P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El hombre que discierne los designios de Dios en su vida siempre tendrá que formularse interrogantes. Los cuestionamientos, propios del hombre sabio, clarifican su presente y su futuro. El libro de la Sabiduría, escrito en lengua griega, fuera de la tierra de Israel, reflexiona en torno a dos cuestiones fundamentales desde el ámbito de su experiencia religiosa. La primera: “¿Quién es el hombre que puede reconocer los designios de Dios?”.
El trasfondo de esta pregunta busca extraer, con suma dificultad, la respuesta a un cuestionamiento existencial. La segunda interrogación, a modo de exámen de conciencia, pretende llevar al lector a un nivel de búsqueda de su identidad religiosa: “¿Quién es el que puede saber lo que el Señor tiene dispuesto?”. El autor de este libro sapiencial, desglosa con gran sutileza, las claves de la realidad del hombre que quiere vivir su fe en un mundo superficial.
La verdadera sabiduría alcanza su plenitud bajo la luz del Espíritu. El hombre humilde agrada a Dios. La felicidad fluye, como el agua en un río, de una manera sencilla. Cada acción que desarrollamos debe llevarnos a disfrutar del encuentro con el Señor que es nuestro refugio. Nuestra vida, enseña el salmo 89, breve como un sueño, semejante a la hierba matinal, tiene razón de ser cuando reconocemos que todo tiene sentido a partir de nuestra búsqueda del amor verdadero.
El hombre alcanza la verdadera libertad cuando reconoce que Jesucristo es el centro de su vida, tal como escribe san Pablo a Filemón. El Apóstol, preso por la causa del Evangelio, respira el aire fresco del amor a Cristo, por quien dejó todo y por quien ganó todo. Pablo asumió con verticalidad el riesgo de proclamar en todas partes que el mundo está cristificado. Con su vida, tantas veces amenazada por el fuerte oleaje de los mares turbulentos, llegó a los lugares más insospechados con el mensaje, tan claro como la luz que encandiló sus ojos y cambió el giro de sus objetivos: Cristo ha resucitado y vive para siempre entre nosotros.
Las manos de Jesús tocaron el rostro de muchos seres humanos, desvalidos y discriminados, para devolverles el norte de su andadura. San Lucas, fiel a su carisma, esboza con términos concisos el alcance de la misión de Jesús. Cuenta caminaba entre una gran muchedumbre a la que compartía, con obras y palabras, las exigencias de su llamado. El seguimiento radical del discípulo requiere renunciar, sin mirar atrás, a muchas ataduras que condicionan la naturaleza del discipulado: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. El peso de la cruz marca la intensidad de una entrega absoluta: “El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discipulo”.
El misionero, una persona sabia, decide lo que quiere hacer. Tanto el constructor de una torre, como el rey que va a combatir con otro rey, planifican el presente y el futuro de sus proyectos. El anuncio del reino de Dios nos exige testimonio de vida y buena actitud.
