El baúl de los recuerdos: Isauro Borrero y su entrañable heredad: Yaraco

Efraín Borrero Espinosa

A partir del último cuarto del siglo XIX se produjo un significativo desplazamiento de lojanos hacia el campo dando lugar a la formación de grandes haciendas. Los sectores próximos a la frontera con el Perú eran los más atractivos por la posibilidad de generar centros de explotación ganadera para su comercialización, habida cuenta del despoblamiento ganadero que se había producido en el bajo y alto Piura en razón de la falta de riego y la enorme producción de algodón.

Desde esas propiedades se arreaba la recua de mulas de carga y la partida de ganado hacia el Perú utilizando los senderos que conducían a La Tina y Ayabaca. En el trayecto había sitios para el descanso obligado tanto para arrieros como para el ganado, cuyo negocio en suelo peruano era mucho más rentable que en nuestro territorio.  

Uno de esos hombres visionarios, apegado a la madre naturaleza desde su niñez, fue Isauro Borrero Riofrío nacido el 10 de abril de 1891. Sabía a cabalidad el manejo de las actividades ganaderas y agrícolas porque estuvo junto a sus padres Adolfo Raymundo Borrero Palacio y Deifilia Avelina Riofrío Samaniego en la hacienda Llaulle de su propiedad, situada en el cantón Calvas.

A su corta edad se convirtió en el soporte fundamental para el desarrollo productivo de la hacienda porque llevaba en sí mismo la vocación y aptitud para administrar grandes extensiones de tierra; es decir, poseía cualidades innatas para ser un hacendado y en eso se convirtió con el tiempo. Pero no fue un hacendado de silla dorada desde la cual era mero espectador; por el contrario, fue parte integrante del trabajo y esfuerzo conjunto para obtener importantes logros. Bien cabe decir que fue un hombre de «hacha y machete», con lo que trato de simbolizar la fuerza, habilidad y determinación de lo que era capaz para alcanzar objetivos, incluso ante desafíos difíciles.

Acumuló conocimientos técnicos y de oficios básicos que eran indispensables para el sustento de las actividades que se desarrollaban en la hacienda. De esta manera, por ejemplo, dirigía la construcción de caminos y canales de riego y curaba el ganado.

Con su carisma, jovialidad y generosidad propició un ambiente fraterno entre quienes laboraban en la propiedad y con las personas que habitaban en el vecindario, por eso fue muy respetado y apreciado. Repudiaba cualquier forma de explotación laboral y más aún las muestras de crueldad hacia sus arrimados por parte de algún hacendado, especialmente por la utilización del llamado cepo como método de castigo corporal, consistente en un dispositivo que inmovilizaba los pies y, a veces, hasta las manos de la persona castigada.  

Convivía estrechamente con la naturaleza y tenía sabiduría para interpretar sus fenómenos. Sabía el lenguaje de las estrellas y descifraba los mensajes del firmamento que eran relevantes para establecer las condiciones del tiempo y el clima. Cuando asomaba el arcoíris lo miraba deslumbrado porque su belleza era símbolo de esperanza y un recordatorio de que los momentos difíciles son pasajeros.

En la comercialización del ganado fue un experto y esa actividad lo vinculó con otros hacendados y comerciantes del sector y de la zona fronteriza, incluyendo el norte peruano. En las transacciones prevalecía el honor de la palabra cuyo cumplimiento se convirtió en una virtud moral importante y un componente esencial de la confianza y las relaciones interpersonales.

En esas relaciones estrechó amistad con el zarumeño Alberto Hidalgo Jarrín, contemporáneos en edad, un joven que había logrado la confianza del gerente de la compañía minera SADCO para la provisión de carne para el campamento en Portovelo. Otro apreciado amigo fue Ambrosio Alejandro Cevallos Salazar, propietario de la hacienda “El Toldo”, en el sector de Gonzanamá.

Isauro Borrero sintió la necesidad de independizarse y abrir horizontes de grandeza, teniendo como base los conocimientos y experiencias logrados en Llaulle. Pensó en la posibilidad de adquirir una hacienda para hacer de ella un gran centro de producción ganadera.

