Galo Guerrero-Jiménez
Enamorarse de la lectura de un buen texto que nos haga pensar, reflexionar y sentir cada palabra en lo más hondo de nuestra psique, es enamorarse de nuestra grandeza humana, pero también, es adentrarse en los vericuetos de la vida que, con sus tragedias, sus desgracias y sus vicisitudes, nos permite gestionar nuestro intelecto y nuestra emoción para extraer lecciones de vida de esas circunstancias adversas y leídas al calor de la escritura que puede estar plasmada en una obra literaria, en un ensayo o en una obra científica que desde su facticidad, o desde la ficción enriquecida por la belleza de la palabra, realiza un análisis descriptivo, expositivo, narrativo, comparativo, de contraste, argumentativo, reflexivo, enunciativo, filosófico, antropológico y/o poético; todo, con el ánimo de que nos entrenemos, desde la lectura, para comprender el mundo en sus múltiples manifestaciones humanas y poder intervenir en él desde nuestra mejor idiosincrasia personal, ocupacional, profesional o de estudiante en movimiento intelectual para galantear mi dignidad desde el conocimiento que, debidamente leído, asimilado, reflexionado, cuestionado, dialogado, interrogado, pueda ser partícipe, es decir, el mejor actor o interviniente para comunicarme lingüísticamente y entrar en comunión con la comunidad a la cual me debo como existente y participante de ese conglomerado humano.
Enamorarme, es decir, inmiscuirme en la vida de esas páginas que reposan en mis manos o en mis dedos cerebrales y digitalmente manipulables en una pantalla virtual para extraer el condumio de ese texto escrito que, al ser leído con devoción, con mística y desde el reino de mi libertad mental, pueda configurar una ética de compromiso personal a partir de la amistad externa en la que se constituye el texto leído, hasta configurar una morada interna, sólida, creíble, en cuanto me es posible ese compromiso pionero con la civilización, y en la que mis formas de pensar se compaginen reflexiva, dialéctica y ontológicamente para sostener, por ejemplo, que “las principales amenazas a las que se enfrenta el homínido social que llevamos dentro ya no son los depredadores, la escasez de alimento o las inclemencias meteorológicas, sino la insatisfacción crónica, la ansiedad por el estatus, el aislamiento, las conductas adictivas, la depresión y no sé cuantos males más de la civilización” (Beruete, 2021).
Una ética contemplativa desde esta perspectiva lectora que impacte mi morada interna desde el silencio más íntimo que se necesita para adentrarme en ese exquisito mundo de palabras que el escritor me las pone ‘a flor de piel’, y pueda, desde esta circunstancia, validar las diferentes perspectivas axiológicas y estético-cognitivas que mi conducta lectora provoca, como, por tomar otro ejemplo, la del dolor. “Nietzsche nos enseña que, en el fondo, en toda lectura hay dolor, porque no se puede eludir la incertidumbre. Su sabiduría es una sabiduría de lo incierto porque lo que uno descubre en la lectura resulta siempre distinto. Hay que proceder con cautela, hay que leer lentamente, hay que rumiar” (Mèlich, 2020) para configurar esa morada interna, tan íntima y contemplativa desde la amistad externa que he logrado configurar con esa obra leída y sentida desde el dolor o desde el placer más armónico.
Una ética contemplativa, también, desde esta morada íntima, como la del papa Francisco, cuando en su libro autobiográfico denominado Esperanza, señala que “hoy el mundo nos parece cada día más elitista, y cada día más cruel con los excluidos y los descartados. A los países en vías de desarrollo se los sigue dejando sin sus mejores recursos naturales y humanos para provecho de unos pocos mercados privilegiados” (2025). Pues, desde esta sabiduría interior, espiritual, franca, elocuente en su decir papal, el lector se consustancia con este clamor de dolor por esta calamidad social en la que confluyen la ignominia y la estulticia del mundo.
