El baúl de los recuerdos: LA PLAZOLETA JULIO HIDALGO GONZÁLEZ  

Efraín Borrero Espinosa

Pocos son los habitantes de nuestra urbe que saben lo que representa la plazoleta situada en la intersección de las calles Manuel Agustín Aguirre y Brasil, así como la simbolización del hermoso mural construido en el fondo. Algunos transitan con indiferencia y otros simplemente se conforman con la vistosidad del lugar.

Estoy seguro que el hecho se debe a la falta de una adecuada difusión de los sitios y monumentos representativos de la ciudad por parte de la Municipalidad. Indudablemente que es una falencia notoria. En otras ciudades la señalización para identificarlos es imprescindible, tanto por el interés ciudadano como por fines turísticos.    

Esa indiferencia por conocer lo nuestro me trae a la memoria la absurda e incomprensible decisión adoptada hace muchos por el Ministerio de Educación, al eliminar del plan de estudios de educación básica la asignatura Lugar Natal introducida en 1916.

Junto a la plazoleta está el Coliseo Ciudad de Loja edificado sobre los escombros de lo que fue el Cementerio Municipal fundado el veinte y ocho de diciembre de 1827, siendo gobernador Manuel Carrión y Valdivieso; información corroborada por el acucioso investigador Patricio Aguirre Aguirre, quien me hizo saber la colocación de una placa conmemorativa por parte del Municipio con ocasión del centenario del panteón lojano, en la que textualmente reza: «En esta fecha cumplió este Cementerio cien años de experiencia».  

Tiempo después se construyó el puente de acceso llamado “Puente del Cementerio”, erigido sobre muros de cal y ladrillo, el que años más tarde fue dinamitado para desaparecerlo del mapa urbano con el pretexto de construir uno moderno, cuando lo correcto habría sido buscar una alternativa para preservar ese bien patrimonial.

En otras ciudades se ha obrado con inteligencia y amor propio; en Cuenca, por ejemplo, se ha conservado lo que quedó del puente más antiguo de la ciudad arrasado en 1950 por una crecentada del río Tomebamba. Lo conocen como el “puente roto” y es uno de los lugares turísticos de esa ciudad. Precisamente, por la preservación de su patrimonio cultural material es que alcanzó el honroso título de Patrimonio de la Humanidad.   

La plazoleta lleva el nombre del insigne empresario Julio Hidalgo González, nacido el veinte y siete de julio de 1925 en Sozoranga, tierra floreciente de la provincia de Loja que ha sido cuna de hombres y mujeres ilustres, como es el caso de los Mora, Samaniego, Mena, Narváez, Morales, Castillo, Sánchez, Luzuriaga, Reyes, Rodríguez y Jaramillo, entre otros.  

Hace pocos días se llevó a cabo la presentación del libro “Centenario Julio Hidalgo”, en el Centro de Convenciones de la Universidad Técnica Particular de Loja, cuyo autor y editor es el distinguido intelectual Genaro Eguiguren Valdivieso. El libro recoge detalladamente la vida y obra del hombre que desarrolló un modelo empresarial que destaca por su ética, compromiso social y ambiental, y cuyo legado dejó una huella en el desarrollo vial y productivo del Ecuador. Su énfasis principal está en la fundación de la reconocida empresa constructora Hidalgo e Hidalgo, constituida con el tiempo en el imperio de la construcción ecuatoriana, cuya solvencia y prestigio trascendió las fronteras del país.   

La vida de Julio Hidalgo estuvo colmada de éxitos desde cuando a los once años, huérfano de padre, se trasladó junto con su madre Zoila Luz González a la ciudad de Loja, a fin de cursar sus estudios en el Colegio Bernardo Valdivieso, destacándose como estudiante y deportista. Desde esa época demostró su preocupación por el medio ambiente.

Luego, gracias a una beca otorgada por el Municipio de Loja logró continuar sus estudios superiores en la Universidad Central del Ecuador, distinguiéndose como presidente de la Asociación de Estudiantes de Ingeniería y director de la Revista Estudiantil. En 1951 se graduó de ingeniero civil y arquitecto con todos los honores.  

Genaro Eguiguren resalta que siendo insuficiente la beca “era necesario ganarse los medios para subsistir y contribuir al sostenimiento de la familia”; es así como, siendo aún estudiante, colabora con algunos ingenieros lojanos en los estudios de las vías Chuquiribamba- La Toma; Cariamanga- Colaisaca y Nambacola- Gonzanamá. También ingresó a trabajar en el Ministerio de Obras Públicas previo concurso.  

Una vez graduado debía pagar la beca al Municipio de Loja. El alcalde Ramón Burneo Samaniego, reconociendo su sólida formación le encomendó las funciones de Director de Obras Públicas en las que brilló por su desempeño. Al mismo tiempo ejerció la docencia como profesor de matemáticas en la Universidad Nacional de Loja.  

Cumplido su compromiso con el Municipio de Loja regresó a Quito en 1953 porque se le presentó la oportunidad de trabajar en los estudios de la carretera Quinindé- Esmeraldas, además de ser contratado como representante del gobierno en un tramo de la construcción de la carretera Quevedo-  Manta, a cargo de una compañía americana; “trabajo que debió dejar en rechazo al discrimen y maltrato a los trabajadores nacionales que carecían de campamento”.  

En Quito conoció a la que luego fuera su distinguida esposa: Olvia Barahona, en cuyo matrimonio procrearon cuatro hijos, todos profesionales. Luego decidió trasladarse a la provincia de El Oro donde se vinculó al cultivo de productos tropicales. Además, junto a su esposa fundaron su primera empresa y firmaron contratos para construir carreteras, calles y edificios. En 1960 regresó a Quito y con el respaldo de su familia consolidó su vocación constructora.

