En memoria mía 

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La Iglesia celebra la fiesta solemne de Corpus Christi, Cuerpo y Sangre de Cristo, con la alegría y la piedad que nacen del corazón fervoroso de un pueblo que encuentra en la Eucaristía la razón de su profunda fe. La Eucaristía, sacramento de vida, actualiza en cada momento el milagro, signo de amor y presencia viva de quien entregó todo por nuestra santificación. Jesucristo, Pan de Vida, da sentido a la resurrección que dinamiza una misión universal: el anuncio de la Buena Noticia en cada rincón de la tierra.

El Papa León fortaleció su vocación en los lugares donde las condiciones de supervivencia humana ofrecían poco entusiasmo a los ojos de quienes buscaban evangelizar en sitios de confort. La humildad de tan excelso sacramento, une, en un solo corazón, a la humanidad reunida en un solo cuerpo. No hay lugar en el mundo en el que el cristiano deje de expresar, de muchas maneras, en diversos lenguajes y con el esplendor del colorido festivo, su acción de gracias.

Canta al amor de los amores el milagro de una plenitud tan infinita que sobrepasa cualquier razonamiento científico. Vivimos inmersos en una presencia muy real y fervorosa. El libro del Génesis, en la figura de Melquisedec, rey de Salem, resalta la riqueza de una celebración con especies sencillas, pan y vino. En ella, bendice a Abraham, padre de la fe, y a Dios, creador de cielos y tierra, por su protección en momentos difíciles. El Patriarca retribuye a tan solemne expresión de piedad con la entrega de lo mejor de sus bienes.

El pan, signo de fortaleza y vitalidad, el vino, signo de alegría y comunión, dignifican el momento en que el espíritu llena de júbilo a los actores de una historia de salvación que recorren caminos de esperanza. El autor del Salmo 109 canta la grandeza de aquel que celebra los misterios sagrados: “Es tuyo el señorío; el día en que naciste en los montes sagrados, te consagró el Señor antes del alba…Tú eres sacerdote para siempre, como Melquisedec”.

Una expresión maravillosa que reafirma la celebración de los misterios divinos. En la misma directriz, san Pablo esboza su perfil eucarístico, en sintonía con el amor de su vida que es Jesucristo: “Yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido…”. Una pausa en su testamento nos lleva a saborear la riqueza del sacramento que lo transformó. El Señor Jesús, en una noche santa tomó el pan en sus manos, y el cáliz, como signo de una alianza nueva y eterna. Nos la entrega para perpetuar su memoria. Nos invita a actualizar su nombre y su existencia real en todo tiempo y lugar.

En la celebración del sacramento de la Eucaristía Jesús parte, comparte y reparte el alimento que supera, con creces, el ansia de comer cualquier alimento que nos deja insatisfechos. En el relato de la multiplicación de los panes y los pescados, Jesús levanta su mirada al cielo, ora, da gracias e invita a sus discípulos a llevar el alimento a la gente que espera con humildad y sencillez la ocasión para disfrutar del manjar celestial: “Comieron todos y se saciaron”.  Disfrutemos del Pan de Vida.