P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Los pueblos conservan en su memoria muchas historias escritas, tesoros de gran valor, fruto de vivencias de toda clase. Cada momento talla hechos que quedan impregnados en su identidad. El tiempo las recrea y los hijos de las generaciones sucesivas las difunden como relatos llenos de colorido. En el Antiguo Testamento encontramos el libro de los Números que ha recogido una de las tantas etapas de una larga peregrinación por el desierto hacia un destino incierto.
El pueblo de Israel, guiado por un líder emblemático, Moisés, goza de momentos de libertad. Carga con el peso del cansancio, del dolor y de la nostalgia. Vivieron como esclavos en Egipto, un imperio que los alimentaba y calmaba su sed. La impotencia en el extenuante trayecto despierta en su interior un sentimiento dormido. Murmuran contra Dios y contra todo el mundo: “¿Para qué nos sacaste de Egipto? ¿Para que muriéramos en el desierto? No tenemos pan ni agua y ya estamos hastiados de está miserable comida”. La respuesta de Dios lo lleva a sufrir la mordedura de las serpientes. Muchos mueren y otros sobreviven ante la imagen de una serpiente de bronce. No resulta tan fácil entender la pedagogía divina.
Sin embargo, los signos de curación y fortaleza espiritual tienen un efecto positivo en su vida. Con el paso del tiempo, un hombre piadoso proclama un himno que actualiza este momento histórico. El Salmo 77 invita a mirar, desde la profundidad de la fe, la presencia paternal y providente del corazón de Dios: “El Señor, que es siempre compasivo, los perdonaba y no los destruía…”. Resuena el eco de la voz profética que llena de esperanza al pueblo que se siente desvalido: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Jesús, plenitud de la revelación, Camino, Verdad y Vida, carga sobre sus hombros las consecuencias de nuestros pecados.
San Pablo, en una de las cartas de la cautividad, exalta la naturaleza divina y humana de Jesús: “No consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres”. Su nombre está sobre todo nombre, para que por Él, todos reconozcan que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. San Pablo, invita a volver la mirada ante quien encontramos el alimento de la vida eterna. Jesús, es el Pan que baja del cielo. San Juan, por su parte, recoge la historia de la búsqueda de un hombre que quiere cambiar la naturaleza de sus proyectos humanos. Nicodemo escucha el monólogo de Jesús, un tratado espiritual que lo reconforta en la búsqueda de una fe verdadera: “Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del Hombre, que bajó del cielo está en el cielo”.
Dios, que ha enviado a su Hijo para salvar el mundo, lo libera de las ataduras que lo mantienen esclavo. La murmuración contra la acción de Dios, que ama al hombre porque lo creó por amor, no fortalece los vínculos fraternos entre nosotros. La cruz de Jesús nos ofrece la garantía de una paz profunda, con frecuencia ausente, pero siempre necesaria.
