Galo Guerrero-Jiménez
En estos tiempos de violencia, de crisis, de enredos políticos, de intereses económicos de determinados grupos de poder, de guerras macabras y depredación de la naturaleza que el ser humano los experimenta con espasmo, la mejor manera de cuidarse es a través de la palabra expresada y sentida desde un pensamiento razonado, coherente con la realidad ecológico-contextual en donde pervive; se trata de un lenguaje de reposo, de protección y de raciocinio intelectual y emocional que hay que buscarlo en el silencio más íntimo y desde la contemplación más sentida que un ser humano pueda crear a la hora de estar atento a esa palabra que puede ser leída, escuchada, e incluso escrita con la solvencia que su idiosincrasia le permita.
No se trata de salir a buscar cualquier palabra que, de hecho, la encuentra en el mundanal ruido de la calle, en las tecnologías virtualizadas y en cualquier espacio en donde el ciudadano se sale del marco legal y moral que esa palabra exige para seguir guardando la coherencia humana a través de nuestros actos, por simples o elevados que estos sean.
Escuchar la palabra de la madre que cuida a su hijo, la del docente que trabaja diariamente en el aula, la de los tecno-científicos, humanistas, filósofos, teólogos, religiosos, líderes, artistas, gestores culturales e investigadores que aportan intelectualmente en todos los campos del saber humano; pues, ahí aparece una palabra altiva, afectiva, incluso efectiva y apegada a la verdad de las realidades cotidianas, y que, la encuentra en un texto escrito, tan venida a menos por la arremetida inmisericorde de las tecnologías electronales y “el aumento de la conectividad, gracias a las redes, que deberían llevarnos a poder decidir conjuntamente, deliberando, qué queremos hacer de nuestro futuro, [sin embargo,] no mejora la comunicación veraz. Por el contrario, triunfa una vez más la razón estratégica, que pasa a ocupar todo el espacio público, y se produce el eclipse de la razón comunicativa” (Cortina, 2024) y comunitaria.
Por eso, de manera individual o colectiva, según se organice un grupo comunitario en el aula, en la familia, en clubes, en asambleas y en todo espacio factible, es posible que se acuda con la palabra que no engaña, que no miente, siempre y cuando pueda hacerlo desde el sosiego personal, es decir: la quietud, la tranquilidad, la serenidad, la ataraxia, el culto dúlico y la alteridad para ir en post de ese lenguaje enaltecedor para el alma, para el intelecto y, lo más vital, para el crecimiento de una postura emotivo-espiritual, siempre y cuando, a cada ciudadano le sea posible desconectarse del mundo virtual, no por siempre, sino por espacios, los que este mundo agitado, fatigado y estresado le permita encontrar en la noche, en el día, un fin de semana, en fin; es usted y nadie más que usted, con su voluntad, con su libertad y desde su carácter autónomo y político-ideológico-axiológico y dialéctico-ontológico, para que se adentre en el área de conocimiento que sea de su interés, de su profesión o de su ocupación diaria.
Así lo hace el filósofo coreano Byung-Chul Han, cuando en su libro titulado Sobre Dios, analiza el pensamiento filosófico, político y místico de la francesa Simone Weil (1909-1943): “Hace ya algún tiempo que Simone Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma. Y hoy en día sigue viviendo y hablando dentro de mí. En su momento, comencé una conversación interna, íntima, con ella. Empecé a sentir una profunda simpatía por su pensamiento. Weil se dirigió a una parte de mi alma de la que yo no había sido muy consciente hasta entonces, pero que había albergado en mi interior en todo momento y con toda viveza” (2025).
Esa es la huella interior que impregna un libro leído; nos impacta y nos conmueve en lo más íntimo de nuestro pensamiento con una fuerza contemplativa, e incluso, a veces, mística.
