Se apagan las luciérnagas

Por: Sandra Beatriz Ludeña

Cuando se apagan las luciérnagas hay un mensaje silente, una lectura imposible de obviar, su luz deja de adornar, no por simple capricho, no porque haya un ímpetu de dignidad, sino porque si no lo notas, el fin es inminente, la desconexión total. Se apagan las luciérnagas, sí, aquellas mensajeras del vivo bosque, de la belleza de las noches de verano. Donde poetas y enamorados buscaban romantizar.   

Las luciérnagas han dejado de brillar, cada vez y con mayor frecuencia su luz se apaga y en lugares encantados donde solíamos ver su espectacular presencia, ha quedado cundido de luz artificial.  La urbanidad no da tregua, cada vez más impetuosa, más invasiva. La lluvia que regresa de su paso por las nubes dice haberlas visto migrar. Cada vez más opacadas, cada vez más desplazadas, porque su bioluminiscencia no pesa nada ante la modernidad, pero su belleza se contrapone a su implícita levedad, y su misión se hace notar.

Es año nuevo y es preciso extrañar luciérnagas, porque en el pasado, siendo una adolescente por Amable María de los valles, las veía encenderse. Acompañada de mi madre recorríamos esos santuarios. En paseos matutinos aguardando verlas, sea noviembre, sea diciembre, hasta en enero y otros meses, hermosas lucían (belleza para alucinar).

La luciérnaga no solamente ilumina, no solamente adorna, existe, persiste, expresa y hay que aprender a verlas en la plena dimensión de quiénes son. Mas, hoy en tiempos de enjambres de avispas, inundando árboles y párpados adversarios, cuando el sol se ha quebrado y, pesticidas emanados por el enemigo envenenan el ambiente, las luciérnagas no iluminan más, no salen a dar su espectáculo y no es que no nos amaron lo suficiente, como para variar su dirección del hilo azul oscuro. La luciérnaga es notoria para el ojo humano, en vida nocturna (misterio de lo natural), pero, como tantas otras cosas, sin comprensión posible, se escapan a nuestros sentidos, la luciérnaga en su breve brillo encanta y engancha vida.

Saber que, la vida misma reside en un brillo de luciérnaga, que acude y se apaga, cuando se apaga ha pasado nuestro momento, sea por consumo desprevenido del tiempo, sea por imprevisión de lo que vendrá. Por esto, recordar el brillo de luciérnaga, tan leve, tan tierno, pero trascendental.  Buscar luciérnagas es un ejercicio para valorar la vida. Entender su brillo y luego su apagado, saber que la belleza y el encanto tiene también su transformación. En rigor, al verla-entenderla, al entenderla-verla, consciente de su misión, la estrella vieja ha bajado a posarse en luciérnagas, y ni todo el peso de concreto por fraguar en este mundo, puede contra su esencia.     

Este nuevo año es tiempo de buscar sentido, muchas veces andamos intentando la belleza, amor, éxito, dicha, en los lugares más inapropiados. Mientras se apagan las luciérnagas se muere la vida, se escapa el tiempo. En rigor, se va el tiempo, se muere la vida, se apagan las luciérnagas y el vacío queda. Por esta lábil luciérnaga que es la vida, no perdamos el sentido de vivir.