Santiago Armijos Valdivieso
A pesar de los problemas viales que la aquejan, gracias a la belleza que la rodea y al calor de sus hijos, nuestra querida Loja recibió un importante número de visitantes en el feriado de noviembre, quienes disfrutaron al máximo de sus diversos y numerosos encantos.
Un claro testimonio de aquello lo experimenté con la visita de una amiga familiar, quien por primera vez pisó la ciudad de Mercadillo y de los dos juguetones riachuelos. Como era de esperarse, sus impresiones fueron muy positivas y los elogios para nuestra urbe y sus alrededores fueron generosos. Entre los sitios lojanos que más atrajeron a la visitante estuvo el encanto de recorrer el centro de la ciudad, protegido y bendecido por las iglesias y parques de San Francisco, La Catedral, Santo Domingo y San Sebastián. En ese recorrido urbano y cautivante se maravilló por la limpieza de las calles, libres de cables y tendidos eléctricos, algunas engalanadas con adornos coloridos para el Festival de las Artes Vivas, llenas de personas alegres y amables, siempre dispuestas a dar información a quien la necesita. Asimismo, nuestra amiga quedó maravillada al conocer el precioso parque de Jipiro, el teatro Benjamín Carrión, la Puerta de la Ciudad, el teatro Bolívar, el Museo de la Música, la casona universitaria, los imponentes campos universitarios de la Universidad Técnica Particular de Loja y de la Universidad Nacional de Loja.
Pero el gusto que tuvo nuestra amiga por la gastronomía lojana es punto aparte. Tal es así que su regocijo, al saborear el mejor café de altura, los tamales de chancho, el pan y la fritada, no escatimó expresiones para calificar a la comida lojana como una de las mejores del Ecuador y, quizá, de Latinoamérica. Estos entusiastas comentarios gastronómicos se agigantaron cuando ella probó la cecina de cerdo, la yuca, el repe, las arvejas con guineo, el chicharrón, el estofado de gallina criolla, los bocadillos, las puercas y la colada morada.
Para sellar su embelesamiento hacia Loja, ella logró conocer Malacatos y Vilcabamba, sin duda los sitios más propicios para la vida, la naturaleza, la sencillez, la amistad, la inspiración y para todo aquello que se acerque a la felicidad.
Recuerdo que las noches en que mi familia y ella estuvimos en los parques centrales de Vilcabamba y Malacatos, en el que la algarabía inundaba sus instalaciones, una gran cantidad de visitantes de todo el Ecuador, y especialmente de la provincia del Azuay, exteriorizaban alegría y entusiasmo, seguramente contagiados por la magia que emanan los tibios aires de esos paraísos terrenales.
Sin duda, la cálida y feliz experiencia que tuvo la amiga de mi familia es compartida por muchas personas que visitaron Loja en este primer feriado de noviembre. Aquello, confirma el gran potencial turístico que tiene nuestro terruño, el cual, a pesar de todas las limitaciones para llegar, sigue siendo bello, único, atractivo y, sin la menor duda, un precioso rincón del mundo para abrazar la felicidad.
Desde esta columna hago votos para que los turistas visiten nuevamente Loja en la décima edición del Festival de las Artes Vivas que se desarrollará del 13 al 23 de noviembre de 2025, en el que todos los lojanos seremos anfitriones y responsables del éxito de este.
