“El fin ha llegado”

José Antonio Mora

Vivimos en un tiempo donde las mentes caminan por avenidas saturadas de acontecimientos etiquetados como catastróficos. Nuestra atención ha sido colonizada por noticias que alimentan el miedo: desde el paso del cometa Halley en 1910 —cuando se temía que su cola envenenara la atmósfera— hasta los anuncios más recientes sobre colapsos globales inminentes. En el año 1987, y luego en 1994, diversas corrientes religiosas predijeron el juicio final. En el 2000, el pánico tecnológico del efecto Y2K hizo creer que el mundo entraría en caos absoluto. Más tarde, en 2012, la interpretación errónea del calendario maya nos hizo esperar con ansiedad un final abrupto de la civilización. Incluso hubo quienes anunciaron, en 2017, la colisión de la Tierra con un supuesto planeta oculto llamado Nibiru, que se ha convertido en una constante dentro del folclore apocalíptico moderno.

Y por si fuera poco, en 2020, la pandemia reactivó todas esas narrativas de colapso global, llevando a muchos a afirmar que “el fin ya había comenzado”. Hoy, aún se especula con la inminencia de una tercera guerra mundial. Esta sobredosis de fatalismo no solo agota, sino que representa una amenaza real para nuestra energía, nuestra capacidad de concentración y nuestra disposición frente a lo cotidiano.

Claro que existen hechos globales que inciden en nuestras vidas; no se trata de ignorarlos, pero sí de equilibrar la mirada. Quizá ha llegado el momento de mirar hacia adentro, de preguntarnos qué tipo de vida estamos construyendo, y con qué valores la sostenemos.

La existencia no es infinita. La esperanza de vida promedio en nuestra generación fluctúa entre los 75 a 78 años. Es decir, desde el momento en que nacemos, empieza una cuenta regresiva. ¿Qué sentido tiene entonces vivir con odio, sembrando temor, envidia, resentimiento? Porque eso mismo es lo que cosecharemos.

No se trata de aspirar a una vida sin dificultades. Habrá momentos de dolor, pérdidas, frustraciones inevitables. Pero incluso en medio de todo eso, es posible vivir con lucidez, con propósito, con una ética del cuidado. Procrastinar, consumir sin conciencia, adoptar modelos de vida que no nos pertenecen —todo eso construye un espejismo que tarde o temprano se derrumba.

Y mientras tanto, hay quienes siguen vivos pero ya han muerto por dentro. Por eso, hay que empezar por uno mismo. No para encerrarse, sino para reconstruir desde dentro lo que el ruido del mundo ha desarmado.

El paraíso no es un lugar ni una promesa futura. Es una manera de estar, una actitud frente al tiempo que nos ha sido concedido. ¿Estás viviendo un infierno, o estás siendo capaz de habitar momentos de plenitud? ¿Te estás dejando moldear por el miedo, o estás eligiendo conscientemente qué sembrar?

Nuestra permanencia en este mundo es breve, y eso no debería ser motivo de angustia, sino un recordatorio para vivir con mayor conciencia. Aprender, transformarse, llorar cuando sea necesario, pero no perder nunca la capacidad de reconstruirse. Esa, quizás, es la forma más radical de resistencia.