A inicios del año 1925 llegó a su conocimiento que Alejandro Clodoveo Vélez, vecino de Macará, había puesto en venta la hacienda Yaraco ubicada en la convergencia de los cantones Paltas y Celica. La noticia llenaba sus expectativas porque estaba cerca de Macará que era el punto de comercialización del ganado hacia el Perú.  

Con el coraje y temple que daban vigor a su fuerza de voluntad y a su capacidad para enfrentar desafíos decidió trasladarse hasta Celica para obtener información y conocer la propiedad. A lomo de mula tomó el sendero que pasando por Catacocha descendía al Valle de Casanga hasta el punto llamado El Limón, para desde allí trepar veintiún kilómetros hasta el Cerro Guachahurco, a 3.100 metros sobre el nivel del mar, donde está Guachanamá, una de las primeras parroquias de la provincia de Loja perteneciente al cantón Paltas. Hasta 1955, cuando se construyó la nueva vía a Celica, Guachanamá era paso obligado para llegar a esa localidad.

La fortuna estuvo con Isauro Borrero porque en Guachanamá conoció a Julio Aguilar, un hombre gentil y generoso que lo acogió en su casa para pernoctar. La suerte fue mayor porque el anfitrión conocía la hacienda Yaraco de cabo a rabo y generosamente se ofreció acompañarlo en su propósito.

En la larga tertulia de la noche Aguilar le comentó que el dueño de Yaraco casi no viene por temor a los bandoleros, especialmente Nahún Briones y Arnoldo Cueva, recalcando lo dicho con mucho énfasis como poniéndolo en alerta. Lejos de amilanarse, Isauro Borrero le respondió con firmeza y aplomo que no tenía temor alguno porque su personalidad le permite controlar las emociones; pero si el caso fuese extremo, en última instancia tendría que enfrentar a quien sea para salvaguardar sus bienes y su integridad.   

Al amanecer emprendieron el viaje para observar la hacienda desde ciertos puntos estratégicos, que para Isauro era suficiente. El primer punto fue cerca del cerro Huayrapungo, límite cantonal entre Paltas y Celica, donde el veinticuatro de mayo de 1981 ocurrió el trágico accidente aéreo que provocó la muerte del presidente Jaime Roldós Aguilera, su esposa y otros miembros de la comitiva.

Finalizado el día y con el cansancio de la agotadora jornada, Isauro le dijo a Julio que tenía clara idea de la hacienda y que estaba decidido a comprarla. Entonces se trasladaron a Celica llegando a la media noche.  

El propósito fue entrevistarse con Honorio Bustamante, un notable hombre que años más tarde ejerció las funciones de Presidente del Concejo Municipal y conocía muy bien las haciendas cercanas a la capital cantonal. Saludaron con un apretón de manos que marcó una apreciable amistad para siempre.

Isauro explicó a Honorio sus intenciones en caso de adquirir la hacienda Yaraco. Deseo su ayuda para procurar que tres hombres con sus familias me acompañen para formar una hermandad de trabajo en la que el respeto mutuo sea la norma de convivencia, le dijo.

Conozco a Aparicio Ortíz, Arcesio Mendoza y José Maygua, personas leales, correctas y trabajadoras a las que seguramente interesará su propuesta, respondió Honorio, quien se comprometió a propiciar una reunión conjunta horas más tarde para conversar sobre el asunto. El acuerdo se selló fácilmente porque la empatía y confianza mutua fueron factores dominantes desde el principio.

Al día siguiente Isauro se dirigió a Macará por el sendero más corto a fin de entrevistarse con Alejandro Clodoveo Vélez, no sin antes agradecer con un cálido abrazo el apoyo brindado por Julio Aguilar y Honorio Bustamante.  

