De la música a la escritura

Danny A. Orellana Vásquez

Desde chico, sin un buen libro a mano, descubrí en la música un refugio. Habitar esas melodías era dejarse invadir, reconocerse en uno que otro verso y sentir cómo ciertas armonías resuenan dentro y fuera de la piel. Así escuché la crudeza de la vida en poesía: “Sufro locura transitoria, bajo a la tierra y cruzo la línea divisoria que separa en esta historia la locura y la razón” (“Locura transitoria”).

Entre tantas voces, apareció la de Roberto Iniesta, áspera, ronca y contraria, un maestro en romper prohibiciones. Sus canciones parecían arrancar de mí palabras que aún no sabía pronunciar ni entender. Aprendí con él que la ternura no excluye la severidad, y que el amor, el desencanto o la rabia pueden expresarse con brutal sinceridad: “El amor se fue volando por el balcón adonde no tuviera enemigos y ahora estoy en guerra contra mi alrededor” (“Segundo Movimiento: Lo de fuera”).

Cada tema de Extremoduro abría ventanas hacia un mundo donde los marginados tenían voz, la derrota era digna y la libertad se gritaba sin reglas: “Necesito droga y amor”. Descubrí que la belleza no es dócil, sino áspera y sucia, oculta bajo la alfombra social: “Vivir a la deriva, sentir que todo marcha bien” (“Quemando tus recuerdos”). Fue mi lección inicial en el arte de escribir.

Con el tiempo llegaron otros: Fito con su whisky y humor, Platero y sus trozos de memoria, Extrechinato y su lírica triste, La Fuga y la nostalgia que duele, y Rulo, que ve estrellas sin mirar al cielo. De ellos aprendí que escribir es como garabatear melodías, que la poesía puede oler a asfalto quemado y tener sabor a cervezas compartidas al amanecer.

Estoy convencido de que muchos escritores se encuentran en esas metáforas musicales: palabras de un espíritu inconforme capaz de estallar en emociones. Escribir sobre mis ídolos es, en fondo, mirarme en un espejo, agradecerles por un idioma secreto y visceral que traduce el mundo. Ellos no los elegimos; nos encuentran, nos marcan con cicatrices hermosas y terminan habitando nuestras páginas como voces eternas. Como dice Robe: “Ama, ama, ama y ensancha el alma”.