Benjamín Pinza Suárez
Dos fechas representativas que simbolizan el más agradable encuentro en familia: la navidad y el fin de año. Son las fechas más esperadas por los miembros de una familia que, aunque estén ausentes, buscan la manera de estar presentes para disfrutar del caluroso y cariñoso abrazo de los abuelos, de los padres, hermanos y más descendientes. Es que el ambiente familiar es el más cálido y agradable espacio donde es posible interrelacionarnos como auténticos seres humanos, con atributos y defectos, con arrullos, comprensión, respeto y amor. El famoso Martin Luther King Jr., dice que “Hemos aprendido a volar como las aves, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”, con lo cual trata de hacer una severa crítica a esas paradojas de la vida en que, a pesar de contar con grandes avances tecnológicos y científicos, en cambio, hemos fallado en el aspecto más esencial y noble del convivir social: la empatía y la hermandad humana; hemos fallado en la construcción de un ambiente solidario, justo y fraterno.
Y ante estas incoherencias humanas y parangonando aquella reflexión del escritor británico Frederick Forsyth plasmada en una de sus novelas “El día del Chacal” que es como periodismo de investigación, diría que: Un instante placentero y vivificante en familia vale más que toda una existencia en las sombras.
Debemos comprender que es en el seno de la familia donde se fragua nuestro carácter y nuestra personalidad, donde se toman las mejores decisiones, donde se logra estabilidad emocional, donde se cultivan valores y donde se aprende a lanzarnos a la búsqueda de horizontes esplendentes. La familia es el maravilloso cántaro de vida donde nace, se cultiva y florece el amor, el respeto, la responsabilidad y la unión fraternal. Las relaciones saludables en familia son el límpido pergamino donde se escriben y se comparten las más hermosas historias y lecciones hogareñas: las buenas costumbres, tradiciones, anécdotas, experiencias, recuerdos, vivencias, logros, triunfos, caídas, alegrías, penas, enfermedades, soledad, presencias, ausencias y patrones conductuales tan esenciales para el desarrollo personal. Lo importante es que nunca debemos perder ese don de ser símbolo de unión y fraternidad, de saber tejer nuestros sueños con hilos de diamante irrompible y tener el honor de ser dignos de ser dignos.
Es en el seno familiar donde hay que valorar y aceptar a nuestros hijos tal como son: con sus virtudes y defectos para que puedan reconocer sus errores y enmendarlos, ayudándoles a fortalecer su autoestima, la independencia y el derecho a pensar, sentir y actuar con libertad, con esa libertad e independencia que nos dan los chilalos, esos pajaritos que llevan con denuedo en sus picos y en sus patas el barro y la paja para construir con mucho esfuerzo su hábitat en las ramas de un árbol para ofrecer aposento a sus crías, a cuyas crías, luego de un determinado tiempo, las preparan e incluso las empujan con sus picos para que aprendan a volar lo más alto posible.
Hoy en día estamos viviendo una crisis de valores, con familias fragmentadas, donde a las personas se las ha cosificado degradando su valor humano para dar más importancia a las cosas, sin entender que la familia es el fértil terreno donde germina la vida y donde el amor perdura para siempre. Una familia no necesita ser perfecta, solo necesita comprenderse, amarse, extrañarse, abrazarse y apoyarse; estar férreamente unida para resistir con firmeza al tiempo y a las tempestades y, para no olvidar su pasado, valorar su presente y ser viaducto de esperanza para un venturoso devenir.
