Cuando Jesús y sus discípulos cruzaban el mar de Galilea, se levantó una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca; y a pesar de lo fuerte de la tempestad, el Señor dormía. Desesperados sus discípulos y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! Al despertarse Jesús les respondió ¿Por qué temen, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; e inmediatamente sobrevino la calma (Mateo 8:23-27).
En nuestra vida frecuentemente enfrentamos la tormenta que se presenta en forma de problemas a nivel personal o familiar e incluso en forma de circunstancias que afectan a la comunidad en general. A menudo sentimos que la tempestad arrecia y no se vislumbra un final.
En medio de la tormenta la fe podría flaquear. Los discípulos de Jesús esperaban una reacción inmediata del Señor, pero miraban impotentes como dormía, olvidando por un momento que junto a ellos se encontraba el Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16). De manera similar, en la actualidad vemos como la tormenta arrecia y las olas crecen al punto que el temor se apodera de las personas y cuando la fe no llena el corazón, hay quienes llegan a pensar que han sido abandonados por Dios y no entienden por qué todo esto está pasando.
Pero a pesar de este panorama no debemos temer. Por fuerte que sea la tormenta podemos estar seguros de que el Señor tiene todo el poder sobre ella, Él nunca llega tarde sino, en el momento justo, siempre está en control y tiene un propósito bueno, perfecto y agradable. Quizá ese propósito sea que nos replanteemos nuestras prioridades, que seamos conscientes del verdadero valor de la familia, que cambiemos nuestra mala manera de vivir y, sobre todo, que establezcamos una relación fuerte y duradera con Él.
Tenemos dos opciones: Mantener nuestra mirada puesta en la tormenta o en aquel que tiene el poder de calmar esa tormenta. Nuestra fe no debe menguar ante la adversidad; todo lo contrario, debemos acercarnos al Señor y permanecer en Él después de que llegue la calma.
No debemos olvidar que Jesús está con nosotros en la misma barca, atravesando la misma tormenta y aunque parezca que duerme, llegado el tiempo tomará el control, bastará un solo gesto suyo y todo volverá a su curso, pero en su tiempo y según su propósito.
Entre tanto, seamos obedientes, oremos y creámosle.
