Efraín Borrero Espinosa
Quienes visitan la ciudad de Loja conservan una grata impresión de su atractiva urbe y el paisaje que forma parte del sentir de sus habitantes; de su gente hospitalaria, amable y de buen trato a los visitantes; del medio cultural y artístico que la envuelve, incluyendo la variedad de espacios dedicados al arte y la cultura; de la participación ciudadana con alto sentido de pertenencia; de la forma de hablar de los lojanos que los distingue de otras regiones del Ecuador; de su exquisita gastronomía apetecida por propios y extraños, y de la querencia profundamente arraigada al terruño. Decía Alejandro Carrión: «Tiene el ser lojano otra condición y es el pensar siempre en Loja, el estar siempre preocupado por Loja, el volver a ella de vez en cuando y el estar siempre en relación con los lojanos que viven en su medio».
Esas impresiones son comentadas en grupos familiares, de amigos y compañeros de trabajo, creando una motivación para que otros también conozcan este girón de la patria situado en el confín del territorio nacional. Pero, además, hay quienes han plasmado sus impresiones a través de la palabra escrita o de notas musicales, como es el caso de los distinguidos personajes que a continuación destaco.
Cristóbal Ojeda Dávila, nacido en Quito el 26 de junio de 1910, eminente compositor, pianista y músico. A decir de Luis Emilio Eguiguren Burneo era muy sensible y le fluían las lágrimas con mucha facilidad. Lo conoció en Quito y a la postre hicieron una gran amistad.
Rogelio Jaramillo Ruiz hace esa revelación en un vasto y acucioso estudio investigativo sobre la visita de Cristóbal Ojeda a Loja, basado en testimonios del propio Luis Emilio Eguiguren, en cuya casa de alojó, y de los amigos que formaron su círculo íntimo, los cuales están contenidos en su acreditado libro “Loja Cuna de Artistas”.
También es importante el aporte de David Pacheco Ochoa a través de su obra “Cristóbal y su Alma Lojana”, quien asegura que Luis Emilio viajó en su juventud a estudiar en la capital de la república y que conoció al artista en la casa de las señoritas Piedra, lugar preferido para la reunión y tertulia de los lojanos ausentes. En esos encuentros le comentaba sobre los encantos de su tierra lojana, cimentando en él un ferviente deseo por conocerla.
Cuando en cierto momento decidió retornar a Loja, Cristóbal se quedó con inmensa pena y no tardó en venir a conocer la tierra de su gran amigo. A mediados de 1927 armó su maleta para embarcarse en el ferrocarril hacia Durán; cruzar el río Guayas en canoa hasta Guayaquil; viajar por la noche en motonave hasta Puerto Jelí, perteneciente a Santa Rosa, y desde allí seis días a lomo de mula a Loja.
Sixto María Durán, rector del Conservatorio de Música en donde se educó Cristóbal Ojeda y a quien tenía especial estimación, le dirigió un telegrama a Luis Emilio Eguiguren haciéndole saber que su amigo había salido rumbo a Loja y que le encarecía acogerlo en su casa, que en realidad era de sus padres.
Luis Emilio, entusiasmado por la noticia, se trasladó hasta la tradicional colina del Pedestal para esperar el arribo de su cálido amigo. Cuando el viajero arribó se abrazaron emocionadamente y se trasladaron a la casa señorial prevista para su alojamiento, en la cual había un piano alemán marca Rachals, hoy en poder de Josefa Valdivieso Eguiguren. en el que compuso algunas canciones e interpretó otras.
De los datos consignados es posible establecer que Cristóbal Ojeda Dávila frisaba diecisiete años cuando visitó Loja y que para entonces había alcanzado prestigio nacional, a tal punto que la empresa J.D. Feraud Guzmán grabó algunas de sus composiciones en 1926 cuando apenas tenía dieciséis años, según David Pacheco.
La reseña de Rogelio Jaramillo nos permite conocer que Luis Emilio Eguiguren hizo posible que Cristóbal Ojeda se rodee de la crema y nata de la intelectualidad lojana, entre escritores, poetas, artistas y compositores, así como haber incursionado en los círculos sociales de la localidad.
Su nombre se popularizó en la pequeña urbe y todos lo estimaban. El calor humano de los lojanos lo acogió con toda su hospitalidad y admiración. “Su personalidad fina, culta, amable y sentimental eran elocuentes”.
Como se hizo necesario tener alguna actividad ocupacional para aliviar gran parte de su situación económica, sus amigos gestionaron ante Adolfo Valarezo, rector del Colegio Bernardo Valdivieso, la posibilidad de un cargo como profesor. “Ahí es donde inicia muchas actividades de carácter artístico, tanto en música como en danza, presentando algunas veladas”.
En definitiva, en medio del afecto, calidez y reconocimiento de innumerables amigos e instituciones, Cristóbal Ojeda vivió intensamente en esta tierra y disfrutó la felicidad a plenitud, por esa razón guardaba especial gratitud y afecto para los lojanos y un sentimiento de admiración para esta ciudad maravillosa.
José María Bermeo Valdivieso, uno de los amigos más cercanos y de mayor confianza de Cristóbal Ojeda, le comentó textualmente a Rogelio Jaramillo: “Un día se hizo presente Cristóbal en mi cuarto, alegre y entusiasta, con júbilo desbordante, para decirme, tan pronto como saludamos: he compuesto anoche el pasillo más lindo, que quiero ejecutarlo para que lo oigas. Sin dilación me llevó de inmediato a la sala de Luis Emilio Eguiguren y se puso a traducir en el piano las notas de ese pasillo, símbolo e interpretación de nuestra sensibilidad, al cual denominó “Alma Lojana”.
