“Pasó haciendo el bien…”

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La Iglesia celebra, el domingo, “Día del Señor”, la fiesta del Bautismo de Jesús. Todos los sacramentos reciben del bautismo, puerta de entrada a una vida llena de gracia, la fuerza y la identidad para llevar a los hombres y mujeres al encuentro con Dios. El profeta Isaías, en el contexto de su segunda parte, denominado “El libro de la Consolación”, describe la vocación y misión de un personaje, “El Siervo Sufriente”, con frases que denotan amor, complacencia, elección y sacrificio. Citamos una de ellas: “Yo, el Señor, fiel a mi designio de salvación, te llamé, te tomé de la mano, te he formado y te he constituido alianza de un pueblo, luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”.

Isaías transmite a su pueblo un designio de predilección que lo llevará por un camino de salvación. El siervo, dotado de dones sobrenaturales, asume, con obediencia, el compromiso que establece una nueva alianza con la humanidad, sellada con su sangre, plenitud de misericordia y redención. Dios habla y libera. El autor del Salmo 28 nos invita a entrar en sintonía con el Señor, cuya voz, poderosa e imponente “se deja oír sobre las aguas torrenciales…El Dios de majestad hizo sonar el trueno de su voz.

Se manifestó sobre las aguas sobre su trono eterno”. La manifestación de Dios rompe el silencio de los hombres que viven en un mundo marcado por la indiferencia, el apego a las veleidades de la sociedad y ahogados en las profundidades del mar oscuro del pecado. El salmista, con un tono de esperanza y júbilo, pide que los hijos de Dios glorifiquen al Señor con los labios y el corazón. El mensaje de salvación de Dios perdura en el tiempo. San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, revive la vitalidad misionera de la floreciente comunidad cristiana. Pedro, el pescador, habla con claridad a Cornelio, un Centurión romano, y a quienes le acompañan en su casa, que Dios “envió su palabra a los hijos de Israel, para anunciarles la paz, por medio de Jesucristo, Señor de todos”.

Les recuerda aquello que empezó en Galilea, con el bautismo predicado por Juan. En el río Jordán “Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él”. Los testigos de este momento darán testimonio de una nueva Epifanía. Dios, con su amor de Padre, revela su plan de salvación en su Hijo. San Mateo, recoge una de las bellas tradiciones, guardadas, como un tesoro, en el alma de la gente sencilla. Cuenta que Jesús pide el bautismo a Juan: “Es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”.

La Epifanía muestra la eficacia de los signos sacramentales. El agua, con la que Jesús recibió el bautismo; los cielos que se abren; la unción con el Espíritu Santo y la voz que confirma la misión: “Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mis complacencias”. Caminemos con Él.