P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La Sagrada Escritura, fuente inagotable de enseñanzas para quien tenga el buen deseo de obrar con rectitud y procurar el bien de los demás, contiene libros con mensajes prácticos. El libro del Eclesiástico, escrito por un maestro de sabiduría que puede ser un padre de familia, un sacerdote o un líder comunitario, emplea un lenguaje coloquial, directo y sencillo.
Me permito citar algunas frases: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso”. El valor que destaca el texto bíblico, la humildad, adquiere relevancia en el contexto de un entorno que pregona lo contrario, la soberbia y la avaricia. El hombre, que esgrime su mayor esfuerzo con el sano anhelo de alcanzar progreso, triunfa y deja un legado imborrable para las futuras generaciones.
Otra directriz que permite escudriñar el fondo espiritual de una persona que vive de cara a Dios, resalta la plenitud de la fe: “Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo Él es poderoso y solo los humildes le dan gloria”. Este libro sapiencial, un manual para desarrollar el verdadero arte de amar para fomentar la paz, merece una lectura constante en todos los ámbitos de la vida.
El libro de los salmos refleja la vivencia cotidiana de un alma que invoca y agradece la presencia de Dios. Uno de los versículos que ensalza la alegría de los humildes señala: “Ante el Señor, su Dios, gocen los justos, salten de alegría. Entonen alabanzas en su nombre. En honor del Señor toquen la cítara”. Actualizamos la bella nostalgia de una historia de amor que pervive en el corazón del pueblo.
En el contexto del Nuevo Testamento, el autor de Hebreos, refuerza el deseo de disfrutar del encuentro con Dios en la Jerusalén celestial, la alegría de los justos que alcanzaron la perfección gracias al encuentro con Jesucristo, el mediador de la nueva alianza. Jesucristo, manso y humilde corazón, anuncia con obras y palabras que el Reino de Dios abre sus puertas a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. San Lucas cuenta que, en un sábado, en el contexto de una comida, algunos convidados escogían los primeros lugares, como un gesto que contrapone la fraternidad y la convivencia.
El Señor enseña a ocupar el lugar que corresponde, no el que buscamos con orgullosa ostentación: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú…”. El bochorno, frente a un conglomerado social, refleja la imagen de una humillación inevitable. El anfitrión le puede decir: “Dejale el lugar a este”, porque “vas a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento”. El que se humilla se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido.
La grandeza de un ser humano radica en la sensatez de su manera de proceder. Jesús, modelo de entrega incondicional a la voluntad del Padre, demostró en la cruz el triunfo sobre el pecado y la ignominia. Con su muerte alcanzamos la gloria merecida. Así, recibiremos la invitación a ocupar el lugar que merecemos junto a Él.
