El baúl de los recuerdos: LA IMAGEN DE LA VIRGEN ENTRE LLAMAS  

Efraín Borrero Espinosa

El doce de octubre de 1955 se produjo un incendio en la Iglesia de San Sebastián, construida por el cura Eliseo Álvarez Sánchez, un sacerdote virtuoso y con extraordinaria fuerza humana que vivió para sus semejantes en amor de Dios.

Él templo fue levantado en honor a la Virgen de Lourdes ya que estaba fresca la noticia de la aparición de la Virgen María en Lourdes, Francia. Lo hizo con sus propios recursos y los de su familia; pidiendo limosnas y organizando bazares y otros eventos.

A ese fervor religioso se debe el nombre de la emblemática calle Nuestra Señora de Lourdes, la más atractiva de la ciudad porque nos traslada a una época de antaño. Es una calle que se conserva como reliquia colonial y muestra sus casas pintadas de llamativos y vistosos colores, con balcones de madera y faroles.

En aquel tiempo la Venerada Imagen de la Virgen del Cisne era nuestra ilustre visitante, en cumplimiento fiel del decreto dictado por Simón Bolívar el veinte y ocho de julio de 1829, en la ciudad de Guayaquil, cuyo texto reza:

“Se concede Privilegio de Feria y exención de derechos a los efectos que se expendan en ella desde el doce de agosto hasta el doce de septiembre de cada año siguiente a la festividad de Nuestra Señora del Cisne, que anteriormente celebran en la parroquia de este nombre; y que, de acuerdo con la autoridad eclesiástica de aquella jurisdicción, se trasladará anualmente a la ciudad de Loja”. Con ese mandato formalizó la que constituiría a lo largo del tiempo una de las romerías más grandes de América, además de dar origen a la feria más antigua del país. 

La Imagen llegó en procesión a la Iglesia de San Sebastián en medio del furor de los vecinos del barrio, luego de haber permanecido algunos días en San Francisco y Santo Domingo. Con todos los honores fue recibida por el cura párroco Víctor Eguiguren y el sacerdote coadjutor Max Celi.

El sacristán Segundo Miguel Jaramillo Cevallos puso a punto el retablo mayor de la iglesia con el apoyo de un grupo de feligreses, porque ahí sería su morada temporal. Para este efecto colocó la Imagen de la Virgen de Lourdes en otro sitio. Esa imagen fue la que salvó la vida del prestigioso abogado Agustín Espinosa Álvarez, el siete de diciembre de 1886, gracias a la protección de su tío Eliseo Álvarez Sánchez, quien fungía como párroco.

El hecho ocurrió cuando la tropa de revolucionarios comandada por Luis Vargas Torres avanzaba desde Catacocha para tomarse la plaza de Loja y fue derrotada en las afueras de la ciudad por el ejército venido desde Cuenca al mando del coronel Vega Muñoz, quien tenía la consigna de acabar con todos los liberales radicales lojanos. Agustín Espinosa, que era uno de ellos, logró evadir el asedio y se refugió donde su tío Eliseo Álvarez quien estaba en santa oración en el templo que había construido.

Sin saber qué hacer con su sobrino tomó la decisión de esconderlo detrás de la Venerada Imagen de Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en la parte superior del retablo de la nave principal, cubriéndolo con su ancho manto. El escondite fue exitoso porque los soldados de Vega Muñoz no dieron con su paradero.

Ese día doce de octubre de 1955, entre las siete y ocho de la noche, un cortocircuito en algún alambre viejo provocó un incendio en el interior del templo, que por la hora estaba cerrado, y que bien pudo haber sido de grandes proporciones.

Era el segundo que se había producido en ese sector; el primero fue en 1946 cuando el fuego abrazó la pequeña casa de “Relángamo” Fernández en el Barrio Obrero, en la que vivía solo. Desaprensivamente fue a misa en San Sebastián dejando encendidas dos velas, una para San Epifanio y otra para la Virgen de las Mercedes. El vecindario enfrentó el flagelo con todo lo que tenía a su alcance, incluso raspando la calle polvorienta para lanzar tierra a los puntos focales.