No cabe duda que la inspiración de Cristóbal Ojeda encarnó en esa “Alma Lojana” el encanto de esta tierra lojana de la que se enamoró por su hermosa campiña y su pequeña y apacible urbe; su gente amistosa, amable, hospitalaria y generosa; el ambiente musical que lo sentía en cada rincón, y el genuino mundo de la intelectualidad colmado de escritores, poetas, artistas y compositores; es decir, capturó la esencia de Loja y nuestro espíritu de lojanidad.
La melodía musical agitó el sentimiento de quienes tuvieron la oportunidad de escucharla en aquel entonces. Poco tiempo después, cuando el insigne maestro Emiliano Ortega Espinosa, con palabras cargadas de añoranza creó el rostro poético de ese hermoso pasillo, que de inmediato se propagó, la agitación de ese sentimiento ha calado hondo en todos los lojanos a través de los años, porque esa “Alma Lojana» es la representación y esencia de nuestra identidad. Se trata de una forma de ser y sentir que se manifiesta en nuestra cultura, tradiciones, hospitalidad y arraigo a la tierra que nos vio nacer.
Cuando Cristóbal Ojeda Dávila decidió regresar a Quito, por 1930, fue una pérdida no solamente para sus amigos, sino para las instituciones de cultura acostumbradas a su colaboración. Sin embargo, nos dejó sus gratas impresiones que se expresan en cada nota musical del “Alma Lojana”, donde anida nuestra espiritualidad y reverbera el orgullo de ser lojano.
Albert Barnes Franklin, académico e historiador norteamericano que visitó Ecuador en 1940. Fue profesor de literatura española en varias universidades estadounidenses. Sus impresiones y observaciones están plasmadas en su libro “Ecuador Retrato de un Pueblo” que es a la vez un relato de viaje y una reflexión sobre la sociedad ecuatoriana de esa época.
En 1941 vino Loja. Llegó desde Guayaquil en un pequeño avión trimotor Junkers de la compañía Sedta que aterrizó en la precaria pista de La Toma. En la ciudad de Loja tenía varios amigos, como Carlos Riofrío, primo de Eduardo Kigman, con quien se encontró por casualidad en el sitio de llegada a la ciudad.
En los días que Albert estuvo en nuestra ciudad le sorprendió el potencial cultural y la valía intelectual de los lojanos, a tal punto que aseguró que el índice cultural medio del ciudadano de Loja es posiblemente el más alto del mundo; agregando que: “Considerados en conjunto, los lojanos no solamente son los más ilustrados hijos de Ecuador, sino también los de más justa fama”.
Justino Cornejo Vizcaino, distinguido educador, investigador de aspectos lingüísticos y gramaticales del idioma castellano; periodista, funcionario del Ministerio de Educación y autor de varias obras en materia educativa, nació en Puebloviejo, Provincia de los Ríos.
Apegado a la música nacional tuvo la oportunidad de conocer a Mélida María Jaramillo Rodríguez, destacada figura en la música ecuatoriana, especialmente en el género del pasillo, nacida en Loja en 1918, a quien llamaban «La Lojanita», tanto por su origen como por haber popularizado el pasillo Alma Lojana, cuya interpretación estaba presente en todas sus intervenciones.
Ella le hablaba sobre la riqueza cultural y artística de Loja, destacando los nombres de Segundo Cueva Celi y Emiliano Ortega Espinosa que fueron los guías para conducirla por el camino del triunfo. Así mismo, le ponderaba los encantos de nuestra tierra y su gente.
Imbuido de las fabulosas referencias de “La Lojanita”, Justino Cornejo armó la maleta para viajar a Loja por 1945, una de las pocas ciudades que no conocía. Se embarcó en el avión con destino a Cuenca y desde allí doce horas por vía terrestre a Loja – en sus palabras – ya que la carretera construida por la empresa estadounidense Ambursen no estaba en buenas condiciones. El momento que llegó a nuestra ciudad exclamó: Loja, ¡al fin!
Al siguiente día inició el recorrido por la ciudad y su impresión fue la mejor: “vi lo que no me había imaginado ver, dijo; una ciudad animada y progresista, clara y alegre, con gente aseada y urbana, hidalga y tranquila. Una fiebre construccionista sacude actualmente a los lojanos; el Municipio y los particulares trabajan por modernizar y embellecer a su tierra, por colocarla entre las primeras del Ecuador; tienen desde lo antiguo la cultura y ahora batallan por el progreso”.
Al final de su visita, sus apreciaciones se resumen en los siguientes aspectos: Sus habitantes no hablan como serranos y visten muchos de ellos a la costeña. No vi harapos en Loja ni manos de mendigos implorando caridad; el que no es rico allí, por lo menos tiene que comer. Por todas las partes se nota cierta delicadeza cortesana, cierta generosidad caballerezca. Los lojanos se expresan castiza y encantadoramente, ya que durante la colonia a ese pueblo ecuatoriano llegaron hombres de Castilla, y gracias al aislamiento geográfico en que se ha mantenido Loja, esa lengua “que ellos trajeron” se ha conservado pura hasta nuestros días. La voz de los lojanos es apta para el canto, desde aquí pueden salir los mejores cantantes del Ecuador, como “La Lojanita”; todos en Loja pueden cantar como ella.
Justino Cornejo Vizcaino público éstas y otras impresiones en un artículo titulado Loja: ¡al fin! en la Revista del Colegio Bernardo Valdivieso del año 1946, expresando en su parte final lo siguiente: “He escrito estas páginas en homenaje de aprecio y gratitud a una tierra donde la mayor y mejor belleza es la belleza de las almas.
