La destitución del alcalde Quezada: reflexiones

Numa P. Maldonado A.

El pasado 25 de junio, una Asamblea Extraordinaria del Municipio de Loja convocada para conocer el informe de la Comisión de Mesa, órgano que había calificado como válidas las causales de la denuncia presentada por Ramiro Delgado Vallejo contra el actual alcalde Franco Quezada, votó mayoritariamente (nueve votos contra dos) por la remoción de la primera autoridad municipal. Y el 18 del presente mes el pleno del Tribunal Contencioso Electoral (TCE) ratificó, con cinco votos a favor, la remoción definitiva del cargo, del alcalde Quezada Montesinos. El Concejo basó su decisión en presuntas violaciones al Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (Cootad), y otras pruebas irrefutables de desgobierno, improvisación e irresponsabilidad de la autoridad municipal del cantón Loja, durante algo más de dos años de mandato. Un hecho que resulta ser como la crónica de una remoción anunciada, parodiando el realismo fantástico de García Márquez, complementado por el conocido refrán español “Tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”.

Este hecho o desenlace esperado tiene sus orígenes más visibles hace una década, y la causa fundamental, según mi criterio, es la falta de liderazgo del mandatario municipal de turno, en este caso, de los alcaldes Castillo Vivanco, Bailón y Quezada: ninguno de ellos, debido a su “testarudez” y otras deficiencias no comunes entre ellos (por ejemplo, el alcalde Castillo es considerado una de las mejores autoridades municipales del Cantón en los últimos años), pudo armonizar adecuadamente con los concejales electos y todos ellos (los alcaldes) gobernaron con una oposición, recalcitrante o necesaria, en un clima de gobernanza tenso con pocos consensos. Algo realmente lamentable.

Un buen líder, honorable, capaz y sensato, gobierna no con los defectos sino con las virtudes de sus compañeros de equipo o subalternos, acude al consejo de asesores probos y, junto con la opinión ciudadana, prioriza el gasto y las acciones, además de implementar un buen plan de trabajo, con adecuada gestión y previsión.  Pero, un liderazgo defectuoso conduce a lo que todos conocemos: que ninguno de las tres autoridades mencionadas haya podido terminar su mandato normalmente.  Y que obras tan importantes como el abastecimiento de agua potable o segura para la ciudad de Loja, sigan esperando, desde décadas atrás, sin resolverse…

No es mi intensión echar más fuego al árbol caído, pero el caso que nos ocupa, del actual alcalde destituido, tiene connotaciones particulares que caen, me parece, en el ámbito de un raro egocentrismo narcisista, con elocuente populismo desconcertante y mediocre. Que ojalá nos sirva a los electores para no caer más en equivocaciones tan lamentables y, particularmente al gobierno actual, disponer de un Código Democrático que imponga claros e indispensables requisitos (honorabilidad, capacidad, salud mental…) para ocupar cargos de elección popular y en la planta alta en entidades públicas, y no tibias reformas que favorecen al bipartidismo.

Que la nueva alcaldesa, Diana Guayanay, estableciendo un nuevo clima de gobernanza, principalmente un sano ambiente de convivencia política con los concejales, la colaboración de probos funcionarios y servidores municipales y la ciudadanía, logre un buen gobierno, para beneficio del Cantón, de la provincia y el país.