El baúl de los recuerdos: LA BOLA DE FUEGO QUE PERTURBÓ EL NEGOCIO DE LAS MONJAS

Efraín Borrero Espinosa

Mi apreciable amistad con Pablo Javier Vivanco Ordóñez es reciente; sin embargo, por la empatía que ha infundido, la calidez de su trato afable y la sinceridad que transmite con sus palabras y acciones, tengo la sensación que data desde hace muchos años.

La diferencia de edad no ha sido óbice para disfrutar de esa amistad y de las gratas conversaciones que mantenemos. Acucioso como es para investigar personajes y hechos de nuestra cultura lojana hace de esos temas la parte esencial de las conversaciones.

Lo admiro por su capacidad de oratoria en la que trasciende su claridad al hablar, dominio de la materia, seguridad en sí mismo y facilidad para conectarse con la audiencia.  Sus discursos son elocuentes porque se expresa con fluidez, propiedad y elegancia. No en vano logró el primer lugar en el Concurso Latinoamericano de Oratoria realizado en México en el 2018, y que el Foro Nacional de Oradores José Muñoz Cota de México lo haya declarado “Orador de Latinoamérica”. 

En cierta ocasión me visitó para obsequiarme la Revista Mediodía de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, editada en abril de 1987, en la que consta el relato de Alfonso Anda Aguirre bajo el título “Un globo de fuego cayó sobre Malacatos”, que parece inverosímil, pero adquiere credibilidad por las fuentes primarias a las que se remite.  

La deferencia de Pablo tiene que ver con lo novedoso del asunto y porque en una de las conversaciones me referí en extenso a la extraordinaria labor investigativa de Alfonso Anda Aguirre, un ilustre lojano que siguió sus estudios religiosos en el Cuzco obteniendo el título de Doctor en Teología y Filosofía; etapa de su vida en la que escribió algunas obras como Fray Martín, todas ellas relacionadas con Loja, provincia a la que se contrajo su gran producción de historiador.

Alfonso Anda cuenta lo ocurrido en 1692 cuando el Capitán Manuel de Benavides compró al Convento de las Monjas Conceptas de Loja una hacienda de “pan sembrar”, situada en el valle de Malacatos, en 1200 pesos, habiendo hipotecado su propiedad Santa Ana para financiar esa transacción.  

Anota que el Capitán Benavides comentó a los cuatro vientos: “El año subsiguiente al de la compra aconteció el haber un globo de fuego que esterilizó todo el valle, de tal manera que desde entonces por más que la ha cultivado, no ha dado provecho alguno, y por esa causa solicitó extrajudicialmente devolver la hacienda al Convento de las Monjas Conceptas”.

Ese fue el meollo del asunto; pero, para continuar, es necesario aclarar ciertos aspectos. Desde que surgió la iniciativa de fundar el Convento de las Monjas por parte del gobernador Juan de Alderete, se puso dinero sobre la mesa para adquirir una cuadra de terreno y luego para su sustentación. Alderete lo hizo a través del Capitán Pedro Pacheco en 1596 quien se presentó ante el Obispo de Quito, Fray Luis López de Solís, que se encontraba en nuestra ciudad para celebrar el Segundo Sínodo Diocesano.

El Obispo predicó en la iglesia matriz de Loja dando a conocer la fundación del Monasterio de monjas a los vecinos y habitantes que asistían a la misa, “exhortándoles que, para dar comienzo a esa fundación, contribuyesen con limosnas voluntarias en pesos”. Las aportaciones fueron varias: ofrecimiento de dinero, ganado de su estancia, trigo de sus eras, mitayos de su repartimiento para servicio del Monasterio, rentas y todo cuanto se podía contribuir.

Cuando ya se estableció el Convento, las mujeres que ingresaban pagaban una dote considerable para poder profesar como monjas. La dote era una cantidad de dinero o bienes que la familia de la mujer aportaba para asegurar su sustento y manutención durante su vida religiosa. Pero, además, las monjas solían renunciar a sus bienes personales y herencias en favor de la comunidad religiosa. Esto significaba que cualquier herencia que recibieran de sus padres o familiares se destinaba al patrimonio del convento. Esta práctica se basaba en los votos de pobreza que las monjas profesaban.

De lo dicho se puede colegir que el convento contaba con recursos económicos y que la hacienda materia de la negociación con Benavides, fue producto de esa práctica; es decir, de alguna donación o legado. Como no podían administrarla porque pasaban encerradas sin que nadie pueda ver sus bellos ojos, se vieron en el caso de venderla.

Se dice que era una hacienda de pan sembrar porque así se llamaba por aquel tiempo a una propiedad rural dedicada a la producción de granos, como trigo, maíz o cebada

Lo de la bola de fuego no me sorprende porque ese avistamiento ha habido en otras partes del mundo a lo largo del tiempo. Los entendidos aseguran que es común que rocas espaciales entren en la atmósfera terrestre y produzcan un destello luminoso conocido como bola de fuego o bólido. Estos fenómenos son relativamente comunes, pero no siempre son registrados o reportados. 

La prensa local informó el dieciséis de mayo del 2020, que en el barrio Cabianga de Malacatos se observó un bólido, meteoro muy brillante parecido a una bola de fuego que creaba una huella luminosa.