El 27 de marzo de 1969 formó la compañía constructora Hidalgo e Hidalgo con Francisco Hidalgo Gutiérrez. Esa relación societaria entre los dos fundadores duró corto período, pero la razón social perduró en el tiempo como una marca de prestigio.   

En 1972 se incorporó su hijo Juan Francisco Hidalgo Barahona como socio y presidente. Juntos fortalecieron la empresa y ampliaron su acción a nivel nacional y luego a nivel internacional.  

Julio Hidalgo González fue un hombre multifacético, incursionó en la ganadería, agricultura tecnificada, producción de camarones con prácticas de conservación de manglares y la industrialización de alimentos balanceados. En todas las actividades que  acometió sacó a relucir su gran capacidad de gestión y su inteligente visión para el emprendimiento.  

Pero, por encima de esos atributos y grandes logros alcanzados, estaba la riqueza de su ser colmado de valores y virtudes. La bondad era su inclinación natural para hacer el bien y actuar de manera generosa. Del respeto hizo una norma de vida, y el cariño por Loja lo hacía caminar con ella dentro del corazón. Siempre tuvo presente el orgullo de ser lojano.

Los exmandatarios José María Velasco Ibarra, Sixto Durán Ballén, Jamil Mahuad y León Febres Cordero lo estimaban de manera especial y lo consideraban un hombre de bien, honesto y cumplidor de sus responsabilidades. Los trabajadores lo tenían como una figura paterna, porque además de respetarlos implementó programas de capacitación técnica, jornadas culturales y deportivas, así como un sistema de eficiencia con incentivos por resultados. A la hora de la comida prefería compartir con ellos y disfrutar a plenitud ese ambiente de camaradería. Los lojanos le guardan gratitud porque una gran parte de la planta de profesionales y trabajadores han sido sus paisanos a quienes valoraba por su capacidad y eficiencia.    

Uno de esos profesionales merece especial mención: Vicente Abdón León Cueva. Cuenta su hija Mercedes, destacada e inteligente profesional de la medicina, que su padre se vinculó a la compañía Hidalgo e Hidalgo invitado por el ingeniero Guido Iván Riofrío Ullauri quien estaba a cargo de la ejecución de los trabajos de asfaltado de la ciudad de Loja, siendo alcalde Rubén Ortega Jaramillo, a fin de que se desempeñe como pagador. Concluido el contrato, el Ing. Riofrío fue destinado a un campamento operativo en la provincia del Guayas para la construcción de otras obras, solicitando a Vicente León lo acompañe como jefe de trabajos. En esas circunstancias se graduó de abogado; podríamos decir un abogado cuasi ingeniero, y fue ascendido por mérito propio al cargo de superintendente de la empresa en varios proyectos a nivel nacional.   

Vicente León Cueva laboró cuarenta y cuatro años ininterrumpidos en la compañía Hidalgo e Hidalgo haciendo gala de responsabilidad, eficiencia, compromiso, honestidad, sentido de pertenencia y calidad humana, lo que hizo posible que Julio Hidalgo lo considerara su hombre de confianza y amigo entrañable al que apreciaba enteramente.

Renunció para acogerse al beneficio de la jubilación; sin embargo, Julio Hidalgo le solicitó seguir trabajando en la empresa, como expresando cuánto extrañaría su ausencia por considerarlo un hombre excepcional.  

Corto tiempo después la salud de Vicente León comenzó a deteriorarse y nuevamente renunció, pero Juan Hidalgo Barahona, quien estaba a cargo de la compañía, le dijo: “No, Vicente León no sale de Hidalgo e Hidalgo y no le acepto la renuncia; sólo cuando muera se acabará su vinculación con nosotros”. Como si hubiese sido una premonición eso ocurrió tres meses después en medio de la honda consternación de ejecutivos, profesionales y trabajadores, y del profundo dolor que embargó a su querida familia.  

Su nombre perdura afectuosamente en Hidalgo e Hidalgo como símbolo de lealtad y trabajo fecundo, y su recuerdo se conserva incólume a pesar del tiempo transcurrido. En cada navidad la familia León Ojeda es halagada con un saludo especial e invitada a participar en las celebraciones organizadas por la Compañía.  

En el mes de mayo del 2010, siendo alcalde Jorge Bailón Abad, se rindió justo homenaje de admiración y reconocimiento a Julio Hidalgo González con la inauguración de la plazoleta que lleva su nombre, y del mural al desarrollo vial en la provincia de Loja elaborado por el prestigioso escultor lojano Diego Vinicio Espinosa Aguirre. “Es una obra de corte expresionista y descriptiva, trabajada en fibra de vidrio con un acabado en tonos bronce”.  

“En un área de treinta metros por nueve metros, expresa a través de sus elementos y composición, el desarrollo del trabajo vial en la provincia de Loja, haciendo referencia a la brega que se inicia con herramientas manuales y al esfuerzo de quienes empezaron la construcción de la carretera a la costa”, como destaca Genaro Eguiguren,

Para Olvia Barahona viuda de Hidalgo, quien estuvo en el acto acompañada de sus hijos, el mural representa “el esfuerzo y tenacidad del trabajador de la construcción de caminos, puentes y medios de comunicación”. Con evidente nostalgia y cariño resaltó la figura de su esposo Julio Hidalgo González.   

La placa recordatoria colocada en el centro de la parte inferior, dice elocuentemente: «La construcción de una carretera es el patrimonio histórico de todos los que han trabajado y dejado huella en ella, por eso es que este mural recoge las diferentes épocas que a Loja y su pueblo le tocó vivir en su ansiado deseo de unirse al progreso nacional».