Palabra y estilo

Galo Guerrero-Jiménez

Los elementos que componen la palabra son múltiples y se concatenan con la vida según las circunstancias que contextualmente se las vive a diario, con lo cual, la lengua se construye a partir de lo que somos, de cómo, paulatinamente, nos vamos formando hasta constituir un universo cognitivo, estético, axiológico, lingüístico y ético muy personal, con un estilo, una narrativa y una tonalidad que nos identifica, bien si se trata de emplear la palabra al hablar, al leer, al escribir, al escuchar y cuando nos estamos comunicando con nuestros gestos corporales.

En este orden, somos lenguaje por todos los poros de la piel, y el éxito para realizarnos en todos los contextos humanos, depende de cómo lo administremos para que haya una adecuada manera de proyección humana. Y, por supuesto, depende de en qué campo de la vida estamos inmersos; si se trata de la educación, y en esta época de un marcado desarrollo tecnológico y virtual, “tengo serias dudas de que el progreso de nuestro todavía balbuceante sistema educativo tenga que ver con la cantidad de ordenadores que almacenen, por pupitre, nuestros alumnos de las escuelas. Los dedos infantiles y adolescentes tienen que tocar, pero no solo ni principalmente teclados, tienen que tocar las cosas, pasar páginas, mover fichas, garabatear renglones, pensar y soñar con las palabras, oír a los maestros, hablar y mirar, jugar y leer, crear y dudar” (Lledó, 2022).

Pensar y soñar, oír, hablar y leer, como dice Emilio Lledó, al tratarse de nuestra querida niñez que, fundamentalmente, aprende a educarse en la familia y en la escuela, y en medio del ruido que causa la tecnología y la virtualidad si esta no es bien administrada. Pues, educar desde la palabra “no significa modificar la mente de los educandos, sino llevarlos a pensar antes de actuar; no es adiestrar el cerebro, sino llevar a los educandos a desarrollar una consciencia crítica; no es exigir de más, sino conducirlos al autocontrol; no es sobreprotegerlos, sino estimularlos a trabajar las pérdidas y frustraciones; no es castigar o lastimar, sino incentivarlos a ser líderes de sí mismos; no es regañar, sino hacer que se pongan en el lugar de los demás” (Cury, 2024), desde una actitud comunicativa y  de comunión viva, elegante, en donde el lenguaje se engrane con una cultura de la trascendencia: espontánea, de reflexión, de sosiego y emanada desde un adecuado culto dúlico y de una alta sensibilidad humana.

Una cultura de la palabra en la que no solo sea la voz articulada que la familia y la escuela proyectan a diario al niño, al adolescente y al joven para comunicar o expresar un mandato, una queja, una imposición, un consejo, una bendición, una proyección; sino, desde la asimilación y proyección de la palabra que, en calidad de lenguaje escrito, es posible vivirlo en el orden en que la formulación histórico-sociológico-educativo-cultural ha trazado desde un horizonte de un lenguaje literario exquisito a través de una experiencia grata de lecturas de variada índole axiológica y estética, propuestas para “millones de seres humanos que, pudiendo leer, han renunciado a hacerlo. No solo porque no saben el placer que se pierden, sino, desde una perspectiva menos hedonista, porque estoy convencido de que una sociedad sin literatura, o en que la literatura ha sido relegada, como ciertos vicios inconfesables, a los márgenes de la vida social y convertida poco menos que en un culto sectario, está condenada a barbarizarse espiritualmente y a comprometer su libertad” (Vargas Llosa, 2015).

La palabra de la lectoescritura, entonces, en su proyección literaria, como una opción necesaria para la humanización de lo mundano, en virtud de que, “el mundo humano, en toda su dimensión, individual y social, se construye no solo a través de lo ‘vivido’ sino también, y de modo cada vez más influyente, a través de lo ‘leído’” (Mora, 2024) estilísticamente.