La interoceánica y la geopolítica aplazada

Jeamil Burneo

Tal como es arriba, es abajo. Esta premisa filosófica que nace en lo ancestral y se refrenda en lo cuántico tiene una aplicación casi tragicómica en la realidad geopolítica del Ecuador y en especial de Loja, nuestra pequeña herencia, hoy convertida en sala de espera sin cita confirmada.

Mientras el mundo se despide del viejo guion bipolar de la Guerra Fría —ese teatro con dos superpotencias y varios países haciendo de extras—, emerge una nueva obra: multipolar, desalineada y, sobre todo, con nuevos protagonistas. China, sin disparar un solo misil, ha logrado sentar a Occidente en la silla de los espectadores. No lo hizo con grandilocuencias, sino construyendo. Puertos, ferrocarriles, acuerdos silenciosos. Su poder no lo ostenta en dólares, sino en infraestructura y planificación a largo plazo. Es decir, en lo que aquí nos da pereza… pensar más allá del próximo feriado.

Los BRICS, ese acrónimo de países que antes sonaban exóticos y hoy dictan la agenda financiera mundial, han dejado claro que no solo quieren reemplazar al dólar. Quieren reescribir el mapa. Y no con Google Maps, sino con rieles, rutas interoceánicas y puertos estratégicos. Por eso no debería sorprendernos que China apadrine el puerto de Chancay en Perú, que impulse un tren bioceánico desde Brasil hasta el Pacífico, o que firme acuerdos sin aspavientos, pero con resultados.

Lo irónico, es que mientras estas rutas se definen a miles de kilómetros, una de las rutas más viables y menos atendidas pasa, o más bien podría pasar, por Loja. Sí, nuestra Loja que conecta con El Oro, Zamora Chinchipe, y cuyo potencial interoceánico fue señalado hace décadas y olvidado tan rápido como se archivan las ideas buenas cuando molestan al centralismo. Esa Loja de ceques invisibles que unían puntos sagrados antes de que llegaran los burócratas con sus mapas mal escalados.

Después del tratado de paz entre Ecuador y Perú, se definieron ejes viales para revertir el aislamiento. Cuatro, para ser exactos, aunque uno —el quinto— es el que nos importa: el que va de Puerto Bolívar, pasa por Loja, cruza por Zumba y se conecta hasta Jaén en Perú, siguiendo hasta la cuenca amazónica, donde el río se vuelve autopista. El proyecto es tan viable que asusta: menos costos, mayor beneficio, menor huella ecológica. ¿El problema? Que no pasa cerca de Lima ni de Quito, sino por nuestra periferia.

Los planificadores con vocación y sin amnesia lo han dicho: Loja puede ser nodo estratégico, bisagra de integración, puerto terrestre. Pero claro, para que eso ocurra necesitaríamos algo más que discursos y marchas regionales. Necesitaríamos política pública con brújula, voluntad binacional y memoria de largo plazo. Necesitaríamos también que los jóvenes Lojanos dejen de pensar que geopolítica es una mala palabra y que entiendan que el subdesarrollo no es un destino, sino una decisión diaria.

Loja tuvo pensadores, soñadores, gestores de esas ideas descollantes. Hombres que imaginaron una provincia conectada, integrada, activa. Mi profesor de sociología urbana en la UTPL, el Dr. José Bolívar Castillo, nos habló no solo de vías y rutas, sino de lógica territorial, del aspecto humano del ordenamiento territorial, de planificación armónica con la geografía, y de cómo el olvido centralista se combate con propuestas y mapas trazados con criterio. Hoy, mientras se firma un nuevo acuerdo entre China y Brasil, o se termina otro tramo de ferrocarril en Sudamérica, deberíamos preguntarnos: ¿qué hicimos con esa herencia?

El mundo ya no espera. Si antes el aislamiento era consecuencia de la guerra, hoy lo es del descuido. Y Loja, con todo su potencial, corre el riesgo de ser un hermoso paisaje sin conexión. Un jaguar dormido. Una postal sin carreteras. Los grandes intereses ya trazaron sus mapas. Lo que definirá nuestra inclusión o exclusión será la capacidad de articular lo que está arriba con lo que está abajo: los ceques invisibles del pasado con las vías interoceánicas del futuro.

Y no es que el BRICS o la China deban hacernos el trabajo. Al contrario: es en este nuevo reordenamiento global donde podríamos, si despertamos, poner sobre la mesa esa carta que hemos guardado por décadas. Una ruta viable, ambientalmente sostenible, con impacto regional y posibilidades comerciales reales. Una ruta que conecte Puerto Bolívar con Iquitos, atravesando Loja, Vilcabamba (con su apu vigilante), Zumba, La Balsa, San Ignacio, Jaén, Puerto Borja (o Sarameriza), los puertos subsidiarios de Amazonía peruana, Iquitos y el inmenso río que nos une con el Brasil profundo, el magnífico Amazonas con toda su capacidad de alta navegabilidad y logística.

Pero claro, todo eso suena utópico si seguimos esperando que desde los centralismos absorbentes nos autoricen a pensar, y que desempolven discursos falaces en las citas de autoridades binacionales. La planificación debe partir del territorio, del conocimiento ancestral, de la geografía viva y de la gente que la habita.

Tal como es arriba, es abajo. Y si los de arriba no nos miran, tal vez sea hora de que desde abajo les hagamos ver que Loja también existe. Que Loja tiene memoria, propuesta y geografía. Que Loja no es solo una ciudad de pronombres ilustres o monumentos apagados. Es una apuesta posible. Es un nodo olvidado. Es la intersección de los que sí entienden que la geopolítica no es un cuento chino… aunque China ya nos esté escribiendo el prólogo.