P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Nos planteamos un tema complejo porque atañe, en un alto grado de profundidad, a la vida espiritual de quienes vivimos inmersos en el mundo de la fe con el consecuente compromiso de evangelizar. La Palabra de Dios, rica en contenido y exigente en la asimilación de su mensaje, nos lleva de la mano por el camino del discernimiento. Nos permitimos adentrarnos en los cuestionamientos de los personajes bíblicos que marcan el paso de nuestras inquietudes. Un hombre poco conocido, llamado Habacuc, que pertenece al conjunto de los “Profetas Menores” del Antiguo Testamento, comparte su experiencia de encuentro con Dios.
Habla con Él. No dirige sus palabras al pueblo. Su vida interior gime con dolor ante la realidad social que vive su pueblo: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, ¿y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme?”. Dios le responde con palabras llenas de fortaleza paternal: “El malvado sucumbirá sin remedio, el justo, en cambio, vivirá por su fe”. La fe alimenta su espíritu y lo llena de esperanza. Un pueblo que vive una religiosidad como estigma de identidad ha caído en manos de la infidelidad. Ha roto la Alianza con Dios. El salmista clama a viva voz: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”. Invita a obedecer al Señor que nos dice: “No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras”. El afán por pregonar un egocentrismo exacerbado los ha llevado a vivir lejos del buen camino. Es necesario volver al amor del principio.
Continuamos escuchando la voz de los hombres que viven su fe. Hablan de Dios con convicción. San Pablo, en su segunda carta a Timoteo, le recomienda reavivar “el don que recibiste…El Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación”. Timoteo asume la misión de predicar la Buena Noticia como testigo del amor de Jesucristo por él y por toda la humanidad guardando “este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo”. Timoteo, como obispo, recibió dones espirituales para transmitir a sus destinatarios la necesidad de vivir con coherencia su fe, de modo que la religión no muestre señales de un frío cumplimiento.
San Pablo es consciente de la debilidad de muchos hermanos que consideran su fe como una virtud que no los compromete. San Lucas, el querido médico griego, narra un pasaje que contiene algunas catequesis y un compromiso. Una de ellas responde a una petición que proviene de los Apóstoles: “Auméntanos la fe”. Jesús les enseña con la parábola del grano de mostaza, tan pequeña en su naturaleza y tan grande en su importancia. La otra, que parece imposible de cumplirse: “Podrían decir a ese árbol frondoso: arráncate de raíz y plántate en el mar, y los obedecería”. Finalmente, la actitud del siervo que cumple con su labor con esfuerzo y honestidad, destinado a compartir con su amo el fruto de un trabajo de calidad. Jesús concluye: “No somos más que siervos, solo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. La religión tiene verdadero sentido cuando la fe es auténtica.
