Galo Guerrero-Jiménez
Si hoy, como nunca, nuestros ojos, nuestra mirada, nuestros dedos y nuestro cerebro se posan durante muchas horas en una pantalla, porque el sistema mundial de las comunicaciones y de las tecnologías artificiales y digitalizadas así lo demanda, lo cual nos da la oportunidad para enfrentar lo bueno que conlleva la tecnología electronal y la inteligencia artificial; y, lo nocivo de este milenio que se centra en millones de niños y de jóvenes en el planeta, que hoy sufren de intoxicación digital por el exceso de uso de estos aparatos que están atrofiando la mente del usuario, en donde las enfermades neuróticas a causa de la saturación de información lo llevan a vivir en la era de las distorsiones y de la felicidad irreal, ante todo, porque creen que están viviendo en la era de la felicidad artificial y en el éxito superficial de las redes sociales.
La angustia, por lo tanto, se posa, como nunca, en los padres de familia, en las casas de salud mental y en los docentes, hasta al punto que, los investigadores en el campo de la educación, hoy se preguntan: “¿Qué debe saber y saber hacer el profesorado para enseñar a usar las palabras y otros códigos de la comunicación humana [en las tecnologías de la imprenta y virtualizadas] en las aulas de la educación obligatoria y del bachillerato? [e incluso en la universidad] ¿Qué conocimientos, destrezas y actitudes han de tener quienes enseñan lenguaje y literatura en las instituciones escalares para desempeñar sus tareas docentes en coherencia con los objetivos comunicativos atribuidos hoy a la educación lingüística y literaria?” (Lomas, 2024) y, por ende, en todas las disciplinas del saber humano.
Por supuesto, en todas las áreas del conocimiento, porque todas se sirven de la palabra: lingüística, estética y comportamentalmente asumida ontológica y dialécticamente para que haya una resonancia mental, aguda, crítica, reflexiva, contemplativa y de interés en la palabra científica y humanísticamente comunicada y analizada pedagógicamente, no para enseñar a partir de respuestas, sino para promover las preguntas en este mundo digital “que sepultó el arte de cuestionar. Jóvenes y adultos, con las debidas excepciones, se vuelven consumidores pasivos del mundo digital, y rara vez cuestionan lo que ven o lo que oyen” (Cury, 2024).
Seguir insistiendo en el poder de la palabra adecuada en la presencialidad humana de alumnos y maestros en el aula; y, en el hogar, la de los padres de familia, para calmar el ansia de estar conectados digitalmente, de manera que haya espacios prudenciales para cultivar la palabra expuesta en la tecnología de la imprenta; pues, ella y el lector, deben seguir creyendo “profundamente en el poder transformador de los libros. Algo sucede en la conciencia cuando nos llega el libro indicado, algo brota, nace, y nos encontramos de pronto pensando y sintiendo de otro modo, haciéndonos ciertas preguntas que antes no nos hacíamos. Creo en una emancipación por medio de la biblioteca. Es posible liberar a un pueblo [esclavo de la tecnología digital] solo a punta de hojas de papel” (Mendoza, 2022) para que continúe pensando.
Y, por supuesto, conviviendo sanamente con las pantallas, con el tiempo prudencial que demanda en todo momento la capacidad comunicacional y de comunión de una comunidad de aprendizaje que hace el esfuerzo diario de entretejer “los vínculos afectivos y los aprendizajes escolares que se enhebran en el aula [y en el hogar] del hablar, del escuchar, del leer, del escribir y de entender lo que se escucha, lo que se lee y lo que se escribe. Por ello, conviene no olvidar nunca el tratamiento ético y afectivo de la educación y seguir tejiendo en las aulas, cuerpo a cuerpo, los saberes y las mediaciones que hacen posible que las escuelas sean y sigan siendo escenarios compartidos de aprendizajes, de equidad, de convivencia armoniosa y de democracia” (Lomas, 2024), tan venidos a menos en la lucidez que tiene el texto y el lector.
