunas fotografías demuestran que, como consecuencia de ese adecentamiento, la Plaza Central luce muy vistosa y está completamente arborizada; las verjas habían sido cambiadas por otras más artísticas, aunque las pilastras eran las mismas. Existían cuatro puertas de ingreso, una en cada calle circundante seguramente para cerrar el parque por la noche. En cuanto a la Iglesia Catedral, que es la edificación principal del sitio, ya contaba con su torre y reloj.

Sin embargo, lo más interesante que se destaca es un atractivo en cada esquina, consistente en fuentes de agua sobre las cuales se colocó las siguientes estatuas de bronce traídas desde Europa: en la esquina de las calles Bolívar y 10 de Agosto, un querubín; en la esquina de las calles Bolívar y José Antonio Eguiguren, una niña con un ganso; en la esquina de las calles José Antonio Eguiguren y Bernardo Valdivieso, un niño con pez grande; y, en la esquina de las calles 10 de Agosto y Bernardo Valdivieso, un cupido.

El más admirado era el querubín representado por un niño desnudo con pequeñas alas orinando, ya que muchas personas lo concebían en el contexto religioso donde los querubines son considerados como los guardianes de la gloria de Dios. Los lojanos lo llamábamos simplemente “Pichilón”, cuya palabra deriva del lojanismo pichir que significa orinar. En la conocida canción lojana “Añoranzas” escuchamos decir que una mujer se fue a pichir para ir a misa.

Pasó el tiempo y la Plaza Central fue objeto de una nueva reconstrucción que cambió completamente su fisonomía. Una fotografía evidencia que se quitó todo el cerramiento con sus pilastras y verjas; se construyó bancas de cemento que miraban hacia las calles circundantes y otras de madera en el espacio interior al que se lo había rediseñado; pero lo más sorprendente es que ya no se ven tres de las cuatro esculturas esquineras, quedando únicamente el “Pichilón”.

Con relación a la Iglesia Catedral, su fachada había sido mejorada incluyendo dos grandes ángeles ubicados a los costados de la torre. Así mismo, la casa que fuera de Alonso de Mercadillo junto a la iglesia, había sido refaccionada para convertirla en el Palacio Episcopal.

Bien vale comentar que los habitantes de la ciudad estamos a merced de las decisiones municipales, que en algunos casos son meros caprichos. En este sentido, el parque central ha sido víctima de la manía y parecer de ciertos alcaldes quienes se han obstinado por realizar obras innecesarias imponiendo su criterio a rajatabla, incluso trastocado la identidad urbana a la que tenemos derecho. Creo sinceramente que la Plaza Central es uno de los sitios de la ciudad más manoseado por esas decisiones municipales.  

El ejemplo de cómo tiene que preservarse un emblemático espacio público es el Parque Montalvo de la ciudad de Ambato, inaugurado en 1911 en el gobierno de Eloy Alfaro, que constituye un lugar de riqueza histórica y cultural.

En resumidas cuentas, el “Pichilón” se quedó solo como guardián del parque central. Los lojanos lo protegíamos por ser un ícono de la ciudad y constituir un atractivo turístico, tal como es el Manneken Pis en Bruselas, una pequeña estatua de bronce que representa a un niño desnudo orinando, y es una de las atracciones más populares de la ciudad y un símbolo muy querido por los bruselenses y turistas. La oferta de los tours por la ciudad imprescindiblemente incluye ese destino turístico.

En mi juventud acompañábamos al «Pichilón» ya que con la jorga de queridos amigos nos apostábamos en la banca del parque central ubicada en la intersección de las calles Bolívar y 10 de Agosto.

Esa esquina fue el estacionamiento de la cooperativa de taxis fundada en 1960 por Hugo Constante Martínez Moreno, un hombre maravilloso y fiel amigo. La integraban, además, Máximo Apolo, “Cayo” Fierro; “Playo” Sánchez, la “Ballena” Rodrigo Carrión, Jorge Morocho, “Mantequilla” Alvarado, Pedro Pineda y alguien más.

Con el tiempo nos hicimos panas de los taxistas y nos alquilaban los vehículos para manejarlos en una y otra vuelta por la ciudad, a un costo de veinte sucres la hora. Por aquella época los automóviles que hacían las veces de taxis conservaban su color original porque todavía no regía la norma que regulaba el amarillo unificado. 

Los policías de tránsito no hacían problema, eran amigables. Lucían casco blanco tipo alemán con el escudo nacional y franja con los colores institucionales. El uniforme era caqui, cinturón blanco y botas negras con cordones blancos. Se los veía elegantes subidos en unas casetas de metal ubicadas en las esquinas del parque, desde donde controlaban el tránsito con pito en boca. 

En cuanto al “Pichilón”, cierto día, oh sorpresa, desapareció como por arte de magia; la agraciada y tierna figura no estaba en el sitio. Algunas personas lo buscaron palmo a palmo por el parque; otras que caminaban por el sector preguntaban qué ocurrió, pero nadie sabía nada. Algunos supersticiosos presumían que seguramente voló al infinito sin dejar rastro. Averigüé a un amigo si conocía algo sobre el asunto y me respondió: sabrá Dios.

Cuando hace algunos años mi hermano Camilo adquirió una casa rústica en Taxiche, con la perspectiva de remodelarla para uso vacacional, lo primero que se le ocurrió fue construir para sus nietos una pequeña piscina con un “Pichilón” que la abastece de agua. No cabe duda que en esa escultura de piedra y sin alas, para que no se le ocurra volar, está el recuerdo imperecedero de la cálida figura del “Pichilón” de la Plaza Central de Loja, parte de nuestra querencia lojana.