El invierno no termina
—pienso yo— que recrudece
nuestros días oscurece
más letal que gasolina.
Ya decía mama Tina:
el prolífico aguacero
me procura más dinero
con la venta de cantacho
a viejitos y muchachos
que lo beben con esmero.
Pareciera que es castigo
de San Pedro, despistado,
por los miles de pecados
del suscrito y sus amigos.
Causa pena y desobligo
la tragedia diluvial
en la Sierra, el Litoral,
el Oriente y otros lares
donde flotan los hogares
sobre el fango fantasmal.
El invierno molestoso
ha causado en estos días
mil destrozos en las vías
con deslaves espantosos.
Los derrumbes peligrosos
han cobrado muchas vidas,
han dejado adoloridas
a familias impotentes
que reclaman vanamente
por su suerte mal parida.
San Isidro Labrador
no se inmuta, el gran pendejo,
ante cuadro tan complejo
que soporta al Ecuador.
Aboguemos con fervor
a través de una plegaria
ante santa Candelaria,
santa Rita, santa Juana
para ver si esta semana
cesa el agua victimaria.
Los problemas son variados
a raíz del aguacero,
mil caminos culebreros
y los ríos desbordados.
Además, enlagunados
muchos barrios campesinos,
los portales citadinos
y agostadas las cosechas
situación que nos despecha
y nos pone hasta mohínos.
