Lenguaje, tono, estilo y autonomía mental para leer

Galo Guerrero-Jiménez

La autonomía mental y el ímpetu de vivir apasionadamente desde un proceso cerebral culturalmente estructurado en el contexto y ecología de nuestra existencia, para actuar pensando en la calidad de vida que se logra desde un adecuado procesamiento del lenguaje, debe ser filosofado antropológica, ataráxica, dialéctica, hermenéutica, ontológica, espiritual y humanísticamente desde un adecuado posicionamiento cognitivo de la conciencia lingüística que, continuamente debe estar despierta, atenta, lúcida y ahíta de procesos axiológico-estético-éticos para procesar semántica y pragmáticamente el ritmo informativo, narrativo, descriptivo, técnico, científico, poético y/o literario y humanístico que la palabra respira en el texto y en el lector que, voluntariamente, concentrado, y desde el aroma lingüístico que es capaz de percibir personalmente desde el éxtasis de la contemplación, o de la rebeldía más sentida, según sea el contenido de conocimiento que es procesado desde la autonomía mental de cada lector que sabe adaptarse al tono y estilo del texto escrito, hasta lograr su propia narrativa.

Súmese a ello el emocionar y los sentimientos de diversa índole que actúan en el entendimiento de cada ser humano lector para que, intelectualmente, pueda educarse continua y permanentemente desde un lenguaje renovado, inspirador, coherente, orientador, en tanto y en cuanto busca esos espacios de silencio, de tranquilidad que se necesita para entrar en contacto con la palabra escrita, en este mundo acelerado, virtualizado y de la inmediatez al que la tecnología nos ha encaminado para resolver los problemas cotidianos del mundo que, con enorme preocupación, a veces se agudizan, en vez de solucionarse, porque no encontramos el espacio y las palabras adecuadas en nuestra cognición, y que respondan a los retos que hoy nos encamina la virtualidad, especialmente, en esta era globalizada tecnológicamente.

Pues, informarnos y conocer para actuar con pertinencia “es importante, pero aún lo es más comprender lo conocido. Puedo disponer de miles de datos, [alojados en los diversos dispositivos electrónicos y electronales] incluso sin entender lo que significan; para conseguirlo, necesito integrarlos dentro de un modelo o de una teoría. Un conjunto de palabras adquiere un sentido cuando lo unifico en una frase a la que dan y de la que recibe su significado” (Marina, 2023); solo así, los datos o la información se convierten en un lenguaje asequible que, en efecto, lleguen a tener sentido en cuanto esa simbología es atrayente para el lector que, si no logra entrar en sintonía con ese contenido textual, no habrá manera de descubrir esa narrativa, ese estilo o esa tonalidad de escritura que está inmersa en el texto para que el lector la disfrute.

De ahí que, nuestra agudeza mental como lectores, en este caso, consiste, como señala Roland Barthes, en descubrir ese tono, o esa poética filosófica, que está cargada de símbolos: “En toda forma literaria [y en toda forma de escritura] existe la elección general de un tono, de un ethos si se quiere, y es aquí donde el escritor se individualiza claramente porque es donde se compromete. Lengua y estilo son antecedentes de toda problemática del lenguaje, lengua y estilo son el producto natural del Tiempo y de la persona biológica” (2013) que, como tal, deposita en el texto, su marcada humanidad, su preparación, su certeza ideológica, cultural e histórica; al igual que, el lector, con su estilo, identifica la tonalidad que le es inherente al texto.

Y, como, en esencia, somos lenguaje que, al hacerse comunicativo, debe expresarse comunitariamente desde la mejor consideración de nuestra alteridad que, de manera permanente, evoluciona mental y culturalmente, dado que “leer es percibir, sentir y conocer el mundo a través del descifrado de símbolos. Y es con la lectura, con lo leído, como el mundo ha tomado ventaja de la más grande y verdadera revolución humana” (Mora, 2024).