P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La oración en la vida de los cristianos, alimento y fundamento para satisfacer su necesidad espiritual, tiene distintas maneras para definirla y una sola para valorarla. Me permito compartir dos versiones, muy propias de bautizados que alcanzaron la plenitud de la gracia divina y disfrutaron de un encuentro maravilloso como la paz interior. Según san Agustín: “La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios…”. Amplío el nivel de profundidad espiritual de este hombre sabio y santo: “Orar mucho no significa hablar mucho, sino desear mucho”.
La segunda, desde la interioridad mística de santa Teresa de Jesús: “Una frecuente conversación solitaria con quien sabemos que nos ama”. En palabras sencillas: disfrutar de la dulzura de una conversación amorosa con Jesús hace que el alma anhele más. Añado una tercera, que proviene de san Ignacio de Loyola: “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino gustar internamente de las cosas de Dios…”. El catálogo de experiencias, respecto a la manera de conocer qué es la oración, resulta interminable. De hecho, el buen discípulo buscará encontrar, desde su deseo íntimo con Jesús, aquella que lo acerque al encuentro con el amor de los amores. Una lectura sosegada de la Palabra de Dios de este domingo nos lleva a cuestionarnos y a disfrutar de cada enseñanza.
En el libro del Génesis nos encontramos con la intervención directa de Dios en la vida de su pueblo. Abraham escucha una sentencia muy fuerte: “El clamor contra Sodoma y Gomorra es grande y su pecado es demasiado grave…bajaré, pues, a ver si sus hechos corresponden a ese clamor; y si no, lo sabré”. El relato, mezcla de intercesión, súplica y temor ante un castigo inminente, desarrolla un drama entre el amor de Dios por su pueblo y su debilidad por él.
Dios no castiga, previene, porque su misericordia no tiene límites. La narración concluye con un sello testimonial único. Abraham insiste: “No se enoje mi Señor, hablaré solo una vez más. ¿Y si encuentran solo diez-que merezcan perdón-? Contestó el Señor: “Por estos diez, no destruiré la ciudad”. En el Salmo 137, la descripción perfecta del corazón divino, tiene esta concepción: “Señor, tu amor perdura eternamente; obra tuya soy, no me abandones”. El hombre de fe, agradecido y humilde, invoca a Dios desde la nobleza de su intimidad: “Señor, te damos gracias por tu lealtad y tu amor: siempre que te invocamos, nos oíste y nos llenaste de valor”. San Pablo, en la carta a los Colosenses, acentúa la importancia de la clave salvífica: “Ustedes estaban muertos por sus pecados y no pertenecían al pueblo de la nueva alianza. Pero, Él les dio una vida nueva con Cristo, perdonándoles todos sus pecados”. Jesucristo intercede por nosotros.
De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia. Somos bendecidos. San Lucas, el Evangelio de la Misericordia, ante la pregunta de uno de los discípulos de Jesús, acerca de la manera de orar, responde con la oración del Padrenuestro. Un tratado esencial para orar mucho, contemplar con alegría y confiar en un Padre, el de nosotros, cercano y amoroso. Dios, nuestro Padre, nos ama. Entrega, en su corazón, todas las bendiciones necesarias.
