Galo Guerrero-Jiménez
Si a la realidad la conocemos de manera directa a través de la observación de nuestros sentidos, en especial, a través de la vista, y si nos adentramos para conocerla en su real dimensión desde la lectoescritura, interviene todo el cuerpo en general a través del impacto con que el cerebro actúa desde su cognición; es decir, pensando y reflexionado individualmente cómo proceder; además, ese estado de pensar está en consonancia con el grado de conocimiento de esa realidad; con el nivel de nuestra inteligencia intelectual; con el estado de ánimo que marca nuestra inteligencia emocional; y, según sean las circunstancias ecológico-contextuales del interviniente en esa realidad para que le sea posible adentrarse en ese mundo adecuadamente, hasta que su accionar personal, en el fondo, sea el producto de un pensar elocuente que afecta su mundo interior.
En este orden, como podemos apreciar, el proceso de llegar a conocer una determinada realidad, es muy complejo y, por ende, depende de una serie de circunstancias personales, sobre todo, de carácter cognoscitivo-cognitivo, tal como las que señala el antropólogo Juan Manuel Burgos: “El punto de partida es la actividad cognoscitiva básica o primaria. Mediante una acción sensitivo-intelectual, el sujeto se pone en contacto con la realidad (externa e interna) y capta el mundo que le circunda llenando de contenidos su interior y su memoria: experiencias, personas, historias, tradiciones, teorías, paisajes, animales, situaciones, sentimientos y sensaciones, etc. Este es el material que va llenando poco a poco la interioridad del sujeto, conformando su estructura mental, y le obliga, en un segundo momento, a realizar una actividad intelectual secundaria, consistente en ordenar, asimilar, profundizar y coordinar todo ese contenido” (2010).
Por lo tanto, de qué contenidos se llena su mundo interior cuando lee un texto de su preferencia, y conste que, no es lo mismo leer un texto literario, que un texto científico; y, si este, en verdad, obedece a su plena libertad, o a la imposición que la recibe desde el mundo de la escolaridad y de la educación en general, en donde, el docente se ve obligado a obligar a leer, y tratando de emplear las estrategias más adecuadas; a su vez, no es lo mismo leer en físico que leer en las pantallas digitalizadas; ni es lo mismo cuando el que lee es un investigador o un escritor.
Y si a la realidad a la que pretendemos llegar para que se cumpla todo el proceso cognitivo de aprendizaje para que el conocimiento sea pleno, efectivo, verdadero, útil, aplicable, incluso de disfrute, como debería ser en última instancia, ¿le es posible a ese lector, en la segunda fase, como señala Burgos: “ordenar, asimilar, profundizar y coordinar todo ese contenido” leído?
Y, hoy, con el gran enigma que causa el desarrollo tecnológico para tener acceso al conocimiento a través de la enorme cantidad de información que circula en las redes digitales en las que para unos les resulta más fácil estudiar, investigar, e incluso crear contenidos; pero que, para otros, en especial la niñez y la juventud, en donde, como señala la psicóloga clínica, investigadora y escritora Lucy Jo Palladino: “A medida que los niños crecen acoplados a sus dispositivos, disminuye su intervalo de atención a la hora de escuchar [o leer]. Los problemas de atención proliferan. Los medios digitales atrapan la atención de los niños y no la sueltan fácilmente. (…) La nueva tecnología penetra en nuestros hogares a tal velocidad que somos incapaces de comprender sus efectos en nuestras familias. Para bien o para mal, está alterando los hábitos y el desarrollo cerebral de nuestros hijos” (2015).
En estas circunstancias, pensemos cómo se ve afectado nuestro mundo interior para captar la realidad a través de los medios digitales, cuando no es posible centrar la atención en ese espacio de contenidos leídos, para que esa apabullante información se convierta en conocimiento formal.