Con Alejandro Vélez definieron los términos de la negociación y pactaron el precio de la compra venta en cuarenta mil sucres, dinero que Isauro Borrero lo obtuvo con su trabajo en la hacienda Llaulle. Acordaron verse en la oficina de Ignacio Masache Barrero, Escribano Público del Cantón Calvas, el día dieciocho de junio de ese año 1925. A la hora prevista los dos estuvieron puntualmente para celebrar la escritura pública.

Ha transcurrido un siglo desde que Isauro Borrero Riofrío comenzó a escribir la maravillosa historia de la que sería su entrañable heredad: Yaraco, en la que el trabajo fecundo fue esencia de la cotidianidad; el respeto a la dignidad humana la norma de vida, y la prosperidad colectiva el objetivo general.

En una de sus obras sobre Derecho Notarial, mi hermano Camilo Borrero escribió apasionadamente: “A lo largo de este trabajo he empleado nombres ficticios de personas y lugares, pero en algunos casos deliberadamente he utilizado el nombre Yaraco para referirme a un lugar enclaustrado en los cantones Paltas y Celica de la provincia de Loja (…) Perteneció a un hombre que supo cuidarla con esmero, con pasión, con inmenso cariño. En sus verdes y extensos campos se criaron los mejores sementales, y en su pródiga tierra bondadosa germinó dorada mies. A Yaraco, aquel hombre le entregó todo su esfuerzo, lo mejor de su vida. He querido nombrar Yaraco para evocar la memoria de ese hombre, Don Isauro Borrero Riofrío, un señor, mi padre, a quien está dedicado este esfuerzo”.

Isauro Borrero fue un hombre virtuoso, con inefable calidad humana; incansable trabajador; amante de su familia; dueño de una acrisolada honorabilidad y de un espíritu solidario que no tenía límites. Cuenta mi amigo Galo Ramón Valarezo que en un día fatal de 1934 un poderoso aluvión abatió la ciudad de Celica, causando varios fallecidos y algunas casas completamente destruidas. Como consecuencia de ese desastre se conformó un Comité Pro-damnificados de Celica del cual Isauro Borrero fue parte junto con Francisco García, Lautaro Loaiza y Ángel Benigno Reyes.  

Cuando se construyó con pico y pala el camino carrozable Celica- El Empalme, aportó con una cuadrilla de trabajadores contratados por él.

En su afán de servicio fue uno de los fundadores del Centro Agrícola Cantonal de Loja, y en la Cámara de Comercio se destacó por su participación activa. Su hija, Inés Borrero Espinosa, fue la primera reina de esa organización clasista. Ese mismo ímpetu fue la norma de acción cuando ejerció las funciones de concejal del I. Municipio de Loja.

Yaraco, que a lo largo del tiempo dio cabida a otras personas laboriosas quienes propiciaron la multiplicación de familias, se constituyó en una ejemplar institución agraria y ganadera, cuyo recuerdo indeleble perdura en los descendientes de quienes acompañaron inicialmente a Isauro Borrero, como es el caso del sacerdote Carlos Ortíz, perteneciente a la Diócesis de Loja, y Amada María Ortíz, que fuera asambleísta por la provincia de Santo Domingo de los Tsáchilas, quienes orgullosamente han manifestado haber nacido en ese hermoso terruño convertido hoy en un caserío que cuenta con camino carrozable, luz eléctrica y una escuela rural que preserva el nombre de su gran soñador.   

Cuando el diecinueve de noviembre de 1966 falleció Isauro Borrero Riofrío, quedó un inmenso vacío en Yaraco. Ya no estaba el hombre que forjó grandes sueños; el hacendado transformador y colmado de atributos; el amigo fraterno de todos y guía espiritual de muchos; el hombre que fue ejemplo de trabajo, valientía, coraje y temple; el ser humano generoso y lleno de bondad.  

Pero el vacío fue mayor en su maravillosa y espiritual esposa, Julia Espinosa Suárez, a la que quiso intensamente, y en sus queridos hijos quienes lo recordamos con cariño, admiración y gratitud, sobre todo por el legado de virtudes y valores que han sido guía de nuestro comportamiento con los demás y el soporte edificante para ser útiles a la sociedad.