Luis Carrión Mora
Hablar de la travesía millonaria de la provincia de Loja es volver la mirada a una historia que, aunque parezca intrascendente para algunos, forma parte esencial de la memoria económica, social y cultural del sur del Ecuador. Muchos compatriotas, especialmente aquellos que vivieron desde la década de los años treinta en adelante, pueden dar fe de esta crónica silenciosa, tejida entre caminos irregulares, noches de luna y sacos de café cargados al hombro…
La provincia de Loja fue siempre, sin excepción, un vasto granero de producción. La vida agrícola se organizaba en torno a dos estaciones bien marcadas: el invierno, desde mediados de diciembre hasta mayo, y el verano, de junio a noviembre. En ese calendario natural, el agricultor cosechaba y ponía a la venta sus productos. Algunos cultivos, de ciclo corto como el maní, se sembraban en agosto y se cosechaban en diciembre, especialmente en terrenos con riego. Mientras tanto, a lo largo del río Puyango, el trabajo cotidiano se mezclaba con otra actividad ancestral: el lavado de oro, una práctica que complementaba la economía familiar.
El cantón Paltas, con sus seis parroquias del occidente en ese entonces —La Tingue, Olmedo, Chaguarpamba, Buena Vista, Santa Rufina y Orianga—, se distinguía por una producción exuberante de café y maní. Desde allí partían miles y miles de sacos con destino a Portovelo, Zaruma y Piñas, poblaciones que compraban grandes volúmenes para llevarlos luego a Puerto Bolívar y, finalmente, a Guayaquil. Cada parroquia tenía su propia ruta, su propio itinerario marcado por la geografía y la costumbre.
Desde Orianga y Santa Rufina se utilizaba la vía Capiro–San Roque–Piñas; los caficultores de Buena Vista y Chaguarpamba cruzaban la Cordillera de Ramos hasta llegar al río Pindo, donde miles de comerciantes ofrecían el mejor precio; Olmedo y La Tingue conducían sus productos hacia Sambi y luego a la Costa. Eran caminos irregulares, exigentes, pero también escenarios de travesías prometedoras. En ciertos puntos estratégicos existían descansos que, sábado a sábado, albergaban millones de sucres en circulación.
Las noches de luna eran las más propicias. La frescura del clima permitía que la caravana de piaras avanzara con mayor facilidad, cada agricultor cargando hasta doscientas libras sobre sus hombros. No era solo un traslado de mercancía: era una forma de organización colectiva, una economía en movimiento que dependía del esfuerzo físico, de la confianza y del conocimiento del territorio.
Durante años, el precio del café osciló entre 200 y 300 sucres por quintal. Sin embargo, con la llegada de la bonanza durante el gobierno de Galo Plaza, entre 1948 y 1952, el valor se disparó de manera extraordinaria. En Guayaquil, un quintal llegó a costar mil, dos mil y hasta tres mil sucres, en un contexto en el que un quintal de arroz valía cinco sucres y la mejor carne de res no sobrepasaba los dos sucres la libra. El contraste económico era evidente y marcó una época.
Lo rescatable de aquel momento fue que incluso el caficultor más humilde regresaba a su tierra con veinte mil sucres, mientras que los más poderosos retornaban con cantidades mucho más voluminosas. A pesar de ello, jamás se registraron atentados en estas travesías. La confianza y el respeto parecían formar parte del mismo camino. Las fincas comenzaron a subir de precio, especialmente las cafeteras, y el mejor lechuguín arábigo se traía desde Santa Rosa. Con la llegada del invierno, se sembraban miles de plantas que, a los cuatro años, empezaban a producir.
En aquel entonces no existían bancos en muchas de estas localidades. La forma en que el dinero circulaba y llegaba a las diferentes latitudes de la provincia constituye otra historia, digna de un próximo reportaje. Por ahora, esta crónica deja constancia de una época en la que el trabajo, la tierra y los caminos sostuvieron una travesía verdaderamente millonaria, no solo en cifras, sino en memoria colectiva…