El siniestro en el Barrio Obrero provocó una especial motivación en Miguel Ángel Vélez Valdivieso, hombre de recia personalidad, afable, emprendedor y amante de nuestra tierra lojana, quien consideró que había necesidad de aunar esfuerzos para brindar seguridad a la pequeña urbe frente a esos desastres. El siete de noviembre de 1946 fundó el Cuerpo de Bomberos de Loja, y vistiendo orgulloso la “casaca roja” ostentó el rango de Primer Jefe al mando de sesenta hombres voluntarios. 

El Padre Nilo Espinosa Sigcho, que es un auténtico guardián de la memoria histórica religiosa de Loja, además de poseer una vasta bibliografía y fotografías poco conocidas sobre el tema, me dijo que antes de lo ocurrido en la Iglesia de San Sebastián, la Venerada Imagen de la Virgen del Cisne sufrió una afectación en su rostro a causa de un incendio producido en la Iglesia Matriz, erigida posteriormente como Iglesia Catedral, el dos de mayo de 1837. El artista que la restauró fue Felipe Santiago Herrera.

Sobre el incendio del doce de octubre de 1955 comentó que fue el sacerdote Max Celi quien, desde su habitación en el convento, se dio cuenta que algo se quemaba en el interior del templo. Velozmente corrió hasta la casa del sacristán Segundo Miguel Jaramillo Cevallos para que abra la puerta de la iglesia. Efectivamente, el fuego había devorado unas cortinas y parte del retablo, en cuya parte superior estaba la Imagen de la Virgen del Cisne. Con su fe inquebrantable y sin escatimar el peligro trepó por la estrecha escalinata del retablo para rescatar la Imagen.

Alfredo Álvarez Celi, quien vivía a poca distancia, se hizo presente con su caja de herramientas para contribuir a enfrentar el siniestro. Era un experto en el manejo de redes de agua potable ya que desde 1953 trabajaba en la planta municipal del Pucará, cumpliendo su labor con esmero para servir de la mejor manera a su tierra,

Los vecinos del barrio, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, acudieron presurosos para tratar de salvar la situación. Uno de ellos fue Emiliano Ortega Espinosa que con la intensidad de su pesar fijó la mirada en la Imagen. El nueve de octubre de 1956 escribió “Meditación Lírica” en la que describe lo que vio con las siguientes palabras:

¿Qué anhelaste decirme, Señora, esa noche en que a tu Imagen Santa la miré tan     obscura; sin tu Niño adorado, sin el cetro en la mano, sin el manto de Reina, sin la preciosa túnica, desgreñado el cabello, empañada la frente –  la frente donde toma la azucena su albura – con un blanco sudario cual si en aquel instante hubiera resurgido del fondo de una tumba?

El Obispo Nicanor Roberto Aguirre dispuso que nadie más vea el estado calamitoso en que se encontraba la Imagen, sobre todo porque el restaurador anterior, Felipe Santiago Herrera, había utilizado plomo en el rostro que con el fuego se debilitó. 

Dispuso que se la guarde en un lugar seguro y autorizó para que urgentemente se contacte al más destacado de los escultores, a fin de que se haga cargo de la restauración. Con las mejores recomendaciones se contrató al artista Luis Alberto Aguirre, oriundo de Cotacachi, quien vino acompañado de su hijo Guido Aguirre que también era escultor. Los gastos fueron costeados por el Comité de Damas Pro Basílica de El Cisne.

En el año que duró el trabajo de restauración también se creó una réplica exacta de la Imagen de la Virgen del Cisne para proteger la original, a la cual se la llama “la Virgen Viajera”.

Para que el pueblo lojano vea reluciente y hermosa a su querida “Churonita”, la Curia Diocesana y la Comunidad de Padres Oblatos, que administraba la Basílica de El Cisne, organizaron una magna procesión por la parte céntrica de la ciudad. Millares de flores se lanzaron desde los balcones y la gente colmada de euforia la aplaudía a su paso. No faltaron las lágrimas que denotaban el profundo dolor por lo ocurrido, así como las manifestaciones de amor a su guía espiritual que emocionadamente expresaba la multitud de creyentes lojanos.