Volviendo al asunto de la negociación, es posible advertir que el Capitán Manuel de Benavides estaba realmente jodido porque en la hacienda que adquirió no crecía una paja, según su afirmación, y por eso intentó devolverla.  

Su empeño por deshacerse de la hacienda se vio truncado porque las monjas no querían saber nada del asunto. Me imagino que desesperadamente fue al convento de las Monjas Conceptas e ingresó por la puerta lateral que daba a la calle Bernardo Valdivieso; se plantó frente al torno que era un dispositivo giratorio de madera que facilitaba hablar con alguna monja sin que ella tuviera contacto visual directo con la persona. De pronto una voz delicada le dijo: “Ave María Purísima”, y el respondió: “Sin pecado concebido, madrecita”, porque así era el saludo que denotaba una muestra de respeto y devoción. Entonces, con tono clamoroso insistió Benavides: Madrecita, quiero que entiendan que «estoy más pelado que un ajo» y por lo mismo no puedo pagarles la deuda; por favor tienen que recibirme la hacienda. La monja no chistó una sola palabra y él se retiró indignado.

Al ver que las monjas no le paraban bola durante muchos años, Benavides decidió demandar judicialmente la rescisión del contrato; es decir, como dicen algunas personas, les metió juicio.

Pero lo más grave es que la autoridad competente, que era el Teniente General de Corregidor, Capitán Joseph Lacayo de Briones, no atendió a su reclamo y, por el contrario, años después, el veinte y ocho de julio de 1717, dictó un decreto “ordenando que se notifique a Manuel de Benavides para que pague al Convento de las Conceptas los réditos dentro del tercer día y que, en defecto de pago, se despachará un mandamiento de ejecución y embargo por el principal y los corridos”

Esa decisión mandó a la cama a Benavides con un fuerte estrés y estuvo al borde de que se le secara el cerebro de tanto pensar cómo defenderse. Lo primero que hizo fue presentar un escrito solicitando se deje insubsistente el decreto ya que no había recogido un solo grano de trigo desde 1962, a causa de la esterilidad de la tierra ocasionada por el globo de fuego que cayó en la zona.

Se corrió traslado de la petición a las monjas que también sufrían un agotamiento emocional y estaban al borde de un colapso nervioso por el problema. Por intermedio de Mateo Larrea respondieron que lo que se trata es de desvanecer la vía ejecutiva, haciéndola ordinaria.

Los requerimientos de la autoridad y las peticiones se cruzaban, hasta que, sin escuchar las razones de Benavides, el Teniente Corregidor procedió al embargo de sus bienes. La Abadesa pidió el remate de inmediato.   

En esas circunstancias y como estrategia de defensa, Benavides solicitó hacer una información sumaria con testigos, cuyas declaraciones se receptaron el seis de diciembre de 1717 en Loja. Comparecieron Miguel Vicente Samaniego, Regidor y Fiel Ejecutor de Loja; Sebastián Cajas, vecino de Loja; José Alvarado, vecino de Loja, y Jacinto Maldonado, quienes aseguraron conocer la dura situación de Benavides y la veracidad de la esterilidad de la tierra ocasionada por el globo de fuego que cayó en la zona”. Lo que les faltó decir es que Benavides estaba “en la lona”.

Años antes también se presentaron a rendir su declaración en favor de las monjas, el Cura y Vicario Joseph Gil de Valencia; el Prior del Convento de Santo Domingo y Antonio Sánchez de Orellana, para dar razón de su situación calamitosa. Con base en las declaraciones de unos y otros es posible establecer que el asunto era desastroso para las partes en controversia y que solo les faltó pedir caridad.

Manuel de Benavides se jugó la última carta: apeló ante la Real Audiencia de Quito la que avocó conocimiento del asunto y “ordenó despachar provisión de emplazamiento al Alcalde Ordinario de Loja, y también compulsoria para que se enviase los autos. Esto ocurrió veinte y cinco años después que se realizó la negociación. En las idas y venidas de los documentos las acémilas tenían la peor parte.    

Lo gracioso del caso es que la Real Audiencia nunca llegó a dictar sentencia, presumiéndose, en consecuencia, que con el decreto del Teniente General de Corregidor se hizo efectivo el embargo y remate de bienes. No hay otra posibilidad, porque el caso no pudo haber quedado sub judice, como se dice en derecho; es decir ni chicha ni limonada.  

Alfonso Anda Aguirre concluye diciendo que lo ocurrido en Malacatos, que en definitiva ocasionó una sequía por más de veinte y cinco años, es un hecho histórico sumamente importante, “tanto más que antes de la última sequía que azotó a Loja y provocó el éxodo masivo de sus campesinos, hubo personas que vieron un fenómeno parecido hacia el lado de la cordillera de Zamora: era una luz intensa que parecía incendiar el campo”.

Finaliza con una motivación: “He aquí un caso digno de estudio, que deberían tratar de explicarlo los astrónomos, los meteorólogos y tenerlo en cuenta los agrónomos para buscar la causa de los ciclos de esterilidad de la tierra en la provincia de Loja.