LA SABIDURÍA DE DIOS

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La Sagrada Escritura puede definirse como el mensaje de amor de Dios a los hombres. La palabra que transmite contiene la sabiduría que ilumina el camino, las acciones y el pensamiento de toda persona que busca su plenitud. La literatura sapiencial del Antiguo Testamento orienta la convivencia diaria de quienes afrontan diversas realidades. El libro de los Proverbios, un testimonio concreto de exhortación paternal hacia la comunidad, personifica la sabiduría: “Esto dice la sabiduría de Dios. El Señor me poseía desde el principio, antes que sus obras más antiguas”. Dios, preexistente y providente, ha creado todo lo que existe.

Ella habla con una personalidad definida: “Antes de que las montañas y las colinas quedarán asentadas, nací yo”. En la espiritualidad que comparte Proverbios encontramos prefigurada la existencia de una familia Trinitaria. Dios habla a sus hijos desde la profundidad amorosa de un Padre que se complace con lo que hace: “Yo era su encanto cotidiano; todo el tiempo me recreaba en su presencia, jugando con el orbe de la tierra y mis delicias eran estar con los hijos de los hombres”. Otro libro, el de los Salmos, exalta la grandeza del Señor. El Salmo 8, a modo de referencia, proclama abiertamente: “¡Qué admirable, Señor, ¡es tu poder!”.

La sabiduría del hombre, a la que podemos llamar empírica, compara la inmensidad del cielo, obra de las manos de Dios, la luna y las estrellas, con la finitud del hombre. Se pregunta: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, ese pobre ser humano, para que de él te preocupes?”. Sin embargo, el amor de Dios es tan infinito que lo hizo inferior a los ángeles y lo ha coronado de gloria y dignidad”. El hombre, de esta manera, gobierna la tierra: “Todo lo sometiste bajo sus pies”. Nuestro espíritu y nuestra mente se llenan de júbilo ante la sabiduría divina.

En el mundo del Nuevo Testamento, san Pablo actualiza la enseñanza de Proverbios y de los Salmos a la luz de la presencia entre nosotros del Hijo de Dios. Todo tiene sentido con Él y en Él: “Por Él, podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios”. Nos gloriamos en todo por el amor que Dios nos tiene. Nos ha bendecido por medio del Espíritu Santo que nos ha dado. La Trinidad, comunidad de fe y de amor, infunde su amor en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado. San Juan profundiza en su gran verdad Trinitaria, una clara profesión de fe.

El Verbo hecho carne, promete la asistencia del Paráclito: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hacia la verdad plena…”. En la Santísima Trinidad prevalece el sentido de unidad, la fuerza del amor y la voluntad de santificar el mundo. Dice san Agustín que: “El Padre con el Espíritu Santo, al no superar al Hijo en verdad, no son más verdaderos, ni le vencen en grandeza: y el Hijo y el Espíritu Santo juntos son iguales al Padre en grandeza, porque son iguales en verdad; y toda la Trinidad es igual en grandeza a cada una de las personas”.