Cuentos y leyendas de mi tierra: El Caballero de las espuelas de oro

Vista de la iglesia en la ciudad de Loja, con montañas y casas de fondo.
El Caballero de las espuelas de oro, leyenda lojana que perdura en el tiempo. Foto Cortesía.

La ciudad de Loja desde agosto hasta diciembre  celebra diversas actividades y es precisamente en el mes de la Navidad que los antepasados relatan una leyenda sobre el demonio convertido en buen individuo, quien castigó a los hombres enamorados de dos extranjeras porque daban rienda suelta a la lujuria y el pecado.

Relato

El Caballero de las espuelas de oro es una de las leyendas más inquietantes de la ciudad castellana debido a que estaría relacionada con hecho reales.

En exclusiva para Diario Crónica, Gregorio Calle, habitante de la ciudad y amante a las historias, relató que todo empieza con las fiestas del 8 de diciembre cuando a la ciudad de Loja llegaron cinco señoritas del Perú a ser partícipes de las actividades; por su belleza todos los hombres, incluido los casados desean recibirlas en sus casas.

“Este ambiente de amabilidad provocaba que las lojanas sientan celos, hasta que cierto día se cansaron y ya no les dieron posada a las mujeres. Ellas desesperadas tuvieron la intención de regresar a su tierra natal, ante ello, un hombre les ofreció una casa abandonada y ellas aceptaron”, relató.

Desde ese día, todas las noches hacían bailes y los hombres del pueblo acudían al sitio a divertirse. Había pasado un buen tiempo y a la vivienda llegó un hombre esbelto, bien vestido, incluso en sus zapatos tenía espuelas de oro, quien animó las fiestas.

“Las mujeres peruanas empezaron a tener recursos, permitiéndoles contratar a una empleada. Ellas caminando por el río Malacatos observaron a una señora delgada, su hijo que no paraba de llorar y le ofrecieron trabajo, ante la necesidad decidió aceptar”, añadió.

Pasaron muchos años hasta que el niño creció, sin embargo, la empleada y su primogénito jamás participaron de las fiestas nocturnas. Cierto día llevados por la curiosidad observaron desde la ventana el buen ambiente de los bailes cuya tradicional frase era “que retunda que te lo hunda”.

En ese instante, el niño gritó desesperado que el hombre con las espuelas de oro botada chispas de sus pies, boca y oídos, la madre horrorizada rogó a Dios que la salvará e hizo la señal de la Santa Cruz. El demonio convertido en buen samaritano le dijo “Gracias a ti este pueblo se ha salvado”, abriendo la tierra y desaparecieron todos los presentes.

Desde ese instante nadie volvió a realizar fiestas donde pregonen el pecado, porque presumen que al hacerlo las personas serán llevadas al infierno.(I).