Por: Sandra Beatriz Ludeña Jiménez
Una famosa frase de Mafalda dice: “Si algún día te pierdes… búscate en las cosas que amas”. Me he descubierto amando el Festival Internacional de Artes Vivas, décima edición, sede Loja (Festival de los ecuatorianos); aunque a veces, seamos como una pelota pateada con impericia, que ha ido a parar en el lugar menos pensado. Entonces, confundidos, buscamos ubicarnos. En mi caso, me he buscado en los anhelos de cada actor que asiste al festival y, me he sentido latiendo en su latido. He admirado cada color que pinta un paisaje llenito de cultura y he sido parte intensa de ese tinte que tiñe la emoción del actor y espectador.
Así, tal como alguien dijo: “A veces, la magia ocurre cuando decides no rendirte y hacer posible lo que parecía perdido”. Hoy recorriendo la calle Simón Bolívar, de mi natal ciudad, Loja, mirando cada artista y su esfuerzo por incorporarse cada vez más esbelto en su vocación, observando la perfección de los rostros dibujados en suelo lojano, se me escapa un suspiro. Hay en estos días un ambiente de festividad inigualable, un no se qué, que endulza el aire. Se respira arte en esta ciudad pletórica del “Alma lojana”.
He ido a los recitales de poesía y he disfrutado de cada verso. Admirando los conversatorios, que anidaron la voz propia de los artistas, definiendo lo que es la lojanidad y la sabiduría de los cronistas nutriendo la intensidad lojana. Vaya que sí estaba perdida entre los ajetreos de la vida. Nadie recuerda al niño que encendía la fogata con chamiza de llashipa seca, solo para verla arder, y soñar con su luz, que no solo enciende la llama, sino la nostalgia de nuestra historia.
Entre música, versos, teatro, arte, presentación de libros, danzas, conversatorios de emprendimiento cultural, hay un racimo de calles sobre la frente del sol que se esconde. Pero, quedan hombres y mujeres inspirados, ellos, los que, con dientes aún propios, sonríen y dicen, que es posible dejar atrás al humano triste, al humano olvidado.
Soy la fécula molida en el pan del prójimo, soy las manos que amasan, pero también las manos que dan. No tengo resentimientos que amarguen mi miga. Dos pájaros cantan en el tejado viejo, donde crecieron hierbas indómitas, testigos del esfuerzo de mis abuelos, amasando esta identidad. Aún está presente el batán y la piedra, que molía el grano de comino. Aún, tengo el sabor de la tapia, que raspaba de las paredes del cuarto donde crecí, allá donde no había departamentos lujosos, ni edificios modernos; solo dos cuartos: una para dormir, otro para cocinar. Las familias más acomodadas tenían zaguanes, pasillos y otros cuartos tibios, con olor a hogar.
Mientras la sangre bulle con efervescencia, por los recuerdos hechos festín, no olvido los panes recién sacados del horno de leña, las canastas de la abuela que aguardaban mi hambre, la bolsa del mercado, llenita de ilusiones. En este festival veo niños pintando, soñando, con tiza en mano y regreso al tiempo de blancas piedrecillas en la bolsa del que sueña.
Loja se ha escrito de colores, con corazón que se sale de sus casillas y dice esto es lojanidad. Hay un anuncio enorme en cada rostro de pared, en cada fisonomía de árboles y emblemas, donde un taburete alberga el genio de un malabarista, junto a él, otro artista, entre ambos, anuncian las vivas artes que perviven en los corazones de aquellos que hacen artes vivas. Si un día te pierdes, ven al Festival de Artes Vivas (Festival de los ecuatorianos).